Un Inesperado Mate

54 - Anghelo Rachman

Era como si mi corazón y mi cabeza quisieran ir en direcciones contrarias. No podía, no debía sentir nada por él. Era absurdo, impensable... pero ahí estaba yo, deseando entender lo que su presencia provocaba en mí.

—Sé a lo que te refieres. Está dormido... —respondió Kriss, suspirando pesadamente mientras se sentaba en la cama con una expresión cansada, aunque sus palabras dijeran lo contrario.

—¿Sus padres siguen peleando? —pregunté, viéndolo de reojo, sin atreverme a sostenerle la mirada directamente.

—Está destruyendo todo sin siquiera haber despertado —se quejó entre dientes, como si fuera algo evidente, algo inevitable. Lo observé con el ceño fruncido, intentando entenderlo.

—¿De qué hablas? —le pregunté suavemente. Él solo negó con la cabeza, como si fuera algo que no debía explicarme.

—Yo les ayudaré en lo que sea que les falte. Dejaré que él descanse —dijo con determinación mientras se levantaba de la cama.

—¿Tú no estás cansado? —pregunté, sabiendo que quizá era una pregunta tonta, pero genuina.

—Literalmente no hago nada —respondió con total naturalidad, encogiéndose de hombros—. No me transformo, no hablo mucho con él. No tendría por qué estarlo. Será divertido hacer algo útil al fin...

Y ahí estaba él, frente a mí, intimidante pero no en un modo amenazante. No era de esos que te hacían querer esconderte bajo la tierra; era más bien como una fuerza que podía desarmarte sin tocarte siquiera, como si con su sola presencia pudiera borrarte, dejarte vacío. Y, sin embargo, no quería huir. Al contrario. Había algo profundamente extraño en cómo me sentía. Un miedo curioso. Un calor en el pecho.

Estaba erguido, con las manos dentro de los bolsillos de su pantalón deportivo gris y una camisa sin mangas negra que revelaba los contornos de un cuerpo que, aunque técnicamente era el de Nail, se sentía ajeno... diferente. Era como ver una versión completamente opuesta de alguien que conocías.

—¿Qué tanto piensas, gatito? —dijo acercándose peligrosamente a mí, su rostro a escasos centímetros del mío. Sentí cómo mi respiración se detenía por un segundo antes de apartarme bruscamente, mi rostro ardiendo.

—Na-nada —musité sin atreverme a verlo. Maldije internamente haber tartamudeado.

Él rió suavemente, una risa baja que me hizo encogerme aún más por dentro.

—Está bien —dijo como si nada, encogiéndose de hombros—. ¿Qué es lo que hace él en la planeación de todo esto?

Intenté concentrarme en la conversación. Sus ojos, su voz, su cercanía... todo me distraía, como un hechizo.

—Hoy no haríamos nada, la verdad. Quería que descansara, lo he visto bastante agotado... pero podemos ver películas si quieres. Más tarde veo lo que falta con mi mamá —respondí.

Kriss asintió.

—Si no te molesta —dijo, sin mirarme. Su atención estaba puesta en la ventana de mi cuarto, como si el mundo exterior le importara más que yo.

—No lo hace... —respondí con firmeza. No quería que pensara que su presencia me era incómoda, aunque por dentro estuviera hecha un lío. Sonrió ladino y asintió.

—Entonces tráere algo para comer mientras vemos la película. Allá están los CD si quieres ver los de ellos, o también está Netflix en la tele... busca algo para que veamos juntos —le sugerí, buscando sonar más relajado de lo que me sentía.

Él me miró de nuevo, y esta vez sus ojos grises se volvieron completamente blancos por un instante. Un destello fugaz que me dejó clavado en el lugar, como si no pudiera mirar otra cosa.

Asintió. Yo tomé eso como mi señal para salir del cuarto y escapé tan rápido como pude.

Ya en el pasillo, solté el aire que había estado conteniendo. Mi corazón latía como una mula sin mecate, desbocado, alborotado, completamente fuera de control.

¿Qué carajos me pasaba? ¿Estaba padeciendo un infarto y no lo sabía? ¿Iba a desmayarme? ¿Mi corazón estaba enfermo?

No tenía ni puta idea, pero fuera lo que fuera, no me gustaba. O tal vez sí... y eso lo volvía peor.

Me detuve un momento apoyándome en la pared, intentando calmarme. Inspiré profundamente, varias veces, hasta que la angustia en mi pecho disminuyó lo suficiente para que pudiera moverme.

Con pasos lentos y aún un tanto temblorosos, me dirigí hacia la cocina para preparar algo. Chucherías, lo que fuera. Necesitaba ocupar mis manos, distraer mi cabeza. Porque lo que sentía... no era normal.

Y si lo era, no estaba listo para aceptarlo todavía.




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