Un Inesperado Mate

49 - Nail Kingahan

"Todo lo intente, en donde quiera te busque. Eras Tu mi necesidad, alce mi rostro y...

Llegaste tu, y todo cambio.
Llegaste tu, la esperanza triunfo
Llegaste tu; volví a nacer"

Aún estaba algo confundido por todo lo que había montado ahora en este espacio que siempre fue especial para Anghelo y para mí. Este claro del bosque, escondido entre los árboles altos y antiguos, nos pertenecía. Aquí nos conocimos, aquí nacieron muchas de nuestras memorias más valiosas, y aquí fue donde, sin necesidad de palabras, supimos que este lugar era un refugio... nuestro refugio.

Los troncos cubiertos de musgo, las hojas crujientes bajo los pies y el murmullo constante del viento entre las ramas altas, todo era parte del paisaje que nos envolvía. Entre esos árboles, cada rincón tenía una historia. Y lo más importante: aquí no entraban terceras personas. Solo él y yo. Como si el mundo allá afuera se desvaneciera apenas cruzábamos la línea invisible que rodeaba este pedazo de bosque encantado.

De cierta manera, me gustaba que fuera así. Me daba paz, me devolvía algo que el resto del mundo solía quitarme.

Llegué donde él y tiré mi mochila por ahí, sin mucho cuidado. El sol comenzaba a esconderse tras los árboles, y las sombras se alargaban poco a poco sobre el suelo cubierto de hojas secas. Eso era un punto a mi favor. No quería que él viera mi rostro con luz, al menos no ahora. Había estado encerrado toda la tarde en mi habitación, llorando bajo las sábanas, hundido en mis pensamientos, sintiendo que el pecho me pesaba como si llevara piedras dentro. Tenía los ojos rojos e hinchados, y la garganta rasposa de tanto sollozar en silencio.

—¿Por qué tanta cosa? —pregunté, intentando sonar casual. Pero mi voz salió temblorosa, un poco ronca, traicionándome. Él me miró, con esa forma suya de observar que parecía atravesarte. Me sentí algo expuesto, incómodo, como si pudiera ver todo lo que estaba tratando de ocultar.

—No es tanto —respondió, alzando los hombros—. ¿Vamos por leña para la fogata? —me preguntó con suavidad. Asentí, obligándome a sonreír un poco.

Se levantó del asiento improvisado que habíamos hecho hace dos años, cuando un árbol enorme se cayó por una tormenta. Desde entonces, usamos su tronco como banca, altar y mesa. Era nuestro punto de partida.

Comenzamos a caminar en silencio, recogiendo ramas secas del suelo, aquellas que crujían apenas las tocábamos. La tierra aún conservaba la humedad de la lluvia de hace unos días, y el aire olía a pino, tierra mojada y algo más... algo que solo se siente en los bosques al caer la tarde.

Ese silencio no era incómodo. Al contrario, era cómodo, lleno de recuerdos compartidos. Caminábamos lado a lado, sin necesidad de hablar, porque nuestros pasos ya sabían acompasarse.

Hasta las nueve de la noche solíamos hacer esto. Después de eso, corríamos entre los árboles, jugando como si el tiempo no pasara, como si aún fuéramos niños. Buscábamos duendes, señales de magia, o simplemente nos dejábamos llevar por las risas.

Una vez habíamos encontrado lo que jurábamos era una pequeña aldea de elfos de árbol, escondida entre las raíces de un sauce enorme. Salimos corriendo de ahí al ser atacados por ellos. Juraban que queríamos robarles algo, aunque solo mirábamos con asombro. A veces pienso que fue real… otras, que fue solo una ilusión provocada por la magia de este lugar.

Ya llevábamos casi veinte minutos recogiendo ramillas cuando decidí romper el silencio.

—¿El Concejo ya respondió? —pregunté, sin saber bien por qué. Solo quería decir algo. Quería sentir que hablábamos, que estaba ahí conmigo en más que solo su presencia física.

Se detuvo, giró hacia mí. Mi rostro ya no se notaba tan afectado bajo la penumbra del bosque, y al haberme transformado, mis ojos se recuperaban más rápido. No me preocupaba tanto que me viera.

—Aún no. Light tiene ganas de ir hasta la sede para obtener respuestas... —me explicó, con tono sereno.

Lo tomé de la camisa sin pensarlo cuando noté que iba a tropezar con una raíz sobresaliente. Siempre tan distraído.

—Qué extraño —murmuré, frunciendo un poco el ceño—. Ellos suelen responder rápido.

Me quejé suavemente cuando sentí un pinchazo en la cintura. Reí un poco al notar que ese toque me hacía cosquillas.

—¡Anghelo, deja! —me quejé entre risas. Él soltó una carcajada suave y levantó la rama con la que me había pinchado como si fuera una espada de madera.

—Lo mismo pienso —respondió—, pero no me dejan hacer mucho al no estar transformado aún... —dijo con algo de desilusión en su voz.

—Para lo que falta... —me quejé yo, restándole importancia. Él volvió a reír.

—Aún faltan dos meses, Nail. Eso es bastante... —alegó, negando con la cabeza mientras sonreía—. Creo que con esto es suficiente —añadió. Asentí, de acuerdo.

—Regresemos —le apremié.

Caminamos de vuelta, y mientras lo hacía, mi mente no dejaba de pensar en esos dos meses. Aún faltaban dos para su cumpleaños, y eso significaba algo grande... pronto encontraría a su mate. A su luna.

Suspiré, sin saber muy bien qué hacer con ese sentimiento que me pesaba en el pecho. Una mezcla de miedo y resignación, como si algo se me escapara sin poder detenerlo.

—¿Todo bien? —me preguntó, al notar mi suspiro, mirándome con curiosidad.

—S... ¡Cuidado! —me quejé, tirando las ramas que llevaba y sujetándolo del brazo justo antes de que se cayera de espaldas, deslizándose por la pequeña colina. Por poco y rodaba hasta el final.

Ambos rompimos en carcajadas.

—No tenemos remedio —se burló él, todavía riendo. Asentí, ayudándolo a acomodarse bien.

—Será mejor que encendamos ya la fogata. Se está poniendo más oscuro y parece que hoy no habrá luna —dije entre risas, mirando hacia el cielo cubierto de nubes grises que se mezclaban con las copas de los árboles.

Y ahí estábamos otra vez. Él y yo, en nuestro bosque, intentando ignorar que el tiempo seguía pasando... y que el destino tenía sus propios planes.




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