"Espero que nunca olvides que somos mejores amigos. Y ya empezaron los rumores entre los vecinos
No quiero darte falsas ilusiones, esto es un juego despues no me llores"
—Llegué, mamá —avisé apenas crucé la puerta de la casa. Mi voz resonó por el pasillo hasta la cocina. Ella soltó una risita antes de aparecer corriendo, con el delantal puesto y las manos aún húmedas.
—¡Qué bueno, hijo! —exclamó con emoción, acercándose a mí. Me abrazó con fuerza, colgándose de mi cuello.
Yo, más alto que ella por varios centímetros, la sostuve con una sonrisa. Sus ojos negros se clavaron en los míos, que eran café, y su cabello castaño bailó ligeramente con el movimiento. Su piel bronceada contrastaba con el suave brillo de la luz que venía de la cocina.
Quedó colgada de mi cuello, abrazándome con cariño, mientras besaba repetidamente mis mejillas con ese amor desbordante tan característico de ella.
—¿Qué mosco te picó, mamá? —bromeé entre risas, sosteniéndola bien para que no cayera. Ella se separó de mí con una sonrisita juguetona.
—Estoy contenta, hijo. Me alegra que hayas tomado mi consejo —dijo con sinceridad.
Le sonreí de forma forzada, pero eso no pasó desapercibido para ella. Frunció el ceño, me observó un momento y, sin previo aviso, me dio un zape en la cabeza.
—¡Ay! ¿Qué te pasa? —me quejé, sobándome el lugar afectado.
Ella cruzó los brazos con una expresión seria, aunque sus ojos seguían brillando con ternura.
—Más te vale que así sea —me amenazó suavemente, señalándome con su dedo índice—. Ese chico, Zimû, es bastante amable y se nota a leguas que te quiere mucho. No lo arruines por ese estúpido enamoramiento hacia Anghelo —soltó, como si necesitara desahogar lo que llevaba tiempo guardando.
Bajé la mirada. Las palabras de mi madre siempre daban en el clavo. Suspiró profundamente, luego colocó una mano en mi mejilla.
—Hijo, no quiero que te lastime. Además, es demasiado idiota como para darse cuenta de lo que sientes por él —murmuró con frustración.
Reí un poco, aunque con amargura.
—Sí… es demasiado idiota —asentí, mirándola. Ella sonrió con alivio, como si por fin estuviéramos en la misma página.
—Estoy cansado, mamá. Iré a dormir —dije, acercándome para besar su frente con cariño.
—Está bien, hijo. Tu padre quería hablar contigo, pero ya le diré que lo dejen para mañana —respondió ella. Asentí en silencio.
—Gracias, ma —le dije antes de dirigirme a mi cuarto.
Ser hijo único en una raza como la nuestra era raro, casi milagroso. Normalmente, las parejas solían tener una docena de hijos como mínimo. Pero a mí me habían criado entre cuidados, amor y expectativas.
Papá me quiere, lo sé. Estoy seguro de que si le confesara mi orientación sexual, me apoyaría sin dudar. Pero no puedo hacerlo. No todavía. Porque… ni siquiera yo sé quién será mi mate. A veces creo que ya lo encontré. A veces no estoy seguro de nada.
Entré a mi cuarto con un suspiro. Me quité los tenis usando los pies y caminé en calcetas hasta la cama. Me dejé caer boca abajo, como si el colchón pudiera absorber todas las dudas y pensamientos que me rondaban la cabeza.
Zimû… Zimû es dulce, encantador, atento. Y después de esa declaración tan vergonzosa, no paró de arrastrarme de un lado a otro como si nada. Como si me quisiera de verdad.
Solté otro suspiro, esta vez más pesado. Me di la vuelta en la cama, quedando boca arriba. Cubrí mi rostro con el antebrazo. No quería pensar. No quería sentir.
La luz del cuarto estaba apagada, así que sólo me iluminaba el tenue resplandor que entraba por la ventana. Me giré un poco, mirando a través del brazo al exterior. Desde allí se veían los árboles del bosque. Era una de las ventajas de vivir en una de las casas más alejadas del centro del territorio de la manada Wolf Red.
Entonces… algo captó mi atención.
Un destello entre los árboles. Luego otro. Y otro más.
Fruncí el ceño. Conté tres. Luego otros tres. Después uno. Luego dos. Pausas breves entre cada grupo. ¿Era… una señal?
La curiosidad me empujó a levantarme. Bajé de la cama y caminé hacia el balcón. El viento nocturno me golpeó el rostro, frío y húmedo. Pero lo ignoré.
Los destellos eran ahora más claros. Mis ojos se abrieron de par en par. Un escalofrío recorrió mi espalda.
Corrí de regreso al cuarto, me puse los tenis a toda prisa y volví a salir. Salté del balcón hacia el suelo sin pensarlo.
Mis pies tocaron tierra firme y eché a correr entre los árboles, hacia el lugar donde había visto las luces. Hacia lo desconocido. Hacia algo que, de alguna forma, sabía que no podía ignorar.
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Editado: 15.07.2026