"¿Yo?, enamorado
¿Y el?, no lo ha notado
Quince minutos de fama por uno a su lado
Quiero que el sepa que me enamore, si esta escuchándome. He hice llegar por la radio mis besos al aire"
Me despertaron los llamados suaves, casi temblorosos, de mi madre desde el otro lado de la puerta. Su voz cargaba esa nota de preocupación que solo una madre puede transmitir con tanta claridad.
—Corin... hijo, por favor, abre la puerta. Tu padre y yo estamos preocupados —dijo con tono triste, acompañado por golpecitos suaves en la madera.
Abrí los ojos con dificultad. El cuello me dolía como si hubiera dormido en una posición imposible, y el resto del cuerpo no se quedaba atrás. Estaba tenso, entumecido. No recordaba en qué momento me había quedado dormido allí, en el suelo frío, apoyado contra la puerta.
—Mamá, estoy bien. Dame media hora para ducharme y salir —respondí en un hilo de voz mientras me sobaba el cuello con una mano y con la otra me tallaba los ojos. Un suspiro largo, cansado y cargado de tristeza resonó al otro lado.
—Está bien, hijo. Pero no tardes más... o abriré yo la puerta —advirtió con ese tono de madre que ya conoce tus heridas, aunque no pueda curarlas.
Me incorporé con torpeza. Cada movimiento me costaba como si el peso de todo lo que sentía se hubiera hecho físico durante la noche. Me levanté del suelo como quien recoge los pedazos de sí mismo.
—Claro mamá... no más —dije, fingiendo una energía que no me pertenecía.
Escuché sus pasos alejarse y, solo entonces, solté el aire que llevaba contenido en el pecho. Mi respiración era pesada. Traté de mover mi cabeza de lado a lado para relajar el cuello, pero el dolor se negaba a desaparecer. Sentía como si mi cuerpo fuera una jaula, una prisión que no podía dejar atrás.
—Se te pasará... Eso es por dormir al pie de la puerta —volvió a sonar esa voz rasposa, como la de un eco extraño en mi mente. La misma de anoche. Familiar y ajena. Y yo ya no sabía si era producto de mi imaginación o si realmente algo me estaba siguiendo, incluso dentro de mí.
No respondí. Solo fruncí el ceño y seguí mi camino al baño, como si ignorarla pudiera hacerla desaparecer.
Me quité la camisa con lentitud, con la esperanza de que mi piel doliera menos si era más amable con ella. Pero no. Una punzada me recorrió la espalda al quitarla del todo. Me giré como pude frente al espejo, y lo vi: una mordida profunda, marcada con intención, cerca del lado derecho.
Ahí estaba, como un recordatorio físico de lo que pasó. De lo que sentí. O de lo que creí sentir.
Suspiré. El dolor en el pecho volvió. No ese que arde como ira, sino ese que duele como decepción. Como vacío. Como el frío que se cuela por dentro cuando te das cuenta de que te entregaste creyendo que era recíproco... y no lo era.
Me terminé de desnudar y entré a la ducha. El agua fría me golpeó la piel como si me castigara, y tal vez eso necesitaba: algo que me hiciera dejar de pensar, aunque fuera por segundos. Algo que callara la voz dentro de mí que seguía preguntándose por qué. ¿Por qué me dejé llevar? ¿Por qué pensé que podía ser diferente esta vez?
Había hecho el amor por primera vez. Eso creí. Después de años de sexo vacío, sin ataduras, sin emociones... creí que esta vez había significado algo. Pero aparentemente no fue así para él. Para Zimû.
Mi pecho se apretó, y apreté los dientes mientras el agua seguía cayendo. No lloré. Ya no. Sentía que ya lo había hecho suficiente, que mi cuerpo se había secado por dentro.
Terminé mi ducha y salí envuelto en una toalla. Me miré en el espejo mientras me cepillaba los dientes, y la imagen que me devolvió fue un reflejo que me costaba reconocer.
Mi cabello largo, húmedo, pegado a la frente. Gotas cayendo por mi mandíbula. Los ojos rojos, inflamados, y las ojeras profundas como pozos. Parecía haber envejecido una semana en una sola noche. Me odié un poco por verme así. Por sentirme tan… frágil.
Me vestí lentamente: una camisa blanca, jeans negros, dos sweaters también negros, y un blazer azul oscuro que usaba en los días donde necesitaba aparentar que todo estaba bien. Me puse unas gafas oscuras. No para protegerme del sol, sino para esconderme del mundo. Para que nadie pudiera ver los restos de la noche anterior en mis ojos.
Apliqué un poco de crema en mi cabello e intenté peinarlo, pero el resultado seguía siendo el mismo: desordenado. Cansado. Como yo.
Reuní mis cosas de clase y las metí en el bolso casi con rabia contenida. Tomé mi celular del suelo —80% de batería— y lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón. Luego tomé los auriculares de la mesa junto a la puerta y los colgué en mi cuello.
Estaba listo.
Listo para fingir que no estaba roto. Que nada había pasado. Que no sentía este vacío inmenso justo en medio del pecho, como una herida abierta que nadie puede ver.
Estaba listo para volver a mentirle al mundo.
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Editado: 15.07.2026