Un Inesperado Mate

31 - Anghelo Rachman

"Sabía que un día te enamorarías de alguien.

Pero si él rompe tu corazón como hacen los amantes,
que sepas que estaré esperándote aquí."

—Maldición —me quejé, golpeando con fuerza el saco de boxeo que cuelga en una de las esquinas de mi cuarto. Mis nudillos dolían un poco dentro de los guantes, pero esa incomodidad era mucho mejor que todo lo que llevaba acumulado por dentro. No sabía si quería descargar mi rabia, mi tristeza, o la sensación asfixiante que tenía en el pecho desde hacía días. Quería golpear algo. O a alguien. A alguien específico... aunque no tenía el valor de admitirlo siquiera.

—¿Hijo, todo bien? —preguntó mi madre, tocando la puerta de mi habitación.

Suspiré, deteniendo el saco de boxeo con ambas manos. Se movía frenético, como mi cabeza. ¿Todo bien? ¿Qué se supone que debía responder a eso?

—Sí, mamá —respondí, sin mirarla. Ella abrió la puerta y entró con esa cara suya que decía “te conozco mejor que tú mismo”. Y la odié por eso. Odié lo mucho que me conocía, lo fácil que era para ella ver a través de mí.

Y a veces, solo a veces, quería que me dejara mentirle.

—¿Seguro? —preguntó con ese tono suave que usaba cuando sabía que estaba mintiendo. Me acarició la mejilla con ternura y me quedé quieto. Sentí una presión en el pecho, como si sus dedos activaran algo dentro de mí que no estaba listo para salir.

—¿Sí?, ¿No?, No sé... —divagué, evitando sus ojos.

Eran marrones, cálidos… y me recordaban a los de Nail. Jodidamente parecidos.

Ella soltó una risita, lo que me hizo mirarla de nuevo.

—¿Sí?, ¿no?, ¿no sé? —se burló, como si fuera gracioso. Yo suspiré, denso, arrastrando los pies hasta la cama y dejándome caer de espaldas.

—¿Qué es lo que ocurre? —preguntó mientras yo me quitaba los guantes negros de boxeo, uno a uno, como si eso me diera tiempo para ordenar la maraña de ideas que tenía.

Lo sabía. Sabía lo que me pasaba. Pero no quería admitirlo. No sabía si era enojo, miedo o una combinación venenosa de todo eso. No entendía por qué me sentía tan… desplazado. ¿Por qué dolía?

—Anghelo —llamó ella, sentándose a mi lado en la cama.

—Nail es gay… y tiene novio —dije al fin, dejando que las palabras salieran como un puñetazo seco. Tiré los guantes a un lado de la cama como si también pudiera tirar esa revelación lejos de mí.

—Oh… ¿ya te lo dijo? —respondió con naturalidad, sin sorpresa, sin drama. —¿Qué es lo malo? —preguntó después.

Me incorporé para verla con el ceño fruncido. ¿Qué era lo malo? ¿Por qué me sentía como un idiota dolido, como un niño que perdió algo que creía suyo?

—Que ahora pasará más tiempo con el novio… y a mí me dejará de lado. No quiero que se aleje de mí —solté al fin, con la garganta apretada. No quería sonar débil. Pero eso era lo que me pasaba: lo estaba perdiendo. Lo sentía.

Ella rió, y eso me hizo fruncir más el ceño.

—¿De qué te ríes? —pregunté, entre confundido y molesto.

—Él es tuyo —dijo, con esa seguridad suya que me confundía aún más.

—¿De qué hablas, mamá? Es mi mejor amigo —respondí, casi a la defensiva.

—Recuerdo que la primera vez que trajiste a Nail a la casa estaban tus primos, y tu prima Inés se apegó mucho a él. A ti no te gustó nada. “Él es mío”, dijiste mientras lo abrazabas, como si quisieras marcarlo. Después de eso, no dejaste que nadie se le acercara mucho… y han sido inseparables desde entonces.

Mi cara se calentó de vergüenza. ¿Tan posesivo había sido?

—E-eso no explica nada… —me quejé, apartando la mirada, incómodo.

—Te molesta que pase más tiempo con alguien que no seas tú, porque sientes que te están quitando algo que te pertenece —dijo ella, con esa voz suave que dolía más que cualquier grito—. Hijo, Nail merece ser feliz. Y tú no puedes darle esa felicidad que le dará una pareja… No eres gay.

No lo era… ¿cierto?

Me tomó el rostro entre sus manos y juntó nuestras frentes. Cerré los ojos. Me ardían. No quería que me viera así.

—¿No crees que es momento de dejar que Nail consiga a una pareja que lo haga feliz? —preguntó ella. Sentí que me rompía en partes tan pequeñas que ni yo entendía por qué dolía tanto. Era mi amigo… solo eso. ¿O no?

—No puedes darle la felicidad que él busca, no en ese aspecto… —añadió, con un beso en mi frente. Luego soltó mi cara con una ternura que me hacía sentir más pequeño que nunca—. Yo simplemente te lo digo. Cuando esté la cena, mandaré a tu hermana a avisarte.

Se levantó de la cama y salió de mi habitación, dejándome con un caos en la cabeza. Me hundí en el colchón y cerré los ojos, esperando que todo pasara… o que, al menos, dejara de doler.

Y sin saber por qué, en cuanto la puerta se cerró, mi mente se llenó con la melodía suave y melancólica de esa canción…

“Te ves más feliz, ¿lo eres?...
Porque, cariño, pareces más feliz, sí.
Y hasta entonces sonreiré para ocultar la verdad,
pero sé que era más feliz contigo.
Diciéndome a mí mismo que eres más feliz,
¿lo eres?
Sé que hay otros que te merecen,
pero querido mío, todavía necesito de ti.
Porque, cariño, pareces más feliz, sí.
Sabía que un día te enamorarías de alguien.
Pero si él rompe tu corazón como hacen los amantes,
que sepas que estaré esperándote aquí.”




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