Un Inesperado Mate

46 - Anghelo Rachman

"Confieso que me haces tanta falta, para decirme todo va a estar bien.

Lloré por que tu vos no está en la casa, reí por que me armaste con todo tu ser

Es una mezcla que me agarra el alma y rompe cada esquina de todo mi ser"

—¡Ustedes, bola de inútiles! —grité con la voz tensa, cargada de una furia que me quemaba por dentro—. ¡Si vuelven a hacerle algo a Nail, juro que los expulso de la manada!

Lo tenía en mis brazos, inconsciente, tan frágil, tan ajeno al escándalo. Sentí que algo dentro de mí se quebraba al ver cómo su cuerpo temblaba levemente bajo el buzo chándal que apenas lo cubría. ¿Cómo habían podido llegar tan lejos? ¿Cómo alguien podía alzarle la mano a Nail y aún respirar con tranquilidad?

Uno de los guardias intentó hablar, con voz nerviosa:

—Lo sentimos, joven... Es que él estaba fuera de contr...

—¡ME IMPORTA UNA MIERDA! —rugí, sin permitirle terminar. No me interesaban sus excusas, no ahora. A mi lado, Mishoi trataba de despertarlo pasando un algodón con alcohol por su nariz. Yo apenas podía mirarlo sin que me doliera el pecho.

—Esa mierda debería estar prohibida —mascullé. Sentía los puños cerrados y la mandíbula tensa. No estaba acostumbrado a este tipo de rabia, esa que se siente tan intensa que apenas puedes respirar. Nail se removió apenas en mis brazos, como si su cuerpo comenzara a responder.

—Está despertando —dijo Mishoi con un suspiro de alivio.

Giré el rostro hacia los tres guardias que aún estaban ahí, como estatuas de piedra.

—¡Lárguense! Ahora. —Mi voz no fue fuerte, pero sí lo suficientemente firme como para que se dieran la vuelta sin decir nada más.

—Sí, joven —respondieron en unísono antes de marcharse con rapidez.

El lugar quedó en silencio. Solo el sonido lejano de pasos ajenos y el murmullo del aeropuerto llenaban el fondo. Yo solo podía concentrarme en Nail, en el pequeño movimiento de sus dedos, en la manera en que su ceño se fruncía con incomodidad.

—Mierda... —murmuró, apenas abriendo los ojos mientras se acomodaba débilmente sobre mis piernas. Lo observé con el alma apretada.

—¿Estás bien? —le pregunté en voz baja. Asintió con lentitud mientras se frotaba la sien, sin fuerza, como si cualquier intento de hablar lo agotara.

—No vuelvas a correr así, pedazo de escoria —le solté, dándole un golpecito suave en el brazo. Era una forma estúpida de decirle que me había asustado... mucho. Nail rió apenas, una risa rota, y se cubrió los ojos con ambas manos, como si no quisiera que lo viera.

—¿Mishoi está acá? —murmuró.

—Así es, Nail —respondió ella acercándose un poco, pero sin tocarlo.

—Discúlpame pero... ¿podrías irte? —su voz temblaba. No podía ver su rostro aún, pero algo en su tono me hizo estremecer. Había miedo ahí. Dolor. Vergüenza. Sentí una punzada en el estómago.

—Claro... haré unas llamadas —dijo Mishoi, comprendiendo más de lo que parecía. Se levantó y se marchó, dejándonos solos.

—Nail, ¿est...? —comencé a decir, pero me detuvo un sonido que me rompió: un sollozo.

Lo vi tallarse los ojos con desesperación. No era solo tristeza. Era culpa, confusión, desesperanza... y miedo. Mucho miedo. Me acerqué más y tomé sus manos con cuidado.

—Deja de tallarte así... te lastimarás —le pedí, con un tono más suave, como si mi voz pudiera protegerlo de todo.

—Es mi culpa... —susurró, y esa frase fue como un cuchillo. Lo miré fijamente. Bajé sus manos de su rostro con ternura, revelando sus mejillas mojadas por completo. Tenía los ojos cerrados, pero aún así las lágrimas no dejaban de caer. Caían en silencio, resbalando por su piel y perdiéndose entre su cabello.

—Él... se fue por mi culpa —dijo con la voz completamente rota—. Ya tenía su transformación. Se le adelantó y volvió... volvió por mí. Me dijo que si yo era su mate, quería que me fuera con él... a su manada.

Lo escuchaba con el corazón hecho un nudo, sin atreverme a interrumpirlo. Cada palabra era un golpe para él, y también para mí.

—Le dije que ojalá no lo fuera. Que no quería que lo fuera. Esta mañana... esta mañana pedí como deseo de cumpleaños que él no fuera mi mate. Que me dejara en paz... —su voz se volvió apenas un murmullo quebrado—. No quería que fuera así. Me sentía usado, dolido. Quería que desapareciera, que me dejara vivir... ¡pero no lo decía en serio!

Alzó la voz con desesperación. Su dolor era tan tangible que dolía en la piel. Lo sentí temblar en mis brazos, con los ojos aún cerrados y el rostro empapado.

—¡No lo decía en serio! —repitió, casi gritando, como si necesitara convencerse a sí mismo.

No pude más. Me incliné hacia él y apoyé mi frente contra la suya, cerrando los ojos.

—Deja de culparte —susurré—. Si sigues así, juro que me subo al próximo avión a su maldita manada, solo para partirle la cara por dejarte así.

Él negó con la cabeza débilmente, pero volvió a cubrirse el rostro.

—Se lo advertí... —murmuré, sintiendo mi voz quebrarse. Verlo así... tan destrozado, era algo que jamás imaginé. Era mi amigo, mi compañero, mi maldita debilidad. Y ahora era una versión rota de sí mismo.

—Le dije que no te hiciera llorar —agregué, sintiendo una rabia nueva, más silenciosa, más peligrosa.

Nail soltó una risita suave, vacía, y se incorporó con lentitud. Se sentó frente a mí, cabizbajo.

—No pensé que fueras a hacer algo así —murmuró.

Lo miré, y sonreí apenas.

—Maldito imbécil —le dije, tomándolo del rostro con ambas manos. No se movió, se quedó quieto, dejándome elevar su rostro con suavidad. Limpié sus mejillas con mis pulgares, como si pudiera borrar todo el dolor.

—Si vuelvo a verlo, lo mataré a golpes. No llores por ese pedazo de escoria, Nail. Él no lo vale.

Nail asintió, apenas.

—Lo siento... —se disculpó.

—No tienes que disculparte por sentir —le dije, dándole un golpecito en la frente.

—Auch —murmuró, y por fin, levantó la mirada. Sus ojos, aunque hinchados, aún tenían esa luz que me hacía quedarme, incluso en sus peores momentos.




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