"...con la que era Aries, le dije como tu no hay nadie. Pero el orgullo me lo traes, antes muerta que vulnerable"
La emoción me desbordaba, vibraba en mi pecho como si una pequeña tormenta de felicidad se hubiese instalado dentro de mí, sin intención de calmarse. Era tan cálido, tan vivo... Zimû había regresado. Por mí. Y en ese momento, lo demás simplemente dejó de importar. Nos habíamos olvidado del partido, de la hora, del mundo.
Si no hubiera sido por el mensaje de Anghelo, ni me habría acordado de que teníamos uno de los encuentros más importantes de la temporada. Estábamos tan cómodos, riendo entre bromas y juegos tontos en mi habitación, que todo lo que no fuera él y yo se volvió irrelevante.
Su risa seguía resonando en mi cabeza, ligera, auténtica, esa que soltaba solo cuando se sentía verdaderamente en paz.
Incluso mi mamá nos regañó por estar tan despreocupados. Pero... no me importó mucho. De hecho, sonreí cuando lo hizo.
-¿Todo bien con Anghelo? -preguntó Zimû, justo cuando lo vio correr hacia el interior del Instituto.
Miré a Anghelo alejarse, su figura perdiéndose entre los muros del edificio. Me encogí de hombros, sin saber qué decir. En realidad, había tantas cosas que no entendía de él últimamente... y tantas que sí entendía, aunque dolieran.
Tenía el impulso de seguirlo, de alcanzarlo y preguntarle qué ocurría. Pero sabía que no debía hacerlo. Había una línea invisible, una que él mismo había dibujado entre nosotros, y cruzarla sería traicionar algo... aunque aún no sabía qué.
A veces, tener la razón no servía de nada si el corazón igual se te rompía por dentro.
Cuando terminaron los saludos protocolares, nos dirigimos a los vestidores. Zimû iba charlando con Míngzé, uno de sus compañeros, mientras yo caminaba al lado de Zakura, una de las cinco chicas del equipo femenino. Ella era carismática, dulce, y hablaba como si cada palabra fuera una historia por contar.
-¡Zimû! -lo llamó un chico desde atrás.
-¿Qué ocurre, Sakuya? -preguntó él sin dejar de caminar.
Los observaba de reojo, con cierto disimulo. No quería parecer entrometido, aunque, si era honesto, no podía evitar mirar siempre a Zimû.
-El bus sale en media hora. Mitsu-sensei dijo que si no irán con él, lo avisen -informó el chico.
Zimû asintió. Sakuya se alejó corriendo a seguir informando a los demás.
Entonces, sin más, Zimû se acercó a mí y apartó suavemente a Zakura de mi lado. Ella soltó un quejido exagerado:
-¡Oye! -protestó, cruzándose de brazos.
Él la ignoró por completo. Se acercó a mí con esa expresión juguetona que tanto lo caracterizaba, pero sus ojos brillaban con algo más... algo solo para mí. Tomó mi rostro entre sus manos y me sentí repentinamente pequeño y tembloroso, como si la tierra se hubiese detenido un segundo.
-¿E-eh? -me quejé, sintiendo el rubor treparme desde el cuello hasta la frente. Él sonrió.
-Te espero afuera para ir a comer un helado luego... -me dijo, con esa voz que usaba cuando no quería que le dijera que no. Suavemente, con mis mejillas aún entre sus manos, agregó-: ¿Está bien?
-E-está bien... -acepté, sin poder mirarlo mucho tiempo a los ojos. Tenía ese efecto en mí. Siempre lo había tenido.
Su sonrisa se ensanchó y sus ojos se achicaron tanto que apenas se veían. Luego soltó mi rostro, como si acabara de guardar un secreto entre nosotros.
-Voy a cambiarme -le avisé, apenas recuperando la voz.
Él asintió. Mientras se alejaba, escuché a Zakura quejarse de nuevo:
-Celoso...
No supe si lo decía en serio o en broma, pero no me quedé a averiguarlo. Me escabullí hacia los vestidores.
Los jugadores ya se iban alistando para volver a casa, algunos para descansar, otros para celebrar. Era normal. La liga lo hacía así. Por eso, no tendría problemas con mis clases del lunes. Un alivio.
El vestidor estaba lleno. Conversaciones cruzadas, risas, bromas. Me quité la camisa, sintiendo cómo el calor del momento aún vibraba en mi cuerpo. Mi pecho seguía acelerado, y no solo por el partido.
Lo que más me gustaba de Zimû era que no tenía miedo de mostrar afecto. No le importaban las miradas, ni los comentarios. No le importaba el mundo si yo estaba en él. Siempre había sido así, desde el primer momento. Y, aunque cada gesto suyo me tomaba por sorpresa, me sonrojaba y me dejaba sin aliento... también me hacía sentir visto. Querido. Real.
Entré a una de las duchas, dejando que el agua cayera sobre mí, intentando calmar la mezcla de emociones que giraban como remolino en mi estómago.
Mientras enjuagaba el shampoo de mi cabello, escuché voces más claras entre los jugadores.
-¿Saben qué le pasaba al capitán? -preguntó alguien.
-Estaba muy distraído. Casi perdemos por eso -se quejó otro.
-Seguro tuvo un mal día -defendió la voz firme de José-. No digan cosas que no saben. Mejor vayamos a buscarlo y celebremos. ¿No era eso lo que querían?
El silencio fue incómodo un segundo. Luego, otra voz lo rompió.
-¿Qué pasa contigo y Kevin? Estuvieron raros...
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Editado: 15.07.2026