Un Inesperado Mate

37 - Anghelo Rachman

—Te dijo mi padre que no era necesario que consiguieras trabajo —alegué, levantándome del suelo mientras la observaba desde donde estaba. Ella negó suavemente, concentrada en amarrarse el cordón de su zapato.

—No me gusta ser una carga para nadie, y ustedes no serán la excepción —respondió sin mirarme, con esa calma suya tan firme—. Además, me están ayudando bastante con las cosas de mi manada, pagando mis estudios, dándome techo y alimento... Es demasiado. No puedo permitir que también mantengan mis cosas personales, ni las tonterías que a veces compro solo para sentirme normal.

Suspiré. Hubiera querido convencerla, decirle que no tenía que probar nada, que mis padres no lo hacían por lástima, sino porque la querían. Pero conocía esa mirada. Esa convicción. Así que me rendí.

—Si tú lo ves así… está bien —murmuré, resignado.

Mis padres habían insistido en darle una cantidad semanal, como hacen conmigo y con Kimmy. No era mucho, pero suficiente para que pudiera vivir sin preocuparse. Ella lo rechazó. Agradecida, sí, pero firme. Y entonces, sin que nadie se lo pidiera, salió a buscar trabajo.

Desde entonces, ha pagado con su propio esfuerzo la ropa que usa, sus útiles, incluso pequeños detalles como un cuaderno nuevo o una bebida que le guste. Todo con lo que gana. Lo que más me sorprendió fue la rapidez con la que se organizó. En menos de una semana ya tenía lo básico de sus útiles y un par de conjuntos decentes para ir a la escuela. Todo conseguido por su cuenta.

Tiene dos trabajos. Dos.
Después de clases va directo a una cafetería donde trabaja como mesera. A veces paso por ahí, escondido entre los árboles del parque, solo para verla un momento. La manera en la que sonríe a los clientes aunque esté agotada... me rompe un poco por dentro. Y cuando el reloj marca las cinco, se despide, recoge su bolso, y se dirige a su segundo empleo: una librería en el centro que cierra a las diez.

Diez de la noche.

Siempre llega rendida, con las piernas temblorosas y ojeras marcadas, pero nunca, ni una sola vez, se ha quejado. Nunca se ha sentado a lamentarse. Nunca nos ha echado en cara lo difícil que es. Al contrario... siempre sonríe.

Y esa sonrisa me duele más que cualquier palabra.

Estoy empezando a admirarla. De verdad. A admirarla de una forma que no esperaba. A pesar de todo lo que ha vivido, de lo que carga a cuestas con su manada, de los fantasmas que apenas empieza a soltar… ella sigue adelante. No se deja vencer. Se esfuerza por no depender de nadie, por ganarse todo con sus manos, incluso si le cuesta el alma en el intento.

Hoy es sábado. Trabaja solo en la librería, hasta las cinco. No tenía nada planeado, así que aproveché para pedirle ayuda con un regalo para Nail. Ella tiene buen gusto, siempre lo ha tenido.

—Lista —alegó con una sonrisa amplia, como si no cargara cansancio encima, como si no trabajara de lunes a sábado en doble turno. Y yo, inevitablemente, asentí.

—Vamos —dije. Ella salió del cuarto dando brinquitos que me hicieron sonreír por lo bajo.

—¡Mamá, saldremos un rato! ¡Regresamos antes de la cena! —grité desde la entrada.

—Está bien, hijo. Con cuidado... ¡y que Light no use su magia! —respondió mamá desde la cocina.

—Sí, mamá —dije antes de cerrar la puerta.

La tarde pasó rápido. Caminamos por varias tiendas, discutimos sobre colores, envolturas, tarjetas. Ella me escuchó con atención, incluso se rió un par de veces. Verla así, tan ligera, me hizo pensar que quizás, por unas horas, se había dado permiso de olvidar lo pesada que puede ser su vida.

—Creo que es hora de irme —dijo finalmente, mirando su reloj de mano.

Asentí. Me dolía dejarla ir, pero entendía. —Muchas gracias, Light.

—Nos vemos en la casa —se despidió, y se alejó con pasos firmes rumbo a la librería.

Me quedé ahí, unos segundos, viendo cómo se perdía entre la gente. Luego bajé la mirada a la bolsa que sostenía en mis manos. Llevaba el regalo que había escogido para Nail, pero mi mente estaba en otro lado... en otra persona.

Sonreí para mí mismo.
Cómo no admirarla.
Cómo no querer protegerla, incluso si ella insiste en hacerlo sola.




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