Un Inesperado Mate

41 - Nail Kingahan

—Dime... —exigí, con la voz quebrada por una mezcla de rabia y orgullo herido.

—さて、5ヶ月前。彼がここを去った後、私たちは私たちのパックに戻り、その同じ夜、プーフ、私は目を覚ました。
—Sate, 5 kagetsu mae. Kare ga koko o satta nochi, watashitachi wa watashitachi no pakku ni modori, sono onaji yoru, pūfu, watashi wa me o samashita—
—(Bueno, hace cinco meses. Luego de que él se fuera de aquí, regresamos a nuestra manada y esa misma noche... puf, desperté )—dijo con ironía, como si se tratara de algo trivial, como si esa noche no hubiese marcado nada. Reí, pero fue una risa hueca, vacía, apenas un reflejo automático mientras me agachaba para tomar mi ropa.

—Gracias por la información —me burlé sin mirarlo, concentrándome en vestirme, intentando ignorar el peso de su presencia en la habitación, ese calor incómodo que me hervía la piel y me revolvía el pecho.

—Hiroki —dijo de pronto. Lo miré, con el ceño fruncido.

—¿Qué? —pregunté mientras me cerraba el botón del jean, sintiendo cómo me apretaba el estómago, como si incluso la ropa estuviera en mi contra.

—それは私の名前のオオカミです、あなたは私たちが私たちの存在の残りのために一緒になるかどうかそれを知っている必要があります。
—Sore wa watashi no namae no ōkami desu, anata wa watashitachi ga watashitachi no sonzai no nokori no tame ni issho ni naru ka dō ka sore o shitte iru hitsuyō ga arimasu—
—(Ese es mi nombre, lobito. Tienes que saberlo... si vamos a estar juntos por lo que reste de nuestra existencia.)

Bufé, negando con la cabeza. ¿Quién demonios se creía que era? ¿Por qué hablaba con esa seguridad absurda, como si pudiera leer el destino?

—La diosa Luna quiera que no —murmuré con rencor, mientras me ponía la camisa con manos torpes por la furia contenida—. No sé cómo Zimû puede tener un lobo tan arrogante como tú.

Él se encogió de hombros, despreocupado, como si mis palabras no importaran. Se dejó caer sobre la cama con un suspiro profundo, mientras yo recogía mis zapatos del suelo, temblando por dentro, queriendo gritar.

—Me largo —dije finalmente, saliendo de la habitación sin mirar atrás.

Él no dijo nada.

Yo tampoco agregué nada más.

Crucé el umbral del cuarto de Zimû, dejando atrás su perfume, su calor, sus palabras malditas. El departamento que su familia tenía en esta ciudad era amplio, elegante, lleno de símbolos de poder. La unión más importante entre manadas, decían. Una casa digna de alianzas... y de mentiras.

Pero eso cambiaría. Zimû tomaría el control. Nada sería igual. Tal vez nunca lo fue.

Bajé las escaleras sin detenerme, con las piernas tensas y los pensamientos rebotando en mi mente como piedras. El pecho me dolía, me ardía, me quemaba el alma.

"Y pensar que yo... ¡YO! Le llegué a rogar a la diosa Luna para que él fuera mi mate..." Me quejé en silencio, tragando la humillación que me sabía a ceniza. Qué estúpida fui. Qué cruel es el destino.

Salí de ahí azotando la puerta principal, con mis tenis negros aún en las manos. La noche era densa, como si supiera lo que me carcomía por dentro. Mis pasos eran torpes, apresurados, cargados de rabia y desilusión.

—De una u otra forma… todo se me jode por culpa de Anghelo —murmuré entre dientes, irritado.

Apreté los puños con fuerza, tanto que mis nudillos palidecieron. Los tenis volaron al suelo tras lanzarlos con brusquedad. No me importó. No me importaba nada.

—¡Jódanse! —solté con un gruñido, la voz quebrada por la frustración.

Era de noche. Nadie me vería. Nadie me detendría. Pero las lágrimas ya estaban ahí, traicioneras, acumulándose de nuevo. Me limpié las mejillas con furia cuando las primeras lograron escapar, negándome a llorar por algo así... por él.

Pero no podía negarlo. Me sentía sucio. Usado. Como si nunca hubiese significado nada. Como si el cuerpo al que entregué el mío solo me hubiese querido por un instante. ¿Fui un capricho? ¿Un experimento para su lobo? No lo sabía. Y eso me dolía aún más.

Caminaba rápido, dejando atrás mis tenis y una parte de mí. Tallaba mis ojos una y otra vez, en un intento desesperado por detener las lágrimas, por suprimir el dolor que se estaba convirtiendo en rabia, en impotencia.

—No vale la pena... —escuché.

Me detuve de golpe. Abrí los ojos de par en par y miré a mi alrededor. No había nadie.

—No lo vale... —volvió a decir aquella voz, ronca, rasposa... familiar y a la vez ajena. Un eco de algo que no lograba reconocer, pero que me heló el alma.

Mi corazón palpitó con violencia. La piel se me erizó. No supe si estaba alucinando o si mi lobo intentaba alcanzarme desde algún rincón de mi mente.

Sacudí la cabeza, desconcertado. Pero al menos… había dejado de llorar. Por un momento, al menos.

Apuré el paso. El camino a casa se sintió más largo de lo normal, pero después de quince minutos, finalmente llegué. Me detuve frente a la puerta y maldije en silencio: mis llaves seguían en la casa de Zimû.

Toqué el timbre.

La puerta se abrió y ahí estaba mi padre, con su habitual expresión de cansancio. Frunció el ceño al verme.

—¿Qué te pasó, hijo? —preguntó, olfateó el aire—. Hueles a sexo —se quejó con una mueca de disgusto.

Pasé de largo sin decir palabra. No podía hablar. No sin romperme.

—¿Y tus zapatos? ¿Y tus llaves? —insistió.

No respondí.

Subí directo a mi cuarto. Mi cabeza daba vueltas, pero no por cansancio físico. Era como si mis pensamientos se empujaran unos a otros queriendo gritar todos al mismo tiempo.

Ya eran las siete... u ocho, tal vez. Había pasado todo el día con Zimû. Y después de una interminable sesión de besos, caricias y palabras suaves, me pidió que fuéramos a su casa. Su prima no estaría, la casa estaría vacía. Íntima.

Accedí. Porque lo quería. Porque sentía algo real.

Entonces ocurrió. Después de dos años de encuentros vacíos, de sexo sin compromiso, había hecho el amor. Por primera vez, lo había sentido distinto. Conectado. Entregado. Le había dado todo.

Pero... supongo que él no lo percibió igual.




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