Un Inesperado Mate

35 - Nail Kingahan

Ya me está cansando su actitud, pensé mientras lo sostenía con algo de esfuerzo. Solo me lastima... o me lastimo yo sola. Ya ni siquiera sé quién hiere a quién en este juego confuso que llevamos.

Suspiré frustrada y lo bajé de mi hombro. No porque quisiera, sino porque necesitaba mirarlo de frente. Pero antes de que pudiera caer o tambalear, lo cargué de nuevo, esta vez de frente. Sus piernas se aferraron a mi cintura con cierta torpeza, y mis manos quedaron firmes bajo su cuerpo para sostenerlo. Le acomodé los brazos alrededor de mi cuello y su cabeza fue a reposar justo en el hueco entre mi cuello y el hombro, al lado derecho.

—Idiota —murmuré, aunque con cierto gusto. Sentirlo tan cerca me daba una paz absurda, como si por fin estuviera donde debía estar. No me gustaba verlo vulnerable, pero... ¿era tan malo desear que se mantuviera así solo para tenerlo cerca? ¿Para que no se alejara más?

—Y-yo... yo no sabía que tenían algo. Lo siento —murmuró Light, con un tono apagado, casi temeroso.

—Sígueme —dije sin siquiera mirarla. No había espacio para más disculpas ni explicaciones vacías. Tenía a Anghelo en brazos y cada paso me pesaba tanto como las dudas que me martillaban la cabeza.

Mientras caminaba hacia mi casa, él murmuraba cosas inentendibles en mi oído. Algunas frases sin sentido, otras eran solo sonidos, y otras... otras eran mi nombre. Sus dedos jugaban con mi espalda, formando líneas invisibles como si estuviera dibujando mapas de lo que sentía. Me estremecí.

—Explícame qué fue lo que pasó para que quedara así —le pedí a Light sin detener el paso. Ella asintió, caminando unos pasos detrás de mí, visiblemente afectada.

—Ahora me estoy hospedando en la casa del alpha mientras el Consejo decide qué hacer con mi manada híbrida... —empezó a explicar con voz temblorosa—. Después de la cena, me ofreció llevarme al cuarto de invitados, y allí me pidió que le mostrara mi magia. Apenas la he practicado desde mi liberación hace unas semanas. Mamá no ha estado bien y... —hizo una pausa larga, dolorosa—. Algo me sobresaltó, un golpe fuerte... y mi magia lo alcanzó a él. No sé bien qué le pasó, pero empezó a hablar cosas que no entendía. Mencionaba a Zimû, a ti... y de repente salió corriendo por la ventana con una linterna en la mano. Lo único que pensé fue en seguirlo.

Me sorprendí cuando escuché a Anghelo ronronear al escuchar mi nombre de su boca. Sonreí apenas, como reflejo, aunque no sabía si debía hacerlo.

—¿Por qué necesitan una respuesta del Consejo? —pregunté en tono neutro.

—¿Eh? —titubeó. Luego bajó la mirada y suspiró.

—Déjame reformularlo: ¿qué respuesta necesitan exactamente del Consejo?

—No estoy segura de si es buena idea decírtelo... —murmuró con culpa, rascando su nuca como quien esconde una herida profunda.

—Dímelo igual —insistí, sin dureza pero con firmeza.

—Mi manada... Multiple Star, fue atacada por una manada vecina de licántropos. Capturaron a mis padres y ahora toda la manada está sirviendo a los invasores para mantenerlos con vida. —Su voz tembló—. Mi padre me gritó que huyera... que buscara ayuda... pero yo quería quedarme. Quería pelear con ellos. No quería dejarlos. —Sus lágrimas comenzaron a caer—. Pero sabía que ahí solo iba a estorbar, que no tenía ni la fuerza ni la preparación para hacer algo útil...

—Cálmate —dije sin pensarlo, aunque el tono salió más tosco de lo que hubiera querido. Ella contuvo el llanto de golpe, tragándose las emociones y limpiándose los ojos de forma brusca.

—L-lo siento... —dijo apresurada, casi como si temiera estar siendo molesta.

—Lo siento, no fue mi intención sonar así —me disculpé sinceramente. Ella asintió con rapidez, sin mirarme directamente.

Cuando por fin llegamos a mi casa, me detuve frente a la puerta.

—Toca el timbre, por favor. Salí por la ventana y no tengo llaves —le pedí, agotado el cuerpo y el alma.

Ella obedeció y tocó.

—Voy —respondió mi madre desde adentro.

—Va a matarme —murmuré por lo bajo, más para mí que para los demás.

Anghelo se restregó en mi pecho, acomodándose más. Me estremecí de nuevo cuando murmuró mi nombre con voz apagada:

—Nail...

Cada letra se coló en mi piel, me recorrió la espina dorsal y me caló en el alma. Sentirlo tan dependiente, tan frágil… me partía y me ataba a él al mismo tiempo.

Mi madre abrió la puerta con el ceño fruncido.

—¿Corin? ¿Qué haces cargándolo? Hijo... —dijo, molesta.

—Luego me regañas, mamá. Solo llama al alpha y dile que su hijo y su invitada están en nuestra casa, por favor —le pedí al entrar.

—¿Invitada? —preguntó ella, extrañada.

—Ho-hola señora. Lamento las molestias —se disculpó Ligth, haciendo una reverencia torpe pero sincera a mi madre.

Yo observé en silencio, sintiendo una presión en el pecho. Cuando no sabía si respirar era un castigo o un premio.

Mi madre, con ese aire serio pero justo que la caracteriza, simplemente asintió.

—Claro, niña. Pasa —le ofreció con un gesto, como si no le molestara en lo absoluto la situación.

—Muchas gracias —respondió Ligth con voz suave, casi temblorosa, y entró tras de mí.

—Déjalo en el cuarto de invitados por ahora —dijo mi madre mientras nos miraba subir.

Negué con la cabeza de inmediato, casi por reflejo.

—Lo dejaré en mi habitación, mamá… No ahora, por favor —pedí sin mirarla, evitando el juicio en sus ojos. No quería discutir, no esta noche. No con él así.
Ella suspiró, esa clase de suspiro que sabe a resignación y a paciencia a partes iguales. Asintió y siguió su camino.

Subí a mi habitación con Anghelo en brazos, sintiéndolo más liviano de lo normal. O tal vez era yo el que estaba demasiado cargado por dentro para notarlo.

Lo recosté con cuidado sobre mi cama, acomodándolo como si fuera de cristal, como si temiera romperlo más de lo que ya estaba.

Me quedé un momento contemplándolo, y sin pensar, acaricié su rostro con la yema de mi dedo índice. Seguí el borde de su ceja, el puente de su nariz, el contorno de su mandíbula. Su respiración era cálida, acompasada, pero su expresión parecía perdida en un mundo que no podía alcanzar. Un mundo que tal vez le dolía más que este.




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