Un Inesperado Mate

52 - Nail Kingahan

—No he encontrado a mi mate, mamá —me quejé por décima vez mientras jugaba con el tenedor, empujando el desayuno en el plato sin intención real de comer. Faltaban apenas dos semanas para el cumpleaños de Anghelo, y el nudo en el estómago no se deshacía con nada.

—Seguro que no, hijo —se quejó mi madre, por enésima vez también. Desde que Zimû desapareció de la nada, ella había comenzado una especie de cruzada personal, tratando de entender por qué demonios él se había ido así. Aparentemente, los padres de él vinieron personalmente a buscar a Mishoi, y eso no solo le dio material para sus sospechas, también activó sus peores versiones.

—No, mamá... —me quejé, rodando los ojos, sintiéndome ya agotado de esa conversación.

—Amor, déjalo por favor —intervino mi padre, casi suplicando por algo de paz en la mesa.

—No me gusta verlo así, tan deprimido —insistió mi madre, como si yo no estuviera ahí, como si fuera algún caso perdido que se comenta en tercera persona. Suspiré fuerte y dejé el tenedor con fuerza sobre la mesa.

—No estoy deprimido —repliqué, serio. Me puse de pie—. Me voy.

—Es sábado, Corin —protestó mi madre como si eso cambiara algo.

—Iré a la casa del alpha para ayudar con los preparativos de la sucesión de Anghelo —dije sin mirarlos, caminando directo hacia la salida.

—Ya casi son dos meses desde tu transformación, y no haces nada más que buscar razones por las que ese imbécil de Zimû se fue, y andar detrás del idiota de Anghelo —espetó mi madre con un golpe sordo sobre la mesa, que me hizo detenerme en seco.

—¡Ximena! —la reprendió mi padre, con un tono más elevado y molesto que antes.

—¡Entiende que ese niño jamás te verá como tú a él! —gruñó ella, directa al centro de mis inseguridades.

Apreté los puños con fuerza, sintiendo el ardor detrás de los ojos.

—¡Ya basta, mamá! —exploté, sin darle la cara—. Estoy harto de que me lo recuerdes a cada rato… ¿Crees que no lo sé? ¿Que no lo siento cada maldito día? Que lo repitas no hará que deje de ser su amigo —dije con un nudo en la garganta que no pensaba dejar salir.

"¿Dónde carajo se fue mi familia? ¿Mi madre comprensiva, la que decía que me aceptaría como fuera? ¿Dónde se fue esa promesa?" pensé, con la amargura latiéndome en el pecho.

—Me largo de aquí. No me esperen despiertos —dije, tajante, y salí de la casa azotando la puerta.

Desde mi transformación, todo se había ido al carajo. Lo sentía, lo vivía, lo respiraba. Mi madre era la primera en decir que no quería verme herido, pero era la que más me lastimaba, clavando palabras como si fueran agujas, una tras otra, cada vez que abría la boca.

Caminé a paso rápido por el sendero que llevaba a la casa de Anghelo. Cada pisada intentaba soltar el enojo, el dolor, el vacío. Respiré hondo, tratando de calmarme. Él… él podía leerme como un libro abierto. No podía llegar así, con los ojos ardiendo y el pecho cerrado. Teníamos una conexión fuerte, más que antes. No sabía si él lo notaba igual, pero para mí era inevitable.

Me detuve unos segundos. Inhalé profundamente, hasta que el aire fresco del bosque logró enfriar un poco mis pensamientos. Luego seguí, más tranquilo, y toqué la puerta de la casa.

Anghelo fue quien la abrió. Apenas me vio, sonrió con esa ternura tan suya que me desarmaba. Kimmy corrió a mí como un torbellino y me abrazó con fuerza, y ahí, en ese momento, el mundo dejó de doler tanto.

Me dejé envolver por la calidez de ese hogar, por la calidez de ellos. Light también estaba allí, ayudando con los preparativos de la fiesta de sucesión, y por un momento todo parecía estar bien.

Sin embargo, algo me hacía ruido. El Consejo seguía ignorando el tema de Multiple Star. Era extraño… demasiado.

Y aunque el padre de Anghelo había sido claro sobre algunas cosas, no había dicho nada al respecto de eso. No había mencionado una palabra, y eso me provocaba un cosquilleo incómodo en la nuca.

Yo sabía —en lo más profundo de mi pecho— que algo más estaba ocurriendo. Algo grande. Algo que no nos estaban contando.

Y estaba mi lobo.

Casi nadie lo había visto. Solo Anghelo… y el alpha de la manada. Y cuando lo vio, su rostro cambió. Me pidió, con seriedad, que lo ocultara. Que nadie lo viera. No dio explicaciones. Solo esa petición, firme. Confusa. Casi urgente.

Una orden. Cuando a mí, el Alpha, jamás me daba órdenes...

Accedí. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Desde entonces, espero respuestas. Y aunque trato de no temer, la incertidumbre pesa.

Solo me consuela saber que, pase lo que pase, todavía tengo a Anghelo. Y mientras él esté a mi lado… tal vez todo valga la pena.




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