Salí de la cama de Kall con sumo cuidado, como si cada movimiento pudiera romper el frágil silencio que llenaba la habitación. Su respiración seguía siendo tranquila, lenta, como la de un niño dormido. Sobre la mesita de noche, dejé una aspirina y el desayuno que le preparé antes de irme. Tal vez no despertaría pronto, pero al menos tendría algo para comer al despertar.
Le puse un buzo suave, de esos que huelen a hogar, y lo cubrí bien antes de apartarme. Me detuve por un segundo en la puerta, mirándolo. Estaba tan indefenso, tan ajeno a todo. No sabía por qué me sentía culpable... o si era tristeza. Tal vez solo confusión. Lo quería, sí... pero no lo amaba. Y eso me pesaba, porque él y yo eramos de alguna forma perfecta, aunque él nunca lo supiera.
Caminé en silencio por la casa. Recogí mis zapatos de la sala y me puse la mochila al hombro. Afuera, la madrugada aún no cedía por completo al amanecer. El cielo era un lienzo azul profundo, y la luna colgaba en lo alto como si me esperara. Me sentía extraño. Ligero. Como si acabara de cerrar un capítulo sin saber si realmente había terminado. Sin saber si realmente lo había cerrado correctamente.
Salí descalzo. Me gustaba sentir la frescura del suelo en la planta de mis pies, como un pequeño castigo que me mantenía conectado con la realidad. El aire era húmedo y frío, pero refrescante. Caminé sin apuro, con la mirada fija en la luna llena que comenzaba a perder su reinado en el cielo. No pensaba en nada. O eso creía, hasta que esa voz me atravesó como un rayo doloroso.
-このネイルでここで何をしているの?
Kono Neiru de koko de nani o shite iru no?
(¿Qué haces por aquí a estas horas, Nail?) -preguntó una voz familiar.
Mi corazón se detuvo por un instante. No podía ser. Esa voz... esa pronunciación exacta de mi nombre, con ese acento suave...
Me quedé quieto, mirando hacia la calle, y lo vi. Estaba ahí. A unos pasos de mí. Como si el tiempo no hubiera pasado, como si lo hubiera llamado con solo pensarlo.
Zimû.
Mi Zimû...
-戻ってこないと思った。
Modottekonai to omotta.
(Creí que no volverías...) -respondí con voz queda, sin necesidad de mirar atrás. Sabía que era él. Mi corazón lo reconocía.
-私はゲームの言い訳を利用して、父にしばらくここにいるように頼みました。あなたに会いたかった。
Watashi wa gēmu no iiwake o riyō shite, chichi ni shibaraku koko ni iru yō ni tanomimashita. Anata ni aitakatta.
(Aproveché la excusa del partido para pedirle a mi padre quedarme aquí una temporada. Te extrañaba) -dijo él.
Me giré lentamente. Mi cuerpo temblaba. No sabía si por el frío o por el hecho de volver a verlo. Pero ahí estaba, frente a mí, como si nunca se hubiera ido. Con esa sonrisa suya, sincera, suave. Como si me hubiera estado esperando todo este tiempo.
Su mirada se encontró con la mía. La oscuridad no lograba ocultar el brillo de sus ojos miel, tan llenos de emoción como los míos. Sentí que el pecho se me apretaba. ¿Cuántas veces soñé con este momento? ¿Cuántas veces imaginé este reencuentro?
-Yo también te extrañé, Zimû -murmuré, con una sonrisa que me dolió por lo real que era.
Él avanzó un paso, luego otro. Me abrió los brazos y los estiró hacia mí con ternura.
-¿Un abrazo, cariño? -me ofreció, con ese acento encantador que siempre me derretía.
No lo pensé. Solo me lancé a sus brazos.
Me rodeó con fuerza. Sentí sus manos aferrarse a mi espalda, su pecho contra el mío, su aroma envolviéndome por completo. Cerré los ojos. Ese abrazo... ese maldito abrazo me devolvía a todo lo que alguna vez sentí con él. Todo lo que creía haber enterrado.
Zimû era calor. Era casa. Era un espacio en el que podía respirar sin sentirme culpable. No había juicios, ni exigencias. Solo ese amor limpio que alguna vez compartimos.
Me aparté apenas para poder mirarlo a los ojos.
-Hay algo que no pude decirte antes de irme -dijo, su voz tan baja que casi fue un susurro.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Mis pensamientos se agolparon de golpe. ¿Qué quería decirme? ¿Que ya no sentía lo mismo? ¿Que esto era un adiós?
-¿Qué cosa? -pregunté, tratando de mantener la calma, aunque por dentro era un vendaval de emociones.
Él sonrió. Una sonrisa dulce, sincera, y acarició con suavidad mi rostro. Su mano era cálida. Temblaba un poco. Igual que yo.
-愛してます。
Aishitemasu.
(Te amo.)
El mundo se detuvo.
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones por un momento. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no cayeron. Solo lo miré. Y me acerqué. No necesitábamos más palabras.
Nuestros labios se encontraron en un beso lento. Profundo. Tan diferente a todo. Nada de lujuria. Nada de presión. Solo amor. Solo nosotros dos.
Los besos con Kall eran cálidos, sí, pero eran cuerpo. Esto era alma. Y Anghelo... con él, todo había sido conflicto, culpa y arrepentimiento.
Pero con Zimû...
Con Zimû era como si el universo me recordara que merecía algo más. Algo puro. Algo real. Algo mío.
Sus labios se movían con los míos en un ritmo suave, como si no quisiéramos que terminara nunca. Me agarró de la cintura y me pegó más a él. Yo lo tomé del rostro, acariciando con mis pulgares sus mejillas.
Lo había extrañado tanto...
Todo lo que no pudimos decirnos estaba ahí, en ese beso. Cada caricia era una promesa. Cada roce era un "te esperé".
Cuando nos separamos, solo lo miré. Y él sonreía, con esa expresión que me hacía sentir como si estuviera en el lugar correcto. En el momento correcto.
-No me voy a ir -susurró él, en español-. No sin ti.
Y en ese instante, supe que ya no tenía que seguir huyendo de lo que sentía.
Porque Zimû... Zimû siempre había sido hogar. Siempre lo había sentido así.
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Editado: 15.07.2026