Un Inesperado Mate

47 - Nail Kingahan

—No te disculpes por cosas que no son tu culpa —me quejé con suavidad mientras lo observaba aún con el corazón apretado. Sus ojos hinchados, su respiración temblorosa… dolía verlo así. Suspiré y dejé su rostro con cuidado—. ¿Estás bien?

Él me miró de reojo, y una sonrisa ladeada, amarga, se dibujó en su rostro.

—¿De la transformación o de mi reciente abandono? —preguntó con burla, pero su voz no alcanzaba a ocultar la amargura. Me dolió escucharlo así, con la risa rota, como si todo lo que sentía estuviera atrapado entre dientes.

—De ambas —respondí con seriedad, sin evitar la verdad. Mis ojos se mantuvieron fijos en los suyos, hasta que él se puso serio también. Asintió con lentitud, y entonces decidí cambiar el tema. Necesitaba sacarlo de ese hueco oscuro, aunque fuera por unos minutos.

—¿Cómo se llama tu lobo? —le pregunté.

—Se llama Kriss —respondió sin titubear, pero luego sonrió de forma irónica—. Y es un puto arrogante de mierda.

Lo miré con atención. Sus pestañas largas seguían húmedas, con pequeños rastros de lágrimas que brillaban bajo la tenue luz. Sus mejillas estaban aún sonrojadas por haber llorado, un color cálido que contrastaba con la fragilidad que solía esconder tan bien.

Era apenas la segunda vez en mi vida que veía llorar a Nail. La primera había sido un accidente... esta vez, no. Esta vez se había derrumbado sin poder evitarlo, y esa vulnerabilidad me revolvía el pecho de una forma extraña.

—No puedo creer que en toda mi vida sea apenas ahora que te veo llorar en serio —pensé en voz alta sin querer, y me arrepentí al instante.

Él apartó el rostro de mí con rapidez, y sentí cómo mi cara ardía de vergüenza.

—Ahora pienso que he sido un llorón contigo —agregué con una risita incómoda, intentando salvarme de mi propia torpeza.

—Sí que lo has sido —alegó él, y no pude evitar reír un poco también, aunque mi cara se encendió aún más.

—Oye —me quejé, tapándome la mitad del rostro con una mano.

—Pero eso solo significa toda la confianza que me tienes —agregó en un murmullo tan bajo que apenas lo escuché. Lo miré de inmediato.

—¿Tú no confías lo suficiente en mí? —le pregunté con cuidado, no como reproche, sino como una curiosidad que se me clavó muy hondo.

Negó con la cabeza levemente.

—Es solo que no me gusta llorar frente a nadie... —murmuró sin atreverse a mirarme. Su voz se sentía más pequeña, casi como si se estuviera disculpando por no saber mostrarse débil.

Guardamos silencio. Pero no fue incómodo. Al contrario. Fue uno de esos silencios que se sienten necesarios. Tranquilos. Él respiraba hondo, y yo solo lo observaba mientras mis pensamientos daban vueltas sin rumbo.

Después de unos minutos, se levantó de la silla, estirando los brazos.

—Seguramente armé todo un revuelo en el aeropuerto —dijo con una sonrisa burlona, tratando de restarle peso a lo ocurrido—. También tengo frío. Será mejor que me vaya a mi casa...

Asentí, poniéndome de pie.

—¿Aún iremos a acampar? —pregunté.

—¿Tú quieres? —replicó con una ceja levantada.

Me crucé de brazos y lo miré con fingida molestia.

—Es tu cumpleaños, no el mío. ¿Tú quieres? —le dije con seriedad, el ceño fruncido. Él rió bajo y asintió.

—Te espero donde siempre... —dijo, y por primera vez en todo el día, sonrió con sinceridad.

Le devolví la sonrisa y asentí también.

—Iré a mi casa a descansar un poco —agregó, sobándose el cuello como si aún le doliera.

—Bien. Nos vemos ahí a las siete —le recordé.

Él volvió a asentir, y después de despedirse con un gesto suave, salió del cuarto sin volver la vista atrás.

Me quedé un momento en silencio, solo, rodeado del eco de nuestras palabras, con el pecho cargado de cosas que no podía decir en voz alta.

Él siempre me ha levantado el ánimo cuando estoy triste. Siempre. Y ahora era mi turno de hacerlo. Pero había algo más. Algo dentro de mí que no quería nombrar, que me daba culpa solo de sentirlo.

No sabía si era egoísmo... o algo más oscuro, más profundo, pero había una parte de mí que se sentía feliz de que Zimû le hubiera roto el corazón a Nail. Feliz de que se hubiera ido.

No sabía cómo llamar a ese sentimiento, pero estaba ahí. Latente. Vivo.

Y eso... me asustaba.

—Nail se fue —dijo Mishoi al entrar, sacándome de golpe de mis pensamientos. Su voz fue suave, pero me hizo parpadear como si despertara de un sueño largo.

Asentí apenas, todavía con la mente dando vueltas.

—¿Por qué tan sonriente? —preguntó con una ceja levantada. La miré de reojo, sin dejar que mi expresión cambiara mucho.

—Nada en particular —respondí, quizás demasiado rápido. Me incorporé con un leve suspiro y empecé a caminar hacia la salida—. Tengo algo que hacer. Nos vemos mañana en el instituto.

Ella frunció los labios, siguiéndome con pasos cortos y ruidosos.

—Pero yo te traje —se quejó como si aquello fuera una injusticia enorme.

—Puedo caminar —alegué sin detenerme, levantando la mano en señal de despedida.

No quise decir más. No podía. Porque si abría la boca, tal vez confesaba esa inquietante alegría que me invadía por dentro.

Caminé rápido, casi corriendo. Las luces de la calle parpadeaban mientras el viento frío me despeinaba. Sentía el corazón latir como si tuviera prisa por llegar a casa. Pero no era la casa. Era él. Era Nail.

Tenía que buscar varias cosas. Ropa, mantas, linterna... pero más que eso, necesitaba prepararme. No para una simple noche de campamento. Sino para estar con él, realmente estar. Quería que se sintiera acompañado. Quería hacerlo sonreír otra vez. Quería que me mirara como antes... o quizás, como nunca antes lo había hecho.

Y en medio de ese deseo, seguía latiendo esa emoción culposa. Ese calor extraño que se encendía en mi pecho cada vez que pensaba en que Zimû ya no estaba.

¿Qué nombre tenía eso?

No lo sabía. Solo sabía que esa noche sería diferente.




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