"Y si acaso piensas no volver, recuerda siempre que yo te adore"
—No lo creo… —le dije a mi padre.
Mi voz salió más baja de lo que esperaba, como si el peso de sus palabras me hubiera golpeado el pecho y me dejara sin aire. Él había estado actuando extraño desde hacía ya un tiempo. No dormía bien, salía sin avisar, y cada vez que intentaba hablar con él, cambiaba de tema o se encerraba en su despacho por horas. Y ahora, después de tantos intentos por saber qué ocurría, al fin me decía lo que lo tenía tan agobiado.
Pero no me lo creía. No quería hacerlo.
—No quería meterte en esto, sabiendo cómo reaccionarías —dijo él, con el rostro serio, mirando el suelo rojizo de su despacho como si allí estuviera la respuesta a todos sus problemas. Estaba apoyado en su escritorio, sus hombros ligeramente encorvados, como si el peso de la decisión le estuviera desgastando lentamente.
—¿Cómo me has mantenido esto oculto? —me quejé con un tono molesto, sintiendo cómo el calor subía a mi rostro—. ¡Y más sabiendo que se trata de Nail! —gruñí, incapaz de contener el enojo que hervía en mi pecho.
Nail.
Ese nombre bastaba para que todo en mi interior se alterara. No sabía exactamente desde cuándo, pero últimamente mi mundo parecía girar con más intensidad cada vez que estaba cerca de él.
—Por eso mismo —respondió mi padre, alzando la mirada hacia mí. Sus ojos estaban cansados, pero no por falta de sueño. Era miedo. Precaución. Culpabilidad, tal vez—. Estamos hablando de cosas prohibidas por el concejo, calificados como mitos dentro de nuestra raza. ¿Sabes lo que harán si se enteran? Más aún si descubren que eso es lo que están buscando quienes están invadiendo manadas para ganar territorios —exclamó con un tono grave, como si la sola mención pudiera invocar el caos.
—Si esos bastardos se enteran de que el Yin está despierto… —murmuré, llevándome las manos a la cara con desesperación. Sentí el sudor frío en la frente, el nudo en la garganta, la confusión repentina. ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué Nail? ¿Por qué yo?
La puerta del despacho se abrió con un leve chirrido.
—Hermano… —dijo Kimmy, asomándose con la mirada curiosa.
—No entres de esa manera al despacho, hija. No es la primera vez que te lo digo —se quejó mi padre, tratando de recomponerse. Sus palabras sonaron mecánicas, distraídas, como si no supiera bien en qué plano de la realidad estaba parado.
—Lo siento, papi, pero Nail ya está aquí… —dijo ella, algo agitada—. Creí que eso era importante, por eso entré —se disculpó.
Mi corazón se detuvo un segundo al oír su nombre. Sentí una punzada extraña en el pecho, una mezcla entre anticipación y nerviosismo.
—Bueno… —murmuró mi padre, luego me miró con una seriedad que calaba hasta los huesos—. Más te vale no decir nada de lo que te conté —amenazó, su voz cargada de advertencia.
—A nadie —dije rodando los ojos, pero en realidad no tenía ninguna intención de romper ese silencio. No porque le tuviera miedo a él… sino porque no sabría cómo explicarlo. No sabría cómo explicarle a Nail lo que sentía, ni por qué temía perderlo si lo hacía.
—¿Le digo a Nail que se vaya? —preguntó Kimmy, algo confundida, señalando hacia afuera.
—No —repliqué con rapidez, casi con desesperación. Mi padre me miró, visiblemente extrañado.
—Faltan tres días para la sucesión. Necesitamos terminar de coordinar todo —me justifiqué, aunque mi voz tembló un poco al decirlo.
—Ajá… —dijo él, claramente sin creerme. Pero no insistió—. Ve con él ahora.
Asentí.
—Kimmy, ¿sabes si está Light? —le preguntó.
—Salió con mamá a comprar algunas cosas, con una de las sirvientas —respondió ella.
Mi padre asintió lentamente.
—Cuando regrese, dile que venga aquí.
—Claro, papi —dijo ella, sonriendo un poco. Me miró de reojo antes de girarse hacia mí—. Nail está en tu cuarto. Le dije que te esperara ahí —añadió, encogiéndose de hombros como si no fuera nada.
—Claro, enana. Gracias —le sonreí apenas, y caminé hacia la puerta. Pero justo antes de salir, me detuve. Sentí el impulso incontrolable de hablar.
—No me ocultes las cosas… —dije serio, mirándolo una última vez antes de cerrar la puerta tras de mí.
Caminé por el pasillo con pasos firmes, pero por dentro… me sentía como un desastre. Mi estómago se encogía, mis pensamientos se enredaban y todo mi cuerpo vibraba con una energía extraña, como si algo dentro de mí se preparara para estallar.
Últimamente tenía unas ganas inmensas de estar junto a Nail, pero no sabía por qué. O no quería admitirlo.
Era más que costumbre. Más que amistad. Más que simple cercanía. Cuando lo veía, mi mente se silenciaba por un instante… pero mi cuerpo hablaba. Se tensaba, se inquietaba, se perdía.
Llegué a mi cuarto. La puerta estaba entreabierta, como siempre que él entraba. Y ahí estaba: acostado boca abajo en mi cama, con la cara hundida en la almohada como si quisiera desaparecer en ella. Su cuerpo estaba tenso, rígido. No tenía que mirarlo a los ojos para saber que algo lo molestaba.
Rasqué mi nuca, nervioso. Otra vez. Sin razón aparente.
"¿Qué es lo que me pasa?" me quejé por enésima vez. No tenía sentido. Las sensaciones pequeñas, casi insignificantes que solía tener cuando Nail estaba cerca… ahora eran imposibles de ignorar. Se hacían más latentes, más intensas, más confusas.
Una palabra suya podía alegrarme el día. Una mirada distante suya podía arruinarlo todo. Y eso me desconcertaba. Me hacía sentir… vulnerable.
Y tal vez, aunque no quería admitirlo en voz alta… me hacía tener miedo.
Miedo de lo que podía significar.
Miedo de lo que estaba empezando a sentir.
Miedo de que él, Nail… ya no fuera solo "mi mejor amigo".
—Deja de verme así —dijo la voz de Kriss, haciéndome dar un respingo involuntario.
Giró apenas el rostro y me clavó la mirada con esos ojos completamente grises, como nubes de tormenta sin una pizca de aquel cálido café que solían tener cuando Nail estaba presente. Esa simple mirada me congeló, me desarmó. No sabía cómo reaccionar ante él.
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Editado: 15.07.2026