Mi corazón latía de manera rápida e insana, como si quisiera salirse de mi pecho solo por sentirlo tan cerca. Había olvidado por completo lo que se sentía ese ritmo acelerado y casi doloroso que, de algún modo extraño, me hacía sentir vivo. Era una mezcla contradictoria de emoción y miedo; ese miedo dulce que nace cuando sabes que alguien tiene poder sobre ti, aunque no lo haya pedido ni buscado. Y era él… solo él… el único capaz de desarmarme con una mirada, con su simple presencia, sin hacer el más mínimo esfuerzo. Tenía esa manera de estar que no exigía nada, pero que me lo quitaba todo: el aliento, la coraza, el orgullo.
Sus ojos azules brillaban suavemente, reflejando las pequeñas llamas de la fogata que chispeaban tras de mí. La luz las hacía parecer aún más profundas, más vivas, como si el fuego también ardiera dentro de él.
—Tu mamá llevó la tarta de frutas a mi casa, ¿quieres un poco? —me dijo de pronto, rompiendo ese silencio cómodo que compartíamos como si fuera un idioma propio.
Sonreí apenas, sintiendo un leve cosquilleo en el pecho.
—Ahí está mi madre… —me quejé riendo suavemente, negando con la cabeza— Está bien —cedí, bajando la guardia aún más ante su mirada— Podemos ir allá…
Él sonrió, esa sonrisa suya que me hacía sentir seguro aunque no dijera nada, y asintió. Solté su mano por un instante mientras lo veía desaparecer dentro de la campaña. A los pocos segundos salió, cargando con ambas manos dos tappers llenos hasta el borde de aquella tarta casera y un par de tenedores.
—Vamos —dijo él, con esa voz baja que siempre lograba calmar mis pensamientos más ruidosos.
Tomé los dos tappers con cuidado, como si llevara un pequeño tesoro, y caminamos juntos hacia una zona despejada, más arriba, donde los árboles se abrían como si nos invitaran a estar ahí. El cielo se extendía libre sobre nosotros, brillante y profundo, como si también fuera parte de este momento íntimo.
Nos sentamos en el suelo, lado a lado, y cada uno abrió su recipiente. Empezamos a comer entre risas suaves y palabras que iban desde lo trivial hasta lo tierno.
Hablábamos de cosas simples —de nuestras familias, del clima, de recuerdos tontos de la infancia— y sin embargo, cada palabra parecía importante solo porque salía de su boca, o porque lo hacía reír. Me hacía reír a mí luego de tanto dolor de horas.
Era reconfortante, de una forma que no había sentido en mucho tiempo. Estar así con él, solo él y yo, sin expectativas ni planes, solo existiendo en medio de la noche. Las estrellas nos observaban desde arriba, como cómplices silenciosas, y entre los árboles solo se escuchaban nuestras voces y esas risas que hacían eco, como si también quisieran quedarse un poco más.
Ya eran eso de las dos de la madrugada. El cielo estaba cubierto de estrellas que titilaban con un brillo casi líquido, derramando su luz sobre nosotros aunque no hubiera luna en ese momento. Estábamos acostados, uno al lado del otro, mirando hacia arriba, intentando adivinar las constelaciones, jugando a ponerles nombres.
Por un instante, había olvidado todo lo que había pasado más temprano. Pero en algún rincón de mi mente, seguía latiendo la duda.
¿Por qué se había ido así? Quería creer que había una razón, una buena. Me aferraba a esa idea porque me dolía pensar lo contrario.
No había hablado con mis padres aún. Sabía que lo sabían. Lo sentía en el aire, en el silencio que dejaron cuando me vieron entrar. Pero que me respetaran… eso era otra historia. Mil preguntas me golpeaban la mente, pero esta noche, ahora, me negaba a dejar que me alcanzaran.
Porque aquí estaba Anghelo. Y su compañía lo suavizaba todo. Me brindaba esa sensación de paz que no había tenido desde hace tanto, esa calma que uno encuentra solo cuando está exactamente donde quiere estar.
Cada pequeño toque suyo, incluso los más inocentes, hacían que Kriss ronroneara dentro de mí, como si mi corazón tuviera su propia forma de hablarle.
No quería procesar nada. Y por primera vez, agradecía esa desconexión interna.
Solo quería estar.
En un momento, nuestras manos se rozaron sin querer, justo donde llevábamos las pulseras. Una conexión insignificante, casi imperceptible, pero cargada de algo que no sabía explicar.
Y sin decir nada, él entrelazó nuestros dedos. Fue un gesto silencioso, natural. Ninguno habló. Ninguno rompió el contacto. Solo estábamos ahí, nuestras manos unidas, nuestros cuerpos pegados al suelo y nuestras miradas fijas en el cielo.
Nos aferramos el uno al otro como si fuésemos náufragos en una isla olvidada, y aquel contacto cálido y suave fuese el único ancla en el mundo. Como si al soltar, todo pudiera derrumbarse.
Y por primera vez en muchas horas, no dolía.
#901 en Fantasía
#214 en Joven Adulto
mejores amigos amor complicado, mitos leyendas y profecias, lobos yin yan
Editado: 15.07.2026