Un Inesperado Mate

32 - Anghelo Rachman

Era algo que no comprendía del todo, pero lo sentía. Muy dentro de mí, como un nudo apretado en el pecho. Una parte de mí no quería aceptarlo, pero la verdad era clara: él merecía ser feliz, incluso si eso significaba hacerlo lejos de mí. Incluso si su felicidad ya no me incluía.
Y yo… yo no iba a ser el obstáculo en su camino. No podía serlo.

Tal vez mamá tenía razón desde un principio. Esa sensación… esa punzada en el alma, como si alguien me arrancara un pedazo vital de mi cuerpo, como si me quitaran algo que, por tanto tiempo, había sentido como mío. Siempre fui cuidadoso con mis cosas. Exageradamente cuidadoso. Lo mío era mío. Lo protegía, lo cuidaba, lo conservaba.

Pero Nail no era una cosa. No era una pertenencia.
Él era una persona.
Una maravillosa, luminosa y única persona que merecía todo lo bueno que el mundo pudiera ofrecerle.

Y aunque doliera como el infierno, yo no iba a impedir que lo alcanzara. Al contrario… me convertiría en una parte de esa felicidad, si eso aún me estaba permitido. Lo apoyaría como él me apoyó a mí con Gali. Me tocaba a mí ahora. Me tocaba devolverle cada abrazo silencioso, cada palabra de aliento que me ofreció cuando yo mismo no podía con el peso de mis decisiones.

Era mi turno de ser su respaldo.
Mi turno de apoyarlo con Zimû.

Las lágrimas brotaron de mis ojos sin que pudiera evitarlo. Rodaron por mis mejillas calientes como una lluvia inevitable, lenta y constante. Cubrí mi rostro con el antebrazo, pero no intenté detenerlas. Ya no.
Y a pesar de todo, una sonrisa se asomó en mi rostro. Una sonrisa honesta, profunda. Triste, pero sincera.

“Te ves más feliz… ¿lo eres?” pensé con el corazón hecho un ovillo.

“Supongo que yo ya no merezco tu sonrisa… y lo entiendo. Pero te aseguro, amigo, que serás más feliz. De verdad.”

—Hermano… —escuché una vocecita mientras alguien me sacudía suavemente del hombro—. Hermano…

Abrí los ojos poco a poco, aún con la visión nublada por las lágrimas. Lo primero que vi fue la melena dorada de mi hermanita. Su cabello era un rubio casi blanco bajo la luz, y sus ojos, de un celeste tan claro como el cielo despejado, me miraban con preocupación.

—Hermano, despierta —insistió con ese tono dulce que tenía para todo.

—Estoy despierto, estoy despierto… ya desperté —murmuré mientras me frotaba los ojos, aún pesados por el llanto y el cansancio emocional.

—¿Por qué tienes los ojos rojos y las pupilas dilatadas? —preguntó con su típica inocencia. Yo no pude evitar sonreírle, aunque el pecho todavía me ardía—. ¿Te peleaste con Nail? ¿Por qué?

Me senté en la cama, sintiéndome más agotado que después de correr kilómetros.

—Claro que no. Bueno, quizás él esté molesto conmigo, pero no es nada grave, te lo prometo —intenté explicarle.

—Escuché que golpeaste al novio de Nail —dijo de pronto, y sin previo aviso, me dio un golpe suave en la frente—. ¡Eso no se hace!

—¡Auch! —me quejé frotándome.

—Será mejor que te disculpes con él. No quiero que deje de venir a jugar conmigo por tu culpa —me dijo con total seriedad.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Los niños del parque son bastante chismosos —respondió encogiéndose de hombros. Solté una risa corta. Su lógica infantil siempre me desarmaba.

—Está bien, está bien… ¿y ahora por qué me despertaste, enana?

—Mamá me mandó a decirte que bajes a cenar. Hizo tortas de papa con mucho queso dentro —dijo con una emoción tan pura que se me hizo un nudo en la garganta.

—Ya bajo —le revolví el cabello con ternura, ella sonrió y asintió con energía.

—Ah, también… hay una chica abajo. Huele diferente. No huele como tú, ni como mamá o papá —comentó con curiosidad antes de salir dando brincos.

Fruncí el ceño y suspiré. Me bajé de la cama con lentitud, buscando mis tenis que, como siempre, se habían escabullido hasta el fondo de la cama. Era como si algo los empujara allá abajo a propósito. Me puse los zapatos negros que tenía desde hacía un año, los mismos que había comprado el día que también le regalé unos a Nail por su cumpleaños.

"Su cumpleaños… en unas semanas…
Y aún no sé qué voy a regalarle…"

Pensé en eso mientras me ataba los cordones. Suspiré de nuevo, acomodé un poco mi cabello frente al espejo y salí del cuarto.

El aroma de la casa había cambiado. Ahora no solo olía a nosotros, a la mezcla habitual de vampiros y ninfas… había algo nuevo, más dulce, más fresco, más confuso.

Cuando bajé, la vi.
Una chica de cabello azul intenso, piel clara como la luna y unos ojos grandes de un tono rosado pastel que parecían mirar todo con atención temerosa.

—Light, él es mi hijo Anghelo. Futuro alfa de la manada —anunció mi padre poniéndose en pie.

Ella se inclinó profundamente, un gesto lleno de respeto.

—Un gusto —dijo.

—El gusto es mío —respondí, imitando su gesto por cortesía.

—Lamento las molestias, alfa. En serio se lo agradezco —su voz era dulce, aguda, como si viniera de alguien mucho más joven, pero a la vez no. Tenía un tono extraño, confuso… como su aroma.

—Papá… ¿ella…? —le pregunté en voz baja, sin quitarle la vista de encima. La chica bajó la mirada de inmediato, incómoda.

—Es híbrida. Hija tercera de una manada del sureste. Fueron atacados, sus padres asesinados, y ha venido aquí a pedir resguardo —me explicó.

—Su aroma… traerá problemas si quiere pasar desapercibida —comenté con franqueza. Él asintió. Me acerqué a ella y levanté un poco su rostro para examinarla mejor—. En mi cuarto tengo pociones para ocultar aromas. No sé si funcionen con híbridos, pero podemos probar.

—¿E-eh? —se sonrojó intensamente, lo que me hizo soltarla de inmediato, avergonzado.

—Lo siento —me disculpé rápido. Ella asintió con un carraspeo.

—Cla-claro. Muchas gracias. Me llamo Light Namasaki. Un gusto, futuro alfa.

—Puedes llamarme Anghelo, si gustas. Iré por las pociones. Ya bajo.




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