El silbido del árbitro cortó el aire como un disparo lejano, marcando el final de la primera mitad del partido. Solté el bate con fuerza, el metal golpeando la tierra seca con un clang que apenas se distinguió entre los gritos, risas y murmullos de la multitud. Me quedé quieto unos segundos, respirando con fuerza, sintiendo cómo la adrenalina aún corría por mi cuerpo como fuego líquido. No había conseguido el hit que necesitábamos, y esa frustración hervía en mi pecho.
Sin decir nada, caminé directo al área de descanso, ignorando las palmaditas en la espalda, los intentos de ánimo. No los necesitaba. Lo único que necesitaba en ese momento era… No lo sabía con claridad. Solo quería que Nail me mirara. Que se acercara. Que dijera algo.
Pero no lo hizo.
Con su paso despreocupado, cruzó el diamante en dirección al otro equipo, sus pasos rápidos, seguros, sin una sola mirada en mi dirección. Su objetivo era claro: Zimû.
Mi estómago se encogió, como si alguien hubiera metido las manos y lo apretara desde dentro. Me quedé allí, con la botella de agua en mano, mirando como un idiota cómo se le iluminaba el rostro al verlo. Se chocaron los puños, rieron… esa risa que solía guardar para mí.
—¿Todo bien, amigo? —La voz de Kevin me arrancó del trance. Su tono era suave pero cargado de intención, como si supiera perfectamente que algo me estaba carcomiendo.
Asentí, aunque sabía que mi gesto no engañaba a nadie. Bebí un trago largo, sintiendo cómo el agua descendía por mi garganta seca, pero no me calmaba. Nada lo hacía. Mis ojos seguían pegados a Nail.
—No sabía que Nail se llevaba tan bien con el capitán del otro equipo —comentó Peter, sentándose cerca de nosotros, su mirada también fija en la figura de Nail. Lo dijo como quien lanza una piedra al agua para ver cuán profundo es el lago.
—Yo tampoco —murmuré, sin poder evitar que se me escapara el tono amargo.
Kevin soltó un suspiro pesado. Su mirada no estaba en Nail ni en mí, sino en José, quien, al otro lado del campo, hablaba animadamente con una chica de cabello rizado. No dejaba de sonreírle, y la chica le devolvía la mirada con un brillo evidente.
—¿Qué pasó ayer? —pregunté de pronto, bajando la voz. —Después de que se fueron… nadie supo de ustedes.
Kevin se tensó. Vi cómo cerraba su botella con un movimiento lento, pensativo. Bajó la mirada.
—No lo sé —respondió al fin, su voz cargada de algo más que simple duda. Era decepción. Dolor. O quizás ambas. —Nos fuimos juntos, pero… no hablamos mucho después.
Me quedé callado. Algo en su mirada me hizo entender que la conversación con José había dejado huellas, aunque él no lo dijera abiertamente. Y en medio de esa tensión compartida, un nuevo silbido nos interrumpió: cinco minutos para volver al campo.
Cinco minutos. Y yo seguía sintiéndome como si el juego ya estuviera perdido, incluso antes de terminar.
Y entonces Nail apareció. Como siempre, con esa sonrisa grande, brillante, tan suya. Saludó con un “¡Hola, chicos!” que sonó demasiado alegre para el ambiente que nos rodeaba. Su voz era un canto de normalidad, de calma… pero para mí, sonó como una mentira disfrazada de dulzura.
Mi estómago se revolvió al instante. El aroma a Zimû aún flotaba en su ropa, ese olor particular que él usaba siempre: algo entre menta y humo. Lo sentí tan cerca que me dieron ganas de dar un paso atrás. En cambio, apreté la botella que tenía entre las manos, mis nudillos tensos, blancos.
—¿Todo bien, Anghelo? —preguntó Nail, posando su mano en mi hombro.
Su toque me estremeció. No de forma buena. No esta vez. Fue como si su cercanía encendiera una alarma dentro de mí. Una parte de mí quería recostarse en ese contacto y olvidar todo… pero otra, más fuerte, se sentía traicionada.
No respondí enseguida. Cerré los ojos un momento, respirando hondo. Finalmente, asentí con la cabeza, sin mirarlo, sin hablar.
¿Qué podía decirle?
Que me estaba volviendo loco viéndolo reír con otro. Que me sentía ridículo, invisible. Que no entendía por qué me afectaba tanto… pero sí lo entendía, solo que no quería admitirlo.
Nail retiró su mano como si nada. Su rostro seguía tranquilo, sin una sola arruga de duda o culpa. Caminó hacia el campo con la ligereza de siempre, como si no hubiera dejado una tormenta a su paso.
Yo me quedé ahí, observándolo alejarse. Sintiendo ese hueco extraño en el pecho que se hacía más grande con cada paso que él daba lejos de mí. Quise gritarle, detenerlo, decirle que lo que fuera que tenía con Zimû me dolía, que no me era indiferente… pero no lo hice.
No dije nada.
Solo me senté, en silencio, deseando que el sonido del bate golpeando la pelota, el polvo del campo y el murmullo de las gradas me ayudaran a olvidar por un rato lo que pasaba dentro de mí.
Pero no lo hicieron.
El umpire levantó la mano y gritó “¡Play ball!”, anunciando el inicio del segundo inning. El sonido del bateador calentando con golpes secos al aire, el rechinar de los spikes sobre la tierra, y el murmullo expectante de la multitud crearon una atmósfera densa. El cielo estaba cubierto de nubes bajas, y el viento traía consigo un aroma a polvo y hierba húmeda.
Me ajusté la gorra y respiré hondo, intentando calmar esa inquietud creciente que me presionaba el pecho como si me estuvieran apretando desde dentro. Las manos me sudaban, a pesar del fresco de la mañana, y el guante se me resbalaba un poco. Todo en mí gritaba tensión.
En el dugout del equipo contrario, Nail estaba sentado junto a Zimû, riendo como si el juego no fuera más que un paseo por el parque. Esa risa... esa maldita risa la podía escuchar entre el bullicio, como si la tuviera pegada al oído. No me importaba si estábamos en el campo de los Shura Wolves enfrentando a uno de los mejores equipos del campeonato—los Mangetsu no Okām—, lo único que no podía sacarme de la cabeza era esa cercanía entre ellos. ¿Desde cuándo se reían así? ¿Desde cuándo Zimû era tan... suyo?
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Editado: 15.07.2026