—Hola, ¿qué tal? Soy Kriss —escuché la misma voz en mi cabeza. Sonaba clara, serena, como si no acabáramos de pasar por el infierno. Su eco aún vibraba en mi mente, una presencia que no me abandonaba. Me sentía distinto. No solo físicamente... por dentro, algo también había cambiado.
Aún aturdido, respiré hondo. El aire olía diferente, más denso, más vivo. Ya no me dolía nada. No había rastro del ardor punzante, de los huesos quebrándose, de la piel desgarrándose. Solo quedaba esa extraña y poderosa quietud, como si todo mi cuerpo finalmente hubiese encontrado su forma correcta. Miré hacia abajo. Mi pelaje era de un marrón claro que se extendía como una sábana cálida por mi cuerpo, y mi pata delantera derecha estaba cubierta de negro, como si la oscuridad la hubiera elegido especialmente. El pelo era tan espeso y suave que parecía brillar, y no podía evitar pensar, con cierta ironía, que me veía bien.
Mis ojos ahora solo veían en blanco y negro. Me costaba entenderlo al principio, pero supuse que era parte de esta forma, de esta nueva naturaleza. Me sentía raro… ajeno a todo lo que conocía. No solo era un cambio físico. Sentía que mis pensamientos ya no eran completamente míos, que compartía espacio con algo más… alguien más.
—Lobo —corrigió la voz, casi ofendida. Bufé con cierto fastidio, aunque no pude evitar sonreír un poco.
—¿Y qué diferencia hay? ¿El tamaño? —repliqué, con sarcasmo, sacudiéndome un poco.
—Exactamente —respondió, y luego soltó con desdén—. Ahora regresa a esa prisión y busca ropa. No vamos a andar por ahí exhibiendo nuestro pene a todos...
Me reí de verdad esta vez. No podía evitarlo. La voz, aunque intensa, tenía sentido del humor. Aunque me sentía desorientado, esa compañía me daba una extraña paz. Empecé a caminar, despacio. Cada paso era firme y pesado, pero lleno de equilibrio. La tierra bajo mis patas se sentía distinta, más viva. Cada sonido, cada olor, cada vibración era más claro, más definido. Mi cuerpo era una máquina perfecta de instinto y fuerza.
El Instituto estaba cerca. Lo observé desde el borde del bosque con cierta melancolía. Aún tenía el recuerdo del dolor ardiendo en cada fibra de mi ser. Y ahora… ahora era como si hubiera dejado atrás una parte de mí. Ya no era solo Nail. Era algo más. Algo salvaje.
Me deslicé entre sombras con sigilo, en mi forma de lobo, hasta llegar a los vestidores del equipo. Me aseguré de que nadie estuviera cerca. Al llegar, cerré los ojos y, con una profunda exhalación, permití que mi cuerpo volviera a su forma humana. La transición fue menos dolorosa que la primera, pero no menos intensa. Sentí mis huesos encogerse, mi piel ajustarse como si se contrajera, mi cuerpo volver a ser el de siempre… aunque ya no se sentía del todo mío.
Desnudo, temblando por el cambio de temperatura y el recuerdo latente del dolor, corrí a los casilleros. Me metí en uno de los compartimientos y me encerré dentro, respirando con fuerza. Apoyé la frente contra la pared metálica, intentando calmarme.
—¡Ah, carajo! —me quejé en voz baja, sobresaltándome al ver que no estaba solo.
Ahí estaba Anghelo. De pie, abriendo su mochila. Sacaba mi ropa del casillero y la acomodaba con cuidado.
—¡Nail! —exclamó, sorprendido, girando de inmediato el rostro al verme. Su cara era un poema de incomodidad.
Me acerqué con rapidez y le arrebaté la mochila con una mezcla de urgencia y vergüenza apenas disimulada.
—No es la primera vez que me ves desnudo, ¿por qué tanto escándalo? —le dije, intentando sonar casual mientras me ponía el bóxer con rapidez.
Él tragó saliva, claramente nervioso.
—L-la tienes más grande… —murmuró, con la cara roja como una manzana madura.
Fruncí el ceño mientras me subía los jeans del uniforme, conteniendo una risa.
—¿Solo me viste tres segundos? ¿Cómo sabes eso? —le pregunté, alzando una ceja.
Anghelo evitó mi mirada, más rojo aún.
—¡Ol-olvídalo! —refunfuñó, girando hacia la puerta como si quisiera desaparecer.
Solté una pequeña carcajada. A pesar de todo, se sentía bien tener una pizca de normalidad entre tanta locura.
Estaba abotonando mi camisa cuando una voz conocida rompió el momento:
—¡NAIL! ¡NAIL! —me llamaban desde fuera, con desesperación.
Mi pecho se apretó. Algo no estaba bien.
Salí de los vestidores rápidamente, sin terminar de abotonarme. El corazón me latía fuerte.
—¿Qué pasa, Mishoi? —pregunté, casi corriendo hacia ella.
La vi en el pasillo, corriendo de un lado a otro, la cara desencajada. Cuando me vio, corrió directo hacia mí. Su respiración era agitada, los ojos abiertos como platos. Algo grave estaba por suceder… o ya había sucedido.
Y en mi mente, sentí a Kriss despertar de nuevo, alerta.
—¡Zimû se regresa a nuestra manada! —soltó Mishoi de golpe, sin rodeos.
Sentí que el tiempo se detenía.
El mundo a mi alrededor se volvió un murmullo lejano. El pasillo, los pasos, las voces, el aire mismo… todo se desdibujó mientras mi corazón comenzaba a golpear con una violencia casi insoportable.
—¿De qué estás hablando? —pregunté, aunque ya lo sabía. La angustia ya se había sembrado en mi pecho y crecía como una planta venenosa.
—Me acaba de enviar un mensaje —continuó ella, agitando el celular entre los dedos—. Dice que se larga… que ya no tiene nada por lo que quedarse aquí.
Esa frase me perforó. "Ya no tiene nada por lo que quedarse."
¿Nada? ¿Y yo? ¿Qué soy entonces? ¿Qué fuimos?
No esperé una explicación. Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar. Me lancé a correr, los pensamientos chocaban entre sí, enredados, caóticos: imágenes de Zimû riendo, de nuestras charlas, de las noches bajo la luna, de todo lo que fue, y de lo que yo creía que sería.
No me importó que todos me miraran, no me importó si tropezaba. Solo tenía una idea: detenerlo antes de que sea tarde.
Al cruzar la salida del Instituto, la transformación fue inmediata. El dolor de huesos quebrándose, músculos moviéndose bajo la piel, la quemazón… ni lo sentí del todo. Nada dolía tanto como la idea de perderlo.
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Editado: 15.07.2026