—¡Nail! —festejó ella, sonriente como siempre. Me bajé los auriculares al cuello otra vez y la miré.
—Hola, diablilla —la saludé alborotándole el cabello rubio. Ella rió y negó con la cabeza.
—¡No hagas eso! —se quejó, tomando mi mano con las suyas sobre su cabeza—. Mamá se molestará si me despeino.
—Bien —accedí—. ¿Qué te trae por aquí, pequeña diabla?
Llevaba puesto su uniforme de primaria —la escuela quedaba al otro lado del instituto— y su mochila de conejo en la espalda. Sonrió con fuerza.
—¡FELIZ CUMPLEAÑOS! —gritó elevando ambas manos. Cerré un ojo por el grito y le sonreí.
—Gracias, diabla —le dije, agachándome a su altura. Ella se bajó la mochila y sacó una bolsa junto a una hoja.
—Toma —me dijo, entregándomelas. Las tomé con una sonrisa.
—Gracias.
—Ten un lindo cumpleaños...
—¡Enana! Mamá te llama ya —se quejó la voz de Anghelo, detrás de ella.
—Aaah... —se quejó ella, girando sobre sus pies para mirarlo. Él estaba junto a Ligth, con su cabello perfectamente peinado hacia un lado, camisa de vestir por fuera y jeans negro.
—Recuerda el trato, enana —le advirtió él.
—Deberías hacerle caso. Nuestra Luna molesta. Sálvese quien pueda —bromeé, guiñándole un ojo. Ella rió, asintiendo.
—Espero que te guste mi regalo. Lo compré con mi dinero. ¡Nos vemos luego, Nail! —dijo ella, se acercó y besó mi mejilla—. ¡Adiós!
Se despidió de los tres y corrió hacia el auto azul donde nuestra Luna la esperaba, supuse, para dejarla en la primaria. Me levanté del suelo.
—Feliz cumpleaños, amigo —me felicitó Anghelo.
—Felicidades, Nail —dijo Ligth. Asentí a ambos, agradecido.
—Te sientan las gafas —añadió ella, sonriendo.
—Muchas gracias a ambos —respondí.
—Toma —dijo rápidamente Ligth, extendiéndome una bolsa roja algo grande. Le sonreí.
—No te hubieras molestado, muchas gracias.
—No fue molestia —respondió ella algo nerviosa.
—Dejé tu regalo en casa. Esta noche te lo doy —habló Anghelo, con una sonrisa cálida. Teníamos la costumbre de acampar, solo nosotros dos, el día de nuestros cumpleaños en el bosque.
Hacíamos una fogata, cantábamos (o bueno, yo cantaba mientras él tocaba la guitarra), comíamos malvaviscos y nos dormíamos tarde hablando de cualquier cosa. Nos acostábamos sobre la tierra a ver las estrellas y la luna.
Lo hacíamos desde los siete años, y se volvió tradición. Me subí las gafas a la cabeza y asentí, sonriéndole.
—Claro —aseguré. Sus ojos parecieron brillar.
—Es muy lindo... —escuché decir a alguien. Miré a los lados, buscando de dónde venía la voz.
—¿Todo bien? —preguntó Ligth. Asentí, algo dudoso.
—Mejor vamos a clases... —dije. Ella asintió, y los tres empezamos a caminar. Anghelo se colocó junto a mí.
—¿Por qué tienes ojeras? —me preguntó discretamente, cuando Ligth se adelantó unos pasos.
—No pude dormir bien —contesté. Él asintió, poco convencido.
—¿Chicos? —nos llamó Ligth.
—Adelántate, ya te alcanzamos —le dijo Anghelo. Ella asintió y siguió avanzando.
—No me mientas. ¿Te hizo algo ese idiota, verdad? Esas no son ojeras por falta de sueño, son por llorar —dijo serio, sin mirarme. Apreté los cordones de las bolsas en mis manos y bajé las gafas otra vez, sin responderle.
—Bien, no me digas. Pero si me entero que ese idiota te hizo llorar, le parto la cara —agregó, mirándome fijo. Asentí, sin verlo.
Hablaba en serio esta vez. Algunos compañeros me felicitaron también, pero no me sentía con ánimos para nada. Les respondía con sonrisas fingidas por cortesía y ya. Dejé los regalos en mi locker, al igual que la mochila, y me fui con Anghelo al laboratorio. Teníamos clase ahí a primera hora.
Ahora estábamos mezclando algunas pócimas que podrían ayudarnos a curarnos cuando nos lastimáramos de forma leve o grave, en caso de que nuestros cuerpos no lo hicieran solos por alguna razón.
M
i cabeza dio una vuelta y el frasco con la poción que acababa de terminar se me resbaló de las manos, cayendo al suelo con un estruendo, y al romperse, el vidrio se esparció por el piso. Intenté recogerlo, pero al hacerlo, me corté el dedo. La pequeña herida hizo que un ardor agudo recorriera mi cuerpo, pero ni siquiera esa punzada breve logró hacerme reaccionar de manera plena. La verdad es que sentía un dolor mucho mayor, un dolor interno que parecía devorarme por completo.
—¿Todo bien, Kingahan? —me preguntó el profesor, su voz atronando en medio del silencio que se había generado en la sala, captando la atención de todos los demás.
—S-si... —murmuré, mi voz sonó temblorosa, pero la respuesta no salió de mí de manera firme. Estaba luchando por mantener el control, y eso solo lo sabía yo. Mi mano instintivamente se llevó a mi cabeza cuando un mareo más fuerte me golpeó. La sensación de vértigo fue tan intensa que estuve a punto de caer, pero me aferqué a la mesa, como si eso me pudiera ayudar a mantenerme en pie.
—Será mejor que salgas de aquí. —Escuché nuevamente aquella voz, aquella misma voz que retumbaba en mi cabeza, taladrando mis pensamientos.
—¿Kingahan? —me llamó el profesor otra vez, y antes de que pudiera responder, sentí que alguien me tomaba del brazo, ayudándome a levantarme. Era imposible enfocarme; el mareo, la confusión, la tensión creciente dentro de mí lo nublaban todo.
—¿Qué pasa, Nail? —me llamó Anghelo, apareció frente a mí, preocupado. Estábamos en diferentes grupos en esta clase, pero él parecía ser el único que se daba cuenta de que algo no estaba bien.
—Sal de aquí... —me repitió la voz, esta vez con más urgencia. Me quité los lentes de seguridad con manos temblorosas, y a duras penas logré zafarme de la bata de laboratorio. La tensión en mi cuerpo era insoportable, pero tenía que salir de allí.
—Nada... —alegué, mi voz apretada por el esfuerzo de tratar de mantenerme tranquilo. —Solo saldré de aquí... —dije con dificultad, mi garganta estaba tan seca que casi no podía hablar.
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Editado: 15.07.2026