Enganché las gafas en el cuello de mi camisa. Una parte de mí deseaba no tener que quitármelas jamás, esconderme siempre detrás de ese cristal oscuro que al menos cubría una parte de lo que sentía. Me acerqué a la puerta de mi cuarto y suspiré hondo antes de quitarle el seguro. Obligando a mis labios a estirarse, dibujé una sonrisa amplia que no sentía ni un poco. Era falsa, sí. Pero mis padres no merecían más preocupaciones de las que ya cargaban por mi culpa.
Abrí la puerta y salí con paso decidido, con esa actuación ensayada que ya me salía casi perfecta.
—Listo —dije, bajando las escaleras de dos en dos, brincando como cada mañana, como si todo estuviera bien, como si no hubiera pasado la peor noche del año.
—¡Qué los cumplas feliz! ¡Qué los cumplas feliz! ¡Feliz cumpleaños querido Nail! —cantaban mis padres al unísono, sonriendo ampliamente mientras se acercaban a mí. Mamá traía entre sus manos una tarta de frutas decorada con tanto amor que por un instante me sentí culpable de todo lo que estaba sintiendo por dentro.
Me detuve. Parpadeé confundido. ¿Se habían confundido de hijo? ¿O simplemente... se habían olvidado de que era mi cumpleaños también?
No. No. Espera.
Fui yo el que lo olvidó.
Claro que sí. Hoy era mi cumpleaños. Diecisiete. Diecisiete años… ¿y qué tenía para celebrarlo?
Nada. Solo una herida que aún ardía como si estuviera en carne viva. Un corazón partido en silencio. Y un vacío que no sabía cómo llenar.
—Que los cumplas feliz —terminaron de cantar frente a mí con esa luz cálida que aún tenían cuando me miraban, aunque yo me sintiera tan ajeno a ella. Les sonreí, nervioso, incómodo con el momento, con la atención, con mi propia culpa por no sentirme feliz en un día que debería ser especial.
—¿Todo bien, hijo? —preguntó papá con esa mirada suya, siempre directa, siempre queriendo ver más allá de lo evidente. Asentí con la cabeza.
—¿Me creerán si les digo que lo había olvidado? —respondí con una pequeña risa avergonzada, rascándome la nuca como si eso fuera a restarle importancia al desastre emocional que era mi interior. Ellos sonrieron, como si mi olvido fuera una simple anécdota y no un reflejo de lo destruido que estaba por dentro.
—Sopla las velas, Corin —dijo mamá acercando la tarta hacia mí. —Tarta de frutas bañadas en dulce derretido, con torta de chocolate y vainilla por dentro y baño de mezcla de frambuesas —agregó orgullosa, como si su amor pudiera curarme. Como si una tarta pudiera llenar el hueco que él me dejó.
—Tu favorita —añadió con una sonrisa tierna.
Le devolví la sonrisa, asintiendo. Deje caer la mochila al suelo sin cuidado y tomé la tarta de sus manos, sintiendo su peso real... y el simbólico. La tarta perfecta para el cumpleaños de alguien que no quería celebrarlo.
—Pide un deseo —dijo papá. Lo miré. Luego miré las 17 velas acomodadas en forma de espiral entre todas las frutas.
Cerré los ojos. Pedí mi deseo.
No pedí amor.
No pedí que volviera.
Solo pedí sentirme entero otra vez...
Solo pedí que esté vacío que se arraigaba en mi pecho como una garra menguará aunque fuese solo un poco.
Soplé las velas. Todas se apagaron al primer intento. Mis padres aplaudieron. Yo les sonreí, agradecido, pero deseando desaparecer en ese mismo instante.
—Gracias, mamá. Gracias, papá. Pero tengo que irme al instituto —dije, devolviéndole la tarta a mi madre.
—¿Pero es tu tarta favorita, hijo? —se quejó ella con el ceño fruncido.
—Ya he cepillado mis dientes y no tengo hambre. Cuando regrese como un poco —alegué, inclinándome para besarle la frente. Mi padre me miraba en silencio. Estaba analizando cada palabra, cada gesto. Sabía que algo andaba mal, pero no lo dijo. No aún.
—Bueno... me voy —agregué al alejarme un poco y volver a tomar la mochila del suelo.
—Ten cuidado —dijo papá, captando mi atención justo antes de que saliera por la puerta. Lo miré. —Hoy es tu transformación. Puede ser en cualquier momento.
Asentí. Esbocé una sonrisa rápida. Una máscara más.
—Lo sé.
Y salí.
Cuando ya estaba cerrando la puerta detrás de mí, escuché la voz de mamá:
—Tenía ojeras... Tengo miedo de que le hayan hecho algo a mi bebé...
Sus palabras me perforaron. Tragué saliva. Apreté el pomo de la puerta con más fuerza de la necesaria y terminé de cerrarla.
—Me lo hice solo —murmuré al aire, sabiendo que nadie me escuchaba.
Me puse las gafas de sol como un escudo. Tomé rumbo al instituto. Saqué mi teléfono del bolsillo trasero y conecté los auriculares. Puse música. De esas que te hacen moverte aunque no quieras. De esas que usas para que el cuerpo no sienta lo que el alma sí. El volumen estaba bajo, pero todo me sonaba demasiado alto, como si mis sentidos estuvieran más despiertos ahora que estaba roto.
Caminaba sin prisa, dejándome llevar por el ritmo, tarareando algunas partes para no pensar. Para no recordar. Para no volver a llorar.
Entonces lo sentí.
Unos pequeños brazos rodearon mi cintura con dificultad. Me sobresalté, pegando un pequeño brinco. Algo que se había enredado a mi cuerpo colgó de mi cintura mientras una risita suave se escapaba.
Miré hacia abajo.
Kimmy.
Apegada a mí como si fuera su mundo.
Y por un instante...
Sonreí.
Solo un poco.
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Editado: 15.07.2026