"Me quedo sin tiempo al caminar. Buscando un mejor lugar
Hay algo en mi cabeza, algo que siempre está"
Me removía con pereza en la cama, con los ojos entrecerrados por el brillo suave que se filtraba por la ventana abierta. La pantalla del teléfono seguía iluminada entre mis manos, sin ninguna notificación nueva. Ningún mensaje de él.
Nail no había respondido. Estuvo en línea casi dos horas anoche y ni siquiera me dejó en visto.
Eso no era normal. No en él.
—Supongo que se molestó conmigo… —murmuré al aire, más para mí que para convencerme.
Suspiré con pesadez, dejando el celular en mi pecho. Sentía esa punzada tonta en el pecho que se siente cuando sabés que hiciste algo mal, aunque no puedas ponerle nombre a tu error. Cubrí mis ojos con el antebrazo, intentando ahogar la inquietud.
No podía dormir. Desde que me acosté, no pude pegar los ojos más de un par de veces. Y ahora, el reloj marcaba las 5:03 a.m.
El mundo aún dormía. Pero yo no.
Me saqué la sábana de encima con un movimiento brusco. El aire frío me abrazó la piel al instante. Me senté en el borde de la cama, descalzo, con el cuerpo pesado y la cabeza llena de pensamientos.
¿Y si lo decepcioné? ¿Y si pensó que ya no me importa?
Me mordí el interior del labio. No era justo con él. Nail había sido paciente, dulce, siempre estaba para mí… y yo me encerré en mi mundo ayer, como suelo hacer. Lo alejé sin decir nada.
Ni siquiera tenía una razón lógica. Solo me sentía… saturado. Cansado. Pero él no tenía la culpa de eso.
Me puse de pie y dejé el teléfono en la mesa de noche, luego me dirigí al closet. Ya había tomado una decisión: iría a su casa antes de clases. Diría que me adelanté por el entrenamiento. Y si aún estaba dormido, esperaría en la puerta. Tenía que hablar con él. Tenía que disculparme.
Me quité la camiseta, abrí la regadera y dejé que el agua tibia cayera sobre mi cuerpo. Cerré los ojos y apoyé la frente contra la pared. Pensaba en él. En su forma de mirarme cuando creía que no lo notaba. En cómo siempre tenía palabras suaves cuando yo estaba a punto de romperme.
Y ahí estaba yo, haciendo todo lo posible por empujarlo lejos.
—Sos un idiota, Anghelo… —susurré para mí mismo.
Terminé la ducha rápido. Me vestí con ropa cómoda y un abrigo ligero. Me até las zapatillas con manos temblorosas.
Tenía miedo. ¿Y si no quería verme? ¿Y si de verdad se había cansado?
Tomé mi mochila, el teléfono y salí.
El cielo empezaba a aclarar, apenas una línea suave de naranja rozando el horizonte. El aire estaba fresco, con ese aroma a tierra húmeda que me hacía sentir vivo. Caminé con paso firme, aunque por dentro todo era un torbellino.
Solo esperaba que él estuviera bien. Que me recibiera. Que me diera la oportunidad de arreglar esto.
Porque no soportaría perderlo. A Nail… no.
—¡Ya me voy, mamá! —me despedí desde el umbral de la puerta, abrochándome la chaqueta con rapidez mientras sentía la ligera brisa de la mañana contra el rostro.
—Con cuidado, hijo —escuché su voz dulce desde la cocina.
—¡Adiós, hermano! —gritó Kimmy desde la mesa del comedor, con la boca medio llena y un trozo de panqueque alzado con su tenedor como si brindara por mí.
—Suerte en tu partido, hijo —dijo mi padre con su voz firme, pero cariñosa.
—¡Adiós! —respondí a todos casi en automático, sin dejar de avanzar hacia la calle.
El sol estaba en todo su esplendor, y sin embargo el aire era fresco, como si el día aún no decidiera si quería quedarse tibio o frío. El cielo estaba despejado, y había algo en el ambiente… algo que no podía nombrar, pero que hacía que mi corazón latiera con más fuerza. Una emoción rara se agitaba en mi pecho, como si algo estuviera a punto de suceder.
Caminé sin prisa, pero tampoco lento. Cada paso entre las calles de la manada me llevaba hacia la casa de Nail, como si mis piernas conocieran el camino incluso más que mi mente. Pensaba en él… en su silencio. En cómo no respondió mis mensajes. No es normal en él.
Al llegar a su casa, respiré profundo. Toqué la puerta dos veces, de forma suave, casi con timidez. Sabía que a esa hora ya estarían despiertos, incluso él, siempre puntual con sus rutinas.
—¡Voy! —avisaron desde dentro. Reconocí al instante la voz de la señora Kingahan. El sonido del seguro retirándose me resultó casi familiar, como si lo hubiera escuchado mil veces.
La puerta se abrió y la vi frente a mí, luciendo un poco sorprendida.
—Anghelo —dijo.
—Buenos días, señora Kingahan —la saludé con una sonrisa algo forzada. Ella me devolvió una más genuina.
—Buenos días, niño —respondió como siempre lo hacía. No importaba cuánto creciera, para ella seguiría siendo “niño”.
—¿Se encuentra Nail? —pregunté, con la esperanza aún colgada en mi voz.
Negó con la cabeza, con amabilidad.
—Me avisó que se quedaría a dormir en casa de uno de sus compañeros. Tenía que entregar un trabajo hoy —explicó.
Asentí mientras sonreía, disimulando la punzada que sentí en el estómago.
—Cierto… el trabajo —mentí sin pensarlo demasiado. Nail solía ayudarme con eso de vez en cuando. Lo hacía por mí.
—¿Sabe si tardará mucho en venir? —insistí, aunque ya conocía la respuesta.
—No lo creo. Me dijo que vendría a primera hora para alistarse para el Instituto y el partido —dijo ella con naturalidad.
—Gracias, señora Kingahan. Supongo que me tocará esperarlo allá —respondí, sintiendo una extraña incomodidad que no sabía cómo explicar—. Fue un gusto verla. Saludos al señor Kingahan de mi parte.
—Claro, niño —respondió con una sonrisa cálida antes de cerrar la puerta.
Bajé los peldaños de la entrada, y mientras me alejaba un poco de la casa, me detuve.
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Editado: 15.07.2026