Un Inesperado Mate

27 - Anghelo Rachman

Me sentía ridículo.

Porque en lugar de estar celebrando, como todos a mi alrededor, me estaba quebrando en silencio. Y lo peor es que no podía hacer nada para detenerlo. Cada vez que intentaba concentrarme en la victoria, en las sonrisas de mis compañeros, en los gritos de la grada, mi mente volvía a él. A Nail. Y todo lo que había perdido sin siquiera darme cuenta.

Estaba rodeado de voces, de risas, de aplausos, y sin embargo, todo lo que sentía era el vacío. Un hueco profundo en el estómago que se hacía más grande con cada segundo que pasaba. No era justo. Había ganado. Mi equipo había ganado. Pero yo no podía celebrar. Mi corazón no podía hacerlo. No con ese peso aplastante que me aplastaba el pecho.

Y entonces, como si me hubiera leído el alma, Nail volteó.

Sus ojos café me encontraron en medio de la multitud. Un par de segundos, tal vez menos, pero suficientes para que me sintiera desnudo. Como si pudiera ver hasta lo más profundo de mí. Como si pudiera ver todas mis inseguridades, todos mis errores, todo lo que no había dicho y debería haber dicho. Me sentí vulnerable. Expuesto. Incapaz de soportar la intensidad de su mirada. Era como si esos ojos pudieran atravesarme, descubrir mis miedos más oscuros, y exponer mi dolor más crudo. Y lo peor de todo, era que yo no estaba listo para enfrentarlo.

Como un cobarde, aparté la mirada enseguida.

No pude sostenerla. No con todo lo que sentía desbordándome por dentro. Mi pecho estaba a punto de estallar, y no quería que él lo viera. No quería que viera lo frágil que me había vuelto, lo roto que estaba por dentro. En ese instante, todo lo que había quedado sin decir entre nosotros volvió a mí. Las palabras no dichas, los sentimientos guardados, los abrazos que nunca compartimos correctamente, las promesas rotas que quedaron en el aire. Todo eso me atravesaba con la misma intensidad con la que su mirada me había alcanzado.

No terminé de saludar a todos. No podía. Era como si una fuerza invisible me estuviera empujando hacia atrás, como si me faltaran las fuerzas, las ganas de seguir allí. El pecho me dolía demasiado, como si fuera a colapsar en cualquier momento. No quería que me vieran así. No quería que nadie supiera lo que realmente estaba sintiendo. No quería que nadie me viera perder el control. Pero sabía que si no me iba en ese momento, rompería en llanto frente a todos. Y eso, eso sí que no podía permitirlo.

Me di media vuelta sobre mis talones, mis pasos fueron rápidos y desordenados. Alejarme del grupo. Alejarme de Nail. De Zimû. De todos. Sentí que si me quedaba un segundo más, algo se rompería por completo en mi interior. Ya no era solo el dolor lo que me oprimía, era la vergüenza. La impotencia de no poder arreglar lo que se había roto, de no poder darle sentido a lo que había perdido.

Caminé sin rumbo fijo, mis piernas llevándome entre los árboles cercanos, buscando algo que ni siquiera sabía qué era. Tal vez paz. Tal vez aire. Tal vez tiempo. Todo lo que necesitaba era estar solo. Estar lejos de ese ruido, de esa alegría ajena, de esa normalidad que ya no era mía.

Y mientras caminaba, lo supe con certeza.

Mis ganas de estar con él, de abrazarlo, de decirle "lo siento por todo", eran inmensas. El nudo en mi garganta se hizo más fuerte. Si pudiera, si tuviera la oportunidad, le diría todo lo que nunca le dije. Le diría cuánto lo había extrañado, cuánto me había hecho falta. Le diría que, aunque estaba rodeado de personas, él siempre había sido la única que realmente importaba. Pero no podía. No tenía el derecho.

Él estaba con Zimû. Y yo, yo estaba solo. Era tan simple, tan doloroso. Había perdido a Nail sin siquiera notarlo. Sin darme cuenta de cuánto lo había dejado ir, de cuánto me había distraído con otras cosas, con otras personas, con otras prioridades. Y ahora, al verlo sonreír de nuevo, esa sonrisa que conocía tan bien, sabía que no era para mí.

Porque me distraje. Porque lo dejé en pausa por alguien más. Por algo vacío. Por Galilea. Por algo que jamás valió la pena ni un segundo. Y ahora que él reía de nuevo... no era conmigo. Esa sonrisa, esa luz que solía brillar solo para mí, ahora brillaba para ella. Para Zimû.

Y ahí, entre el bullicio lejano del estadio y el silencio de los árboles, lo acepté con todo el dolor del mundo:

Había perdido mi hogar.
Y ese hogar tenía nombre.
Tenía ojos color café.
Y se llamaba Nail.

Me quedé allí un rato antes de regresar, con el aire fresco acariciando mi rostro, sintiendo el peso de todo lo no dicho, lo no hecho. Con la certeza amarga de que ya era demasiado tarde. Y lo peor era que lo sabía. Sabía que, aunque quisiera, no podría volver a atrás. Y esa verdad, esa cruda verdad, era lo más doloroso de todo.

(...)

Me acomodé el cabello empapado por la ducha hacia un lado, pero mi estómago ardía de una manera extraña, como si algo dentro de mí se estuviera consumiendo sin razón aparente. El dolor, o más bien la sensación de incomodidad, no desaparecía. Era como si todo en mi cuerpo estuviera en un estado de alerta, pero no sabía por qué. Y esa sensación de amargura, esa que parecía no irse nunca, me acompañaba en cada paso que daba.

Tomé mi mochila y salí de los vestuarios. Los chicos aún estaban en el campo, celebrando la victoria. El bullicio del estadio resonaba a través de las paredes, pero los vestuarios estaban vacíos, despojados de cualquier alma. Solo estaba yo, y por alguna razón, el silencio de ese lugar se sentía más pesado que nunca.

Caminé por los pasillos, sin realmente saber a dónde me dirigía. Los pasillos estaban llenos de estudiantes eufóricos, todos conversando y celebrando la victoria, abrazándose y riendo. Pero, por alguna razón, no podía compartir su alegría. No sentía como si hubiera algo que celebrar. Era extraño, porque siempre que ganábamos un partido, era el primero en estar en medio de la celebración, gritando, saltando, abrazando a mis compañeros, disfrutando del triunfo como nunca. Pero esta vez... no podía.




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