Caminé sin prisa hacia una cafetería cercana, con la intención de tomar una malteada antes de regresar a casa. En realidad, no tenía hambre ni sed, pero sentía ese vacío en el pecho que a veces solo se calma con algo dulce y el murmullo tranquilo del ambiente. Tenía ganas de ver a Nail… de estar con él un rato, hablar de cualquier cosa o de nada, simplemente compartir un momento. Pero sabía que ahora estaba con Zimû. Y aunque al principio esa idea me incomodaba, comenzaba a entenderlo.
Era lo mismo que él sentía cuando yo lo dejaba de lado por estar con Galilea. Esa mezcla extraña de resignación, un poco de celos y un toque de tristeza que uno trata de disimular. No era justo que me molestara si yo había hecho lo mismo. Supongo que a esto se le llama madurar... o tal vez simplemente aprender a vivir con las consecuencias de tus elecciones.
Entré en la cafetería, el cálido aroma a café y chocolate me recibió como un abrazo. Pedí una malteada de chocolate con fresas, mi favorita desde niño, y busqué una mesa vacía cerca de la ventana. Me senté, apoyando los codos en la mesa mientras dejaba que mis pensamientos se acomodaran como pudieran.
—Di-disculpa —me llamó una voz suave desde detrás de mí.
Me giré, curioso. Frente a mí estaba una chica bajita, de cabello azabache y ojos marrones. Había algo en ella que me resultaba familiar, pero no lograba ubicarla del todo. Llevaba dos bolsas de una librería, ambas llenas hasta el tope de libros.
—Dime —respondí con amabilidad.
—Un gusto, mi nombre es Marcela… Soy la chica de la tienda de helados —dijo con un tono tímido, como si esperara que no la recordara—. Seguramente no me recuerdas. Quería disculparme por haberte coqueteado ese día… y también por lo que pasó con la chica que estaba contigo —añadió, bajando un poco la mirada.
Ahí fue cuando la recordé. Claro, ella. La situación había sido algo incómoda, pero no había sido culpa suya.
—Mi nombre es Anghelo, un gusto Marcela —le dije con una pequeña sonrisa. Ella levantó la vista y me sonrió también, con un brillo sincero en los ojos.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó, algo insegura.
—Ya he ordenado, sí —respondí, haciendo un gesto hacia la silla frente a mí. Ella asintió y se sentó, dejando sus bolsas de libros a un lado.
—¿Libros de qué? —pregunté, intrigado. Siempre me causaba curiosidad saber qué leía la gente. Para mí, los libros decían más de una persona que mil palabras.
Se sonrojó un poco y bajó la vista, pero no perdió la sonrisa.
—Es un libro nuevo que me gustó bastante y por eso pedí que me lo imprimieran en la librería —respondió con entusiasmo. Sacó uno de la bolsa, tenía una portada preciosa, llena de destellos celestes y estrellas—. Se llama Gravedad Cero, de valeria_alfa55. Es muy bonito… tiene bastantes cosas, muchos matices. No se queda en un solo tema, y aunque no es muy conocido, me parece una joya. Es una lástima que tan poca gente lo lea.
—¿Puedo? —pregunté, extendiendo la mano para tomar el libro. Ella asintió de inmediato.
—Sí, claro —respondió con una sonrisa sincera.
Justo en ese momento, el mesero llegó con mi pedido.
—Aquí tiene —dijo, dejando la malteada frente a mí.
—Muchas gracias —respondí.
—¿Va a ordenar algo? —le preguntó a Marcela.
—Una malteada Richt Burger, triple chocolate y muy cremosa, por favor —pidió ella con una sonrisa traviesa.
—En un momento se la traigo —asintió el mesero antes de retirarse.
—Tienes gustos bastante dulces —comenté mientras tomaba un sorbo de mi malteada y sostenía el libro con la otra mano, hojeando las primeras páginas con curiosidad.
—Por eso trabajo en una heladería —alegó ella riendo. Apoyó los codos en la mesa y comenzó a golpear suavemente con las uñas largas sobre la superficie, marcando un ritmo suave y relajante.
En ese momento, sin buscarlo, me sentí tranquilo. Tal vez porque estaba descubriendo que la vida, a veces, te da pausas inesperadas. Momentos donde simplemente puedes respirar, escuchar a alguien nuevo, y olvidar por un instante lo complicado que puede llegar a ser todo.
—¿Cómo sigues? —me preguntó, sacándome de mi ensoñación con el libro. La miré, pero ella no me veía. Estaba absorta en algo, probablemente en sus propios pensamientos, tal como yo lo estaba en los míos. Unos pensamientos que no lograban desaparecer, a pesar de que intentaba concentrarme en el libro que tenía frente a mí.
—¿Por qué la pregunta? —le dije, dejando el libro sobre la mesa. Un suspiro se escapó de mis labios sin querer. ¿Por qué me estaba preguntando eso? ¿Qué importaba si me sentía bien o mal? Después de todo, ya no importaba nada respecto a la relación que había tenido.
—Mmm... bueno, ¿por tu ruptura? Seguramente no fue grato enterarte de esa manera —alegó, aún sin mirarme.
Suspiré, frotándome el cuello, como si intentara quitarme esa sensación molesta que aún quedaba después de la noticia. Mi mente se volcó hacia el recuerdo del momento en que me enteré de todo. Un golpe en el estómago, la sensación de estar completamente desbordado por la tristeza y la incredulidad. Pero luego... todo se volvió más claro. La verdad siempre tenía una forma de hacerse presente, aunque no la esperes.
—Oh, eso —respondí sin darle demasiada importancia. Ella asintió, como si hubiera estado esperando una respuesta como esa—. La verdad, muy bien. No te voy a negar que me dolió al principio, porque fue bastante tiempo que perdí con ella, pero todo pasa por algo. Ahora puedo decir con seguridad que estoy perfectamente bien. No la amaba como creía… solo me había acostumbrado a ella —dije, sintiendo la verdad en cada palabra. No sabía si me convencía completamente, pero de alguna forma, me hacía sentir más ligero. Quizá la costumbre es lo que nos engancha a algo que no siempre es lo mejor para nosotros.
Mi mente se posó de nuevo en la relación, ahora desde una perspectiva más objetiva. ¿Realmente la amaba o solo era un reflejo de lo que quería sentir? Esa era la pregunta que me rondaba constantemente, pero no encontraba respuesta. Tal vez con el tiempo lo sabría.
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Editado: 15.07.2026