Un Inesperado Mate

34 - Nail Kingahan

No tuve que correr demasiado. Apenas me interné un poco en el bosque, lo vi. Allí estaba él, con la linterna en la mano, sosteniéndola a la altura del pecho. Su rostro iluminado de forma intermitente por el débil haz de luz me estremeció.

—¿Qué ocurrió? —pregunté, aún agitado por la carrera.

Él sonrió, pero fue una sonrisa apagada, cargada de nervios y algo más que no supe descifrar al instante.

—No creí que vendrías —murmuró, clavando sus ojos en los míos.

Mi corazón se encogió un poco. ¿Cómo podía pensar eso? ¿Después de todo lo que hemos vivido?

—No seas idiota, Anghelo —me quejé, cerrando la distancia entre nosotros para arrebatarle la linterna con rapidez—. ¿Qué ocurrió para que usaras "AU"?

AU: Ayuda Urgente. Una clave que habíamos inventado hace seis años en medio de una crisis. Aquella noche en que mis padres se gritaban como desconocidos, y yo, siendo aún más joven e indefenso, había huido de casa con el corazón latiéndome en la garganta. Corrí hasta la casa de Anghelo y, sin saber cómo explicar lo que sentía, usé una linterna para crear destellos en la oscuridad. Uno por uno, como si formara su nombre en un código secreto. Y él salió. Siempre salía.

Desde entonces, ese código se volvió sagrado. Pasara lo que pasara, si alguno lo usaba, el otro debía acudir sin dudar. Siempre.

Anghelo bajó la mirada, su expresión era un caos de emociones reprimidas.

—Y-yo... n-no creo que pue-pueda soportarlo... —tartamudeó, su voz quebrándose, casi un susurro. Evitó mi mirada como si le costara mantenerse en pie.

Fruncí el ceño, mi pecho se llenó de angustia. Esa forma de hablar, su tono... nunca lo había visto así.

—¿De qué hablas? —le pregunté, dando un paso más cerca, intentando mantenerlo firme con la mirada.

—Pensé que no vendrías —dijo con un hilo de voz—. Lamento haber golpeado a tu novio. No sé qué fue lo que ocurrió...

No pude responder. Antes de que dijera algo más, una voz femenina quebró el silencio.

—¡Anghelo!

Fruncí aún más el ceño, girándome bruscamente hacia la voz. Entonces la vi. Ligth. Caminaba hacia nosotros con paso apurado, su rostro estaba lleno de preocupación.

Anghelo tambaleó, y apenas logré sujetarlo a tiempo antes de que cayera al suelo. Parecía borracho, pero lo conocía demasiado bien. No había ni una gota de alcohol en su sistema.

—¿Ligth...? —murmuré, sin terminar de creerlo.

Ella suspiró aliviada al verme.

—Hola, Nail. Gracias por detenerlo —dijo, y su tono me revolvió el estómago.

—¿A qué te refieres con “detenerlo”? —pregunté, sin disimular mi desconfianza.

—Tuve un problema con mi magia mientras se la mostraba —explicó con nerviosismo, acercándose un poco—. Lo desconecté del mundo humano por accidente... solo su subconsciente está al mando.

Di un paso instintivo hacia atrás, colocándome delante de Anghelo como escudo.

—Explícate bien... —le exigí con la mandíbula apretada—. Y no lo toques —gruñí, notando cómo se tensaba. Dio un paso atrás, asustada.

—Nail... —me llamó Anghelo, colgado de mi cuello, su voz débil y cargada de emociones que no lograba descifrar.

—Dime —respondí, suavizando mi tono por él.

—¿Me dejarás de lado por ese... Zimû? —preguntó, arrastrando el nombre con desprecio, como si le quemara la lengua.

Me quedé helado. ¿Qué...?

—¿De qué estás hablando, Anghelo? —murmuré, confundido, pero él alzó su dedo y lo apoyó suavemente en mis labios, obligándome a callar.

Ligth se quedó unos pasos atrás, la cabeza gacha, el rostro cubierto por la sombra.

—No sé qué me ocurre en realidad —dijo él, con una risa triste—. No sé por qué lo golpeé. Solo... cuando lo vi besándote, sentí algo raro, algo feo, como si me arrancaran algo del pecho. Y luego actué sin pensar...

Rodó los ojos, como si odiara su propia confusión. Yo no sabía qué sentir. Quería gritarle por lo que hizo, pero al mismo tiempo, el dolor que había en su voz me desarmaba.

—Ang-Anghelo... —murmuró Ligth.

Mi mirada la fulminó. El simple hecho de que ella lo llamara así me causó una repulsión que no pude contener.

—¿Puedes callarte? —le solté con hastío. Dio un respingo, retrocediendo dos pasos más.

Luego me giré hacia Anghelo, que apenas se mantenía firme.

—Y tú, Anghelo... deja de meterte en cosas que no te conciernen. Carajo. No es la primera vez que pasa algo así —me quejé, mientras me agachaba para cargarlo sobre mis hombros.

Él rió entre dientes.

—No me cargues así...

—¿Y cómo quieres que lo haga, baboso? ¿Como un bebé? —solté con sarcasmo.

—Shi... —susurró, con esa vocecita suya que me rompía y me ablandaba a la vez.

Suspiré, caminando con él a cuestas, sintiendo su peso, su respiración, el calor de su cuerpo. Y al fondo, la duda creciendo en mi pecho como una sombra: ¿Qué sentía yo realmente por él?




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