Un Inesperado Mate

20 - Anghelo Rachman

"Pense que toda mi esperanza se habia ido, hasta que tu entraste.

Tomaste a este corazon echo pedazos y lo sanaste poco a poco"

No sabía por qué lo había ignorado. Nail no había hecho nada malo... nada en absoluto.

Y sin embargo, cuando lo vi tan preocupado por José, cuando lo vi salir con él tomándolo del hombro, cuidándolo... esa amarga sensación volvió a trepar por mi garganta como un veneno lento. Era celos. Puro y simple. Pero dolía, y me carcomía como si fuera una traición.

No entendía qué estaba pasando por mi cabeza. Todo era un caos. Quería odiarlo, pero no podía. Quería olvidarlo, pero mi corazón no cooperaba. Me sentía como si caminara en círculos dentro de un laberinto sin salida, doliéndome por cosas que no podía controlar.

-Llegué -anuncié al entrar a casa, mi voz sonó apagada, sin fuerza.

Dejé la mochila caer sobre el sofá como si pesara toneladas, y caminé hacia la cocina, guiado por el olor familiar a comida casera. Ahí estaba mamá, cortando verduras mientras ayudaba a mi nana con el almuerzo. Esa escena siempre me había dado paz... hoy no tanto.

-Pensé que vendrías con Nail -dijo mi madre apenas me vio, acercándose a besarme la mejilla con esa dulzura que sólo ella tenía-. ¿Cómo te fue, cariño?

Le sonreí con esfuerzo.

-Bien, mamá. Hola, nana -saludé.

-Hola, niño -respondió mi nana con su voz suave.

-¿Y Nail? -volvió a preguntar mamá, limpiándose las manos con un trapo-. Creí que vendría contigo. Anoche llamó diciendo que te quedarías con él para terminar un trabajo y que hoy pasaría a saludar.

Me rasqué la nuca, incómodo. No tenía idea de qué decir. No le respondí los mensajes. Ni siquiera supe por qué. Tal vez solo necesitaba alejarme, respirar... o tal vez fui un imbécil que lo pagó con la persona equivocada.

-Qué lástima... -suspiró mamá, decepcionada-. Estábamos preparando su platillo favorito.

Y ahí estaba. La culpa. Como una ola repentina que me azotó sin piedad. No solo lo había ignorado, sino que ahora lo hacía quedar mal con mi familia. ¿Por qué tenía que arrastrar a Nail en mis enredos emocionales?

-¡Vamos, papi, baja ya! -se quejó una vocecita desde las escaleras.

Era Kimmy, mi hermanita de cuatro años. Mis padres la habían adoptado después de que sus padres fallecieran en un accidente. Aunque era humana, eso nunca hizo ninguna diferencia para nosotros. Mamá siempre soñó con tener una hija, y después de mi complicado nacimiento, los doctores le dijeron que no podría tener más hijos. Kimmy llegó a nuestras vidas como un regalo inesperado.

-Dices algo y te castigo el resto del año -bromeó papá mientras bajaba las escaleras, de la mano de Kimmy.

Tuve que morderme el labio para no soltar una carcajada. Alcé las manos en gesto de rendición.

Papá tenía la cara pintada con labial, rubor y sombra, y para rematar, llevaba puesto uno de los vestidos de mamá. No había duda: Kimmy lo había convencido de jugar a "la hora del té" o algo parecido. Era un cuadro digno de fotografiar.

-¿Qué te ocurrió, Fernando? -se burló mamá, y esta vez no pude aguantar más. Solté una risa fuerte, casi liberadora.

-¿Verdad que se ve hermoso, nana? -exclamó Kimmy con genuina emoción, abrazando la pierna de papá.

-Sí, mi amor -respondió la nana, asintiendo con una sonrisa contenida mientras se mordía el labio para no reírse también.

La escena era tan cálida, tan absurda y encantadora al mismo tiempo, que por un momento logré olvidarme de todo lo demás. De Nail, de José, de los enredos en mi cabeza.

Pero solo fue eso: un momento.
Porque en el fondo, esa punzada seguía allí... recordándome que tenía que hablar con Nail, que tenía que enfrentar lo que sentía, aunque aún no supiera exactamente qué era.




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