Un Inesperado Mate

26 - Anghelo Rachman

El juego avanzó. Mangetsu consiguió una carrera en la cuarta entrada, y nosotros seguíamos sin anotar. Cada inning parecía eterno, y yo me sentía atrapado en un campo que se hacía cada vez más pequeño. Las jugadas se sucedían, pero yo apenas las registraba.

En la sexta entrada, casi conseguimos el empate. Kevin conectó un doble y yo estaba en segunda base. Solo necesitábamos un batazo corto para empatar. La frustración era palpable. El coach nos reunió y nos pidió calma. Yo solo asentí, sin escuchar.

En el campo, estaba más lento. Un batazo por tercera pasó entre mis piernas. Error. Me gané una mirada severa del coach y un grito de Kevin. "¡Concéntrate, Anghelo!". Pero no podía. Nail me miró desde el banquillo. No sé si era preocupación o solo costumbre. Pero me dolió.

La séptima entrada fue un desastre. Zimû conectó un home run con dos en base. Cuatro a cero. Me arrodillé en la tierra caliente, sudando, jadeando. Mi corazón latía en mi garganta. Sentía que todo me rebasaba.

Y aún así, lo que más me dolía no era el marcador. Era Nail. Era la risa. Era no entender en qué momento me convertí en un espectador de su distancia.

La multitud aplaudió. Algunos incluso gritaban mi nombre. Pero yo no los oía. Solo escuchaba mi respiración, agitada, y los pasos de Nail al alejarse hacia el otro lado del diamante.

Cuando el umpire marcó, bajé la cabeza. Kevin me golpeó el hombro con cariño. No dije nada.

Nail no vino a buscarme. Zimû sí lo hizo. Le puso el brazo sobre los hombros. Le susurró algo.

Y Nail se rió.

Sentí que el piso bajo mis pies se partía. Que todo lo que habíamos construido, esas miradas compartidas, esas promesas silenciosas... se habían desvanecido. Todo me daba vueltas que me hacían sentir jodidamente irritado y triste.

(...)

El silbato del árbitro sonó con fuerza, cortando el aire como una cuchilla. Su eco retumbó entre las paredes del estadio como un trueno final, marcando el cierre definitivo del partido. Todos nos quedamos quietos por un segundo, como si no creyéramos que realmente había terminado.

El marcador electrónico titilaba con orgullo, sus números brillando como una promesa cumplida:

Red Wolfs - 12 / Mangetsu no Okām - 9.

Habíamos ganado. Por tres carreras.
Un triunfo limpio, peleado hasta el último segundo. Merecido.

La grada estalló en vítores. Los estudiantes gritaban, saltaban, coreaban el nombre del equipo como si fuera un mantra sagrado. Ondeaban pañuelos, carteles improvisados, cualquier cosa que tuvieran a mano. Nuestro rojo y negro brillaba en cada rincón, fusionándose con el polvo que aún flotaba en el aire, con el sudor que se evaporaba desde nuestras frentes calientes, con la adrenalina que seguía corriendo salvaje por nuestras venas. Era una celebración cruda, real, viva.

Apenas podía sentir mis piernas. El cuerpo entero me temblaba por el esfuerzo, por la tensión acumulada en las últimas jugadas, por la presión de no ceder ni una sola base. Me ardía la piel bajo el uniforme, empapado, pegajoso, pero no importaba. Ganamos. Eso era lo único que contaba.

Los miembros del equipo contrario comenzaron a acercarse desde su banca. Algunos venían con la mirada baja, otros con sonrisas corteses en los labios. A pesar de la rivalidad, entre nosotros siempre había respeto. Diferentes culturas, misma pasión por el juego. Por eso, en lugar del típico apretón de manos, todos nos inclinamos en una reverencia de 80 grados exactos. Era nuestra forma de decir: "te reconozco", "te honro", "gracias por este duelo".

Fue hermoso, casi poético.

Uno por uno, fuimos cruzando reverencias. El sudor se deslizaba por mi cuello y espalda, trazando caminos tibios en mi piel agotada. El corazón seguía golpeando fuerte en mi pecho, pero no por el esfuerzo físico. Algo más estaba creciendo ahí, latiendo con una intensidad distinta, desconocida... hasta que lo vi.

Nail.

Él estaba ahí. De pie, a solo unos metros. Con esa postura relajada, con ese gesto tranquilo que solía conocer tan bien. Mis ojos lo siguieron sin querer, como si el cuerpo supiera algo que mi mente aún no entendía del todo. Y justo en ese momento, se encontró con Zimû.
Se saludaron con una leve inclinación y, al instante, él soltó una risa suave, musical, tan ligera como una ráfaga de viento fresco en pleno verano.

Y esa risa...

La reconocí al instante.

La misma risa que solía provocarle yo.

Esa forma suya tan suya de reír: los ojos entrecerrados, las comisuras de los labios curvándose en una expresión dulce, casi inocente. Las mejillas ligeramente levantadas, como si toda su cara sonriera con él. Esa risa que nacía de lo más profundo y se escapaba sin permiso cuando hacíamos el tonto juntos, cuando hablábamos durante horas bajo las luces apagadas, compartiendo secretos que parecían solo nuestros.

Esa risa que había desaparecido de mi vida sin que me diera cuenta.

Y ahora estaba allí. Frente a mí. En otro escenario. Con otra persona.

Me paralicé.

La reverencia que me tocaba devolver se sintió mecánica, vacía. Apenas logré inclinarme. Mi pecho se apretaba con cada segundo que pasaba. La garganta se me cerraba lentamente, como si tragara cristales.

Mi respiración se volvió pesada, pero no por el partido. No por el calor.

Era otra cosa.

Una presión sorda que se instaló justo en el centro de mi pecho, empujando desde dentro. Insoportable.

Mis pensamientos comenzaron a atropellarse unos con otros: ¿Desde cuándo Nail reía así con alguien más?
¿Cuándo fue la última vez que lo vi sonreír conmigo de esa forma?
¿Qué cambió? ¿Fui yo? ¿Fue él?
¿Cuándo dejó de buscarme? ¿Y por qué dejé de buscarlo también?
¿Por qué duele tanto?

Y ahí lo supe.

No me había dado cuenta de cuánto lo extrañaba... hasta ahora.

Hasta ese momento exacto, en el que lo vi sonriendo con otra persona.

Tan libre.




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