Un Inesperado Mate

50 - Nail Kingahan

Estábamos entre risas, el cielo salpicado de estrellas y el crepitar constante de la fogata calentando el aire fresco de la noche. Las llamas danzaban como si también se divirtieran con nosotros, lanzando sombras cálidas en nuestros rostros. El aroma dulce de los malvaviscos tostándose invadía todo el ambiente, y mi risa se entrelazaba con la de Anghelo mientras sosteníamos ramas improvisadas llenas de dulzura.

—Oh, es verdad —dijo de repente Anghelo, con los ojos brillando como si recordara algo importante.

Enterró su rama en la tierra, justo al borde de las llamas, con más de ocho malvaviscos balanceándose sobre ella como si esperaran su turno para dorarse.

—¿Qué cosa? —pregunté, mi risa aminorando, con curiosidad chispeando en mi voz.

—Los regalos —respondió con una sonrisa cómplice—. Creo que ya es hora de que los abras.

Imité su gesto, enterrando mi rama también, y me acerqué a él con pasos suaves sobre la tierra. Sus movimientos eran tranquilos pero emocionados. Se levantó, caminó hasta la tienda de campaña y, tras unos segundos, salió con su mochila entre las manos.

—Así es —dijo, alzando un poco la mochila—. No es un cumpleaños sin regalos —agregó con una sonrisa cálida que hizo que mi pecho se sintiera un poco más ligero.

Me extendió la mochila, y la tomé con cuidado, como si dentro llevase algo frágil, precioso. Me senté frente a él, con las piernas en forma de mariposa, y la abrí con delicadeza, como si destapara un cofre lleno de tesoros. Dentro, varias cajitas estaban cuidadosamente acomodadas. Algunas estaban envueltas con papel brillante, otras simplemente llevaban un listón alrededor. El corazón me dio un vuelco al reconocer los nombres escritos en algunas de ellas: los chicos del equipo, algunos compañeros más… y luego, ahí estaban los regalos que me hicieron sonreír de verdad.

Saqué primero el de Kimmy, envuelto en papel lila con su letra desordenada garabateando mi nombre. Lo puse entre mis piernas. Luego encontré el de Ligth, sencillo, sin tanto adorno, pero con una caligrafía cuidada. También lo coloqué frente a mí. El resto, con cariño, los devolví a la mochila.

—Veamos qué me dieron ellas —dije con una sonrisa tranquila, tomando ambas bolsas entre mis manos. Anghelo me observaba con diversión.

—Siempre haces eso —río él con suavidad.

Lo miré, alzando una ceja.

—¿Hacer qué?

—Solo sacas primero los de las personas que son importantes para ti... y después los demás —dijo con naturalidad, encogiéndose de hombros como si eso fuera evidente.

Asentí, devolviéndole una sonrisa agradecida. Era cierto. Siempre lo hacía. Quería que esos momentos fueran los primeros que viviera, los que atesorara con más atención.

Abrí la bolsa de Ligth primero. Dentro había una cajita rectangular de terciopelo gris oscuro. Al abrirla, encontré una pulsera de acero, fina pero resistente. Tenía dos colgantes pequeños, uno con forma de lobo, perfectamente tallado, y el otro con una letra N pulida, sencilla pero significativa. La pasé entre mis dedos con cuidado, apreciando el peso justo del metal y el simbolismo. Sonreí con ternura.

—Es bastante bonito —murmuré sin dejar de observarla.

Sentí la mirada de Anghelo sobre mí, intensa, suave.

Después tomé la bolsa de Kimmy. La abrí y encontré primero una hoja doblada en cuatro. Reí apenas al desplegarla: era un dibujo hecho con crayón azul. Ella y yo, con nuestras sonrisas chuecas, abrazándonos frente a un fondo de estrellas. Era infantil, imperfecto, y sin embargo, me pareció uno de los regalos más sinceros que había recibido. Luego encontré una cajita cuadrada. Dentro había un broche de acero puro con el símbolo del yin y el yang. Era elegante, frío al tacto, pero de inmediato me transmitió calma.

—Ella me dijo que le contaste que la leyenda del yin y el yang es tu favorita —dijo Anghelo en voz baja, como si recordara el momento exacto en el que su hermana se lo confesó.

Asentí, un poco emocionado. A veces Kimmy parecía más atenta de lo que uno creía.

Había una caja más dentro de la bolsa. Era rectangular y más larga que la anterior. Al abrirla, encontré una cadena corta, también de acero, con un dije circular en el centro: el yin y el yang tallado con precisión, perfectamente equilibrado. Lo levanté con cuidado, dejándolo colgar entre mis dedos. Me lo puse al cuello, sintiendo el peso justo sobre mi piel, justo al final de la manzana de Adán. Me sentía… completo.

—Se esforzó bastante —dijo Anghelo con dulzura, mirando el dije.

—Te tiene bastante aprecio, mi hermanita —añadió con ternura en su voz.

Asentí sin poder decir mucho más. Las emociones se enredaban en mi pecho.

—Y ahora… es hora de mi regalo —dijo Anghelo de pronto, sacando una cajita rectangular de la faja de su pantalón.

Me giré hacia él, curioso. La caja era roja, sencilla por fuera pero con un brillo tenue bajo la luz del fuego. La abrió con lentitud, como si quisiera que yo lo viera todo paso a paso.

—Mi hermana me habló de tu fascinación por el yin y el yang —dijo, mirándome directamente—. Así que quise darte algo que de verdad te gustara… y que también nos uniera.

Dentro había una pulsera de acero, similar a la de Ligth en cuanto al material, pero más gruesa, más marcada. Tenía un dije con el símbolo del yang, pulido, fuerte, elegante. La tomé con cuidado, y en ese momento él levantó su mano, mostrándome la suya.

—Yo tengo el yin —dijo con una sonrisa serena, y pude ver su pulsera, con el opuesto exacto del mío.

Reí un poco, conmovido.

—Dos partes opuestas en su totalidad… pero que se complementan de manera significativa. Y así, ninguno puede estar sin el otro —dije, casi en un susurro, observando su pulsera.

—Así es —respondió él, sus ojos brillando suavemente.

—Ayúdame a ponérmela —pedí en voz baja.

Asintió y se acercó. Sus dedos rozaron mi piel al colocar la pulsera en mi muñeca derecha. Él la usaba en la izquierda. Luego, sin decir nada, volteó mi mano, dejándola con la palma hacia arriba. Me miraba, pero no directamente a los ojos. Su mirada estaba clavada en mi palma, como si leyera algo invisible en ella.




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