Un Inesperado Mate

48 - Anghelo Rachman

—Anghelo —llamó mi mamá desde abajo.

Había pasado la tarde de un lado a otro, como alma en pena. Salía, volvía, abría cajones, los cerraba, me detenía a mirar algo por segundos y luego lo olvidaba. Iba al instituto, regresaba. Mis pensamientos iban igual de agitados que mis pasos.

—Dime, mamá —grité desde mi cuarto, abriendo la puerta. Mi voz se perdió un poco en el pasillo.

La escuché subir las escaleras y al poco se apoyó en el marco de la puerta. Llevaba una expresión curiosa, entre cálida y desconcertada.

—La señora Kingahan trajo un pastel de frutas, dice que es para que lo coman cuando gusten. Dice que Nail no ha querido tocarlo desde que llegó a su casa...

Sus palabras flotaron un momento en el aire. La imagen de Nail, solo en su casa, mirando el pastel sin mover un dedo, me revolvió un poco el estómago.

Ella soltó una risita leve, señalando las bolsas que llenaban casi todo mi cuarto.

—¿Por qué tantas cosas?

La miré mientras seguía doblando una manta.

—La casa de campaña grande, sábanas gruesas por el frío y algunas almohadas —señalé una bolsa—. Chucherías... también cerillos, por si acaso —dije con un gesto hacia la segunda. Luego toqué otra—. Los regalos que le dieron a Nail pero que dejó olvidados en el instituto.

—¿Por eso habías ido ahí? —preguntó con un tono entre sorprendida y conmovida. Asentí sin detenerme.

Ella sonrió, pero había algo en sus ojos... como si no terminara de entenderme del todo. Como si se debatiera entre apoyarme y advertirme.

—Te estás esperando mucho, hijo... —dijo con suavidad, como quien ofrece una verdad con pinzas.

Negué con la cabeza, bajando la mirada.

—No es nada, de verdad —respondí mientras acomodaba otras mantas en la última bolsa. Sabía que no podría explicárselo sin que sonara más grave de lo que era... o tal vez sin delatarme más de lo que quería.

—¿Me recuerdas llevarme la tarta? —le pedí sin mirarla directamente.

—Está bien —dijo ella, sin discutir. Su voz era maternal, cómplice, como siempre.

—Gracias, mamá —le sonreí con sinceridad. Me acerqué, le di un beso en la mejilla, y cargué uno de los bolsos rumbo al auto estacionado al frente.

—¿Tu papá te lo prestó? —me preguntó, entrecerrando los ojos con sospecha.

El recuerdo del choque del mío todavía dolía. Saqué las llaves del bolsillo y las sacudí frente a ella con una sonrisa traviesa.

—Lo hizo... pero no lo sabe —respondí con picardía, guiñándole un ojo. Ella soltó una carcajada, negando con la cabeza.

—Bien —dijo sin más, como aceptando que no podía detenerme.

Crucé la puerta con el bolso al hombro. El aire fresco de la tarde me golpeó la cara. Ya eran las cinco y media, y apenas y tenía tiempo de llegar allá a tiempo.

Pero no importaba.

Por alguna razón, esta noche lo valía todo.

(***)

—A tiempo —murmuré con alivio mientras terminaba de bajar las últimas cosas del auto.

Eran eso de las seis y cuarenta y tantos. El cielo ya comenzaba a teñirse de naranja, y para mi suerte, Nail aún no llegaba. Sonreí al ver lo que había preparado: la casa de campaña erguida en el claro, las mantas dobladas, las chucherías listas y todo ordenado como a él le gustaba.

Teníamos esa costumbre desde que éramos niños: para su cumpleaños, yo preparaba todo; para el mío, él lo hacía. Algunas veces lo organizábamos juntos, saliendo temprano de casa con mochilas en la espalda, listos para llegar antes de que el sol se escondiera.

"Ahora solo falta ir por los regalos", pensé, sacudiéndome las manos y regresando al auto, que estaba estacionado a unos metros del lugar. Tendría que caminar un poco otra vez.

Abrí la puerta trasera y saqué la mochila donde guardaba los regalos que Nail había dejado olvidados en su locker. No tuve problemas para abrirlo... él y yo teníamos las mismas contraseñas desde hace años. También en nuestras redes sociales, aunque rara vez revisábamos las cuentas del otro. No era necesario. La confianza entre nosotros hablaba por sí sola.

Me colgué la mochila al hombro y empecé a caminar de nuevo, esta vez con una sonrisa tonta en la cara. No podía evitarla.

A pocos pasos del campamento, algo se movió a la izquierda. Me detuve al verlo.

Un lobo de pelaje marrón claro emergió de entre los árboles. Una de sus patas delanteras era completamente negra, como si la sombra hubiera decidido pintarla a propósito. Tenía una mochila en el hocico, y cuando me vio, la dejó en el suelo.

Me miró.

Sonreí, aún sorprendido, sin borrar el asombro de mi rostro.

—Lamento llegar tarde —se disculpó con una voz tranquila que resonó en mi mente.

Abrí los ojos de par en par, sin dejar de sonreír.

—¿Cómo hiciste eso...? —pregunté, acercándome con cautela, aunque con familiaridad.

—No lo sé. Supongo que puedo hacerlo y ya.

Lo observé con más atención. Su pelaje era espeso y brillante, y sus ojos... grises, casi blancos, con un brillo hipnótico que parecía encerrar el reflejo de las estrellas.

—El color de tu pelaje es... hermoso —murmuré, elevando la mano hacia él sin darme cuenta.

Se acercó y apoyó su cabeza suavemente en mi palma. Reí con dulzura, sin poder evitarlo.

—También eres bastante grande... más que un omega, pero no tanto como un alpha. ¿Qué eres?

—Ni alpha, ni beta. Aunque claro está que tampoco omega —respondió él—. Es extraño el tamaño que tengo así...

Lo miré en silencio un momento más, fascinado por su forma, su voz, su aura.

—Bien, ve a cambiarte para que podamos buscar lo de la fogata —le dije finalmente.

Asintió con un movimiento suave, tomó la mochila con el hocico y se fue.

Yo seguí camino hasta la campaña y metí ahí la mochila que había ido a buscar. Se la daría después. Aún quedaba mucho por vivir esta noche.




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