Ya más tarde buscaría a Anghelo para hablar con él. Me había estado evitando de nuevo. Era como si se esfumara apenas notaba mi presencia, como si mi cercanía lo incomodara, lo ahogara. Y no entendía por qué. Yo no había hecho nada... al menos, no que recordara. Todo parecía estar bien entre nosotros hace unas semanas, incluso me buscaba más que antes. Pero ahora... era como si llevara una sombra sobre los hombros cada vez que me miraba.
Sus ojos no eran los mismos. Se notaban cargados de algo que no podía descifrar. ¿Dolor? ¿Resentimiento? No lo sabía. Y esa duda me estaba comiendo vivo.
Caminaba por los pasillos del instituto, repletos como siempre. Alumnos corriendo de un lado a otro, parejas agarradas de la mano, risas y gritos mezclándose con el eco de las conversaciones. Todo se sentía caótico. Y yo... sólo quería entender.
Me abría paso entre la multitud cuando, sin verlo venir, choqué con alguien.
Fue un golpe repentino. Cuerpos cayendo. Un par de mochilas volando al suelo.
-¡Lo siento! -exclamó una voz suave, melódica, femenina.
Parpadeé, aturdido, mientras me sentaba lentamente sobre el suelo. Al levantar la mirada, mis ojos se encontraron con lo imposible.
Una chica. De cabello azul celeste, lacio, que le caía por los hombros como una cascada de agua cristalina. Su piel era pálida, como porcelana, y sus ojos... Dios. Sus ojos eran rosa claro. Brillaban con una intensidad hipnótica, casi como si emitieran luz propia.
Pero no fue solo su apariencia lo que me desconcertó.
Fue su aroma.
Una mezcla tan poco común que por un momento pensé que mi olfato me estaba jugando una broma. Dulzura de bosque en flor... como el aroma de una ninfa, pero con un fondo metálico, afilado, denso... como el de un vampiro.
"¿Una híbrida?", pensé de inmediato. "¿Una híbrida en Red Wolf?"
Eso no tenía sentido.
Red Wolf no era precisamente un lugar abierto a híbridos. Era una academia con políticas estrictas, territorios marcados y clanes dominantes que preferían mantener la pureza de sus linajes. Si había una híbrida aquí, debía haber una razón. Alguien debió haber autorizado su entrada. O quizás... algo más grande se estaba moviendo.
-¿Estás bien? -le pregunté mientras me incorporaba. Ella asintió con un leve gesto y evitó mirarme a los ojos.
Le extendí la mano, curioso, estudiándola con detalle. Tenía una fragilidad visible, pero había algo más detrás de eso. Algo que no sabía si era poder... o miedo.
Ella bajó la vista hacia mi mano, luego me miró, y sus mejillas se tiñeron de rosa. Desvió el rostro y aceptó mi ayuda con torpeza.
-Gra- gracias -susurró, y su voz era como un suspiro de hojas al caer.
-No hay de qué... -dije, dándole espacio para que se presentara.
-¡Light! Me llamo Light -dijo de golpe, como si su propio nombre se le escapara de los labios antes de tiempo.
Light... pensé. El nombre le quedaba bien.
-Mucho gusto, Light. Me llamo Nail -le dije con una sonrisa que no pude evitar. Algo en su energía me resultaba extraño, pero no incómodo.
No sabía si era la mezcla de razas, su voz, sus ojos, o el hecho de que parecía no saber muy bien dónde estaba parada, pero me picaba la curiosidad. Quería saber más de ella. ¿Quién era su familia? ¿Qué hacía aquí? ¿Estaba huyendo de algo?
-Creo que es momento de irme. Fue un gusto conocerte -agregué, notando que ella aún me miraba como si no entendiera del todo por qué la estaba tratando con amabilidad.
Ella asintió tímidamente y yo seguí mi camino, aunque su aroma aún me revoloteaba en los sentidos.
Apenas salí del edificio, lo vi.
Zimû. Reposaba contra su Mercedes Benz azul, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa tranquila en el rostro. Esa sonrisa que usaba como escudo. Elegante. Perfecto. Siempre sabía cómo destacar.
-Zimû -lo llamé con una leve sonrisa. Me relajé un poco al verlo.
Él alzó la vista, caminó hacia mí sin dudarlo, y antes de que pudiera decir algo, tomó mi rostro entre sus manos.
-Hola, lobito -susurró. Y entonces me besó.
Sus labios se movieron sobre los míos con esa dulzura que me hacía cerrar los ojos y dejarme llevar. Tenía sabor a chocolate, como siempre. Y aunque aún sentía el peso de los silencios de Anghelo sobre mi espalda, no rechacé el gesto.
No podía hacerlo. No sería justo con Zimû.
Mis manos se cerraron sobre las suyas mientras el mundo desaparecía un segundo. Aunque nadie más sabía que me gustaban los chicos -salvo mi madre y Anghelo-, no iba a apartarlo como si fuera una vergüenza.
Zimû era alguien que no merecía ese tipo de desprecio.
Sus labios eran suaves, y el beso lento, como si quisiera decirme que estaba ahí, que no importaba nada más.
Pero el momento se quebró como cristal.
Un tirón brusco. Zimû fue separado de mí con violencia. El golpe resonó, seco, y el siguiente segundo lo vi en el suelo, con el labio partido y una gota gruesa de sangre deslizándose por su mentón.
Mi respiración se detuvo.
Anghelo.
Estaba de pie entre nosotros dos. Su pecho subía y bajaba de forma agitada, su mirada clavada en Zimû como si fuera su peor enemigo.
-¿Qué demonios te pasa? -solté, sujetándolo del hombro, pero él no me miró. Su cuerpo temblaba apenas, sus puños cerrados, sus ojos oscuros y llenos de rabia contenida.
Zimû se levantó lentamente, limpiándose la sangre con el dorso de la mano, mirándolo con indignación.
-¿Qué mierda te pasa a ti? -le devolvió, y entre ellos parecía encenderse un fuego invisible.
Yo... estaba en shock.
Mi cuerpo aún sentía el calor del beso de Zimû, pero mi mente se nublaba con la mirada furiosa de Anghelo. ¿Qué estaba pasando?
¿Era esto...?
¿Dolor?
¿Algo más?
Y de fondo, muy al fondo, aún podía sentir el rastro del aroma de Light en el aire.
Algo estaba empezando a cambiar. Lo sabía.
Y esta vez, nadie iba a salir ileso.
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Editado: 15.07.2026