Un Inesperado Mate

24 - Anghelo Rachman

Ya iban a ser las siete y Nail aún no llegaba.

El murmullo de los chicos en los vestidores era cada vez más tenso, más cargado de impaciencia. El zumbido de las cremalleras, el ruido seco de los casilleros al cerrarse, el murmullo de conversaciones dispersas... todo parecía envolverme en una atmósfera espesa mientras yo, en silencio, sostenía la chaqueta de capitán entre mis dedos.

-Debe ser una broma -se quejó Kevin por segunda vez, rompiendo la poca tranquilidad que quedaba en el ambiente. Se colocaba la chaqueta del equipo con el número 12 bordado en la espalda, con evidente fastidio-. Hasta José vino, ¡y eso que él se sentía mal!

Luego me miró.

-¿Dónde está Nail, Anghelo? -me preguntó, y su tono cargado de reproche me golpeó como una bofetada silenciosa. Sentí que me encogía un poco por dentro, como si esa mirada me desnudara, me expusiera. Pero no dejé que lo notara.

-No lo sé... seguro no tarda -respondí, intentando sonar tranquilo, aunque ni yo me creía mis propias palabras.

Giré hacia mi casillero, donde el uniforme ya estaba perfectamente doblado. Saqué el teléfono con rapidez, sujetando con la otra mano mi chaqueta de capitán. Apreté la mandíbula mientras deslizaba la pantalla, entrando directo a los mensajes con Nail.

Aún seguían en "entregado".

Suspiré hondo y escribí de nuevo:


Nail, te estamos esperando.
(06:46 a.m.)


No tardes, tenemos partido en media hora.
(06:46 a.m.)

Presioné "enviar" y luego apagué la pantalla, dejando el teléfono sobre la repisa del casillero. Cerré los ojos un segundo. Esa incomodidad que venía sintiendo desde que salí de casa ahora era una presión más fuerte, justo en el pecho, como una piedra clavada entre las costillas.

Un pitido suave me hizo abrir los ojos. Miré el celular. Mis mensajes se habían marcado como "visto".

Visto. Sin respuesta alguna.

Me quedé quieto por unos segundos, solo respirando.

No dolía exactamente... pero tampoco se sentía bien. ¿Por qué no me responde? ¿Por qué lo siento tan distante últimamente? ¿Qué está pasando contigo, Nail?

Volví a guardar el teléfono sin decir nada, y me puse la chaqueta con movimientos lentos, automáticos.

-Mejor vamos al campo. El entrenador ya nos espera -dije al fin, con voz firme, pero con una leve aspereza que incluso a mí me sorprendió.

Los chicos asintieron. Uno a uno empezaron a salir de los vestidores hacia el campo, arrastrando consigo esa tensión invisible que Nail, con su ausencia, había dejado en todos.

Yo fui el último en salir. Me detuve un segundo antes de cruzar la puerta.

No sabía por qué, pero sentía que algo estaba por romperse.

(...)

-¿¿Alguno sabe dónde está Nail?? -se quejó el entrenador, elevando la voz con frustración mientras se pasaba ambas manos por la frente, como si intentara borrar el estrés.

-No, entrenador -respondimos todos al unísono. Mi voz se unió con la de los demás, pero mi mirada no dejaba de recorrer toda la cancha. Escaneaba cada rincón, cada acceso, cada sombra, con la esperanza -o quizá el miedo- de ver aparecer a Nail de un momento a otro.

-Esto tiene que ser una broma... -masculló el entrenador para sí mismo, caminando de un lado al otro como un lobo encerrado. En ese momento, las puertas principales de la cancha se abrieron de par en par.

El equipo rival empezó a aparecer con paso firme. Mangetsu no Okām.

Sus uniformes resaltaban con fuerza: un azul profundo con detalles blancos que recordaban el brillo de la luna sobre la nieve. Las chaquetas eran similares a las nuestras, pero más estilizadas, con un diseño en la espalda que captaba todas las miradas: una luna llena majestuosa y un lobo aullando al centro, en negro azabache. En el lado derecho del pecho, cada jugador llevaba su número bordado en plata.

Había mujeres.

Sí. Mujeres en su equipo. Y no parecían estar ahí como adorno, sino como verdaderas guerreras. Firmes, serias, elegantes. No se diferenciaban en porte ni fuerza de los chicos.

Avanzaron con precisión hasta quedar frente a nosotros. Su entrenador, un hombre alto de cabello canoso recogido en una coleta baja, se inclinó a 80° frente al nuestro. Todos sus jugadores lo imitaron con respeto absoluto.

Nosotros hicimos lo mismo. Aunque nuestras tradiciones eran distintas, sabíamos que lo correcto era corresponderles con el mismo nivel de honor.

Cuando ambos entrenadores se reincorporaron, intercambiaron palabras en voz baja. Al cabo de unos segundos, el nuestro se volvió hacia nosotros con el ceño aún más fruncido.

-El partido se pospondrá media hora. El capitán de su equipo aún no llega... y mientras tanto, nuestro co-capitán se digna a aparecer -dijo con tono irónico. Todos asentimos, aunque por dentro, algo en mí comenzaba a revolverse.

Un nudo se formó en mi estómago sin razón aparente. Tragué saliva.

"¿Nail y Zimû...?"

Sacudí la cabeza. Estaba divagando. Pero desde que Nail me confesó que era gay, mis pensamientos habían empezado a jugar conmigo.

"¿Será por eso que rechazó a José ayer?"

La idea se anidó en mi mente como una espina que no podía arrancar.

Y entonces, justo cuando la calma parecía reestablecerse, todo se quebró.

Nail apareció en mi campo de visión.

Corriendo. Junto a Zimû.

Reían.

Había una complicidad tan natural, tan fluida entre ellos, que me desconcertó. Se veían unidos, demasiado unidos. Como si compartieran un secreto que el resto del mundo jamás entendería.

Mi corazón dio un vuelco, y no fue precisamente agradable.

-Lamento la demora, entrenador -dijo Nail al llegar a nuestro lado de la cancha. Su voz sonaba alegre, tranquila, como si no notara el caos que había dejado a su paso.

Zimû se detuvo en el lado opuesto, con su equipo. Hizo una reverencia rápida de disculpa a su entrenador, quien solo asintió.




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