Un Inesperado Mate

57 - Anghelo Rachman

"Si tu vas, yo voy a saltar
Sólo confía que yo voy detrás de ti, me quedaré...

Alejate, es mentira mejor quedate. Yo me veo contigo, no puede ser que seamos sólo amigos"

Suspiré con fuerza, rodando los ojos con hastío mientras me encontraba recostado en la cama, envuelto en la oscuridad de mi cuarto. Afuera, en la sala, el estruendo de la música invadía toda la casa. El eco de un “¡Feliz cumpleaños!” se colaba por debajo de la puerta con un ritmo demasiado alegre para la manera en la que me sentía.

Tenía sueño. Un sueño pesado, malhumorado, de esos que solo llegan cuando has pasado la noche sin pegar un ojo por andar buscando respuestas. Llevaba más de doce horas investigando todo lo relacionado con los lobos yin y yang, intentando entender en qué mierda me había metido. Y justo cuando por fin había logrado dormir unas miserables dos horas, mis padres decidieron que era buena idea celebrarme el cumpleaños a todo volumen.

Genial.

La puerta de mi habitación se abrió de golpe, sin siquiera tocar. Mi madre entró con una sonrisa resplandeciente, sosteniendo un pastel de chocolate cubierto de fresas —mi favorito, claro— como si eso fuera a curar mis ojeras o a borrar las miles de preguntas que me carcomían el alma. Detrás de ella venían mi padre y Kimmy, mi hermana menor, los tres cantando a todo pulmón, la canción retumbando en las paredes como un eco burlón.

Solté un gruñido bajo y apreté la almohada contra mi cabeza con fuerza, deseando desaparecer. ¿Dónde carajos se escondía uno cuando solo quería dormir un rato y fingir que no estaba cumpliendo años ni cargando con el peso de un lobo que aún no comprendía?

—Vamos, hijo, arriba —dijo mi padre con ese entusiasmo que parecía tan fuera de lugar.

—¡Vamos, hermano! ¡Feliz cumpleaños! Hoy verás a tu lobo, ¡levántate, hay que celebrar! —chilló Kimmy trepándose a mi cama y saltando como si no tuviera un solo problema en el mundo.

Me quité la almohada de la cara, resignado. Dormir ya no era una opción. Me senté en la cama mientras mis padres me miraban con esa sonrisa inocente de "no hemos hecho nada malo", aunque claramente eran los culpables de mi despertar forzado.

Los miré mal, sin poder ocultar la molestia. Kimmy no pareció notarlo y se lanzó sobre mí, colgándose de mi cuello en un abrazo demasiado efusivo.

—Me ahorcas, enana —me quejé con voz ronca, pero sin evitar que se me escapara una sonrisa cansada.

—Feliz cumpleaños, hijo —dijo mi madre con dulzura, acercándose aún con el pastel entre las manos. Su voz era suave, cálida… demasiado cálida para el frío con el que desperté hoy. La miré y le devolví una pequeña sonrisa. Ellos no tenían la culpa de nada. No tenían la menor idea de lo que se avecinaba.

—Gracias, mamá —respondí bajito, mientras acomodaba a Kimmy en mi regazo con cuidado.

—Hoy será tu transformación… —añadió mi padre con emoción contenida, como si eso lo llenara de orgullo.

—Yei… —murmuré sarcástico, forzando una sonrisa hueca. Él me miró mal. Yo simplemente rodé los ojos.

—¿Irás al Instituto? —preguntó, como si no supiera la respuesta.

Asentí en silencio.

—Entonces ten cuidado, y te quiero aquí antes de las cuatro. En la noche es la fiesta —indicó como si todo eso me importara.

—Como si no lo supiera —me quejé con fastidio. Le di un beso en la cabeza a Kimmy y la bajé suavemente de mi cama. Me levanté sin muchas ganas, arrastrando los pies hasta el pastel. Soplé las velas sin pedir deseos, ¿para qué? ¿Para que el yin y el yang mágicamente no existieran? Metí el dedo en el betún, lo llevé a mi boca y lo chupé con desgano.

—Voy a arreglarme. Déjenme solo —pedí sin sacar el dedo de mi boca.

Mi madre frunció el ceño, pero no insistió. Salió de la habitación, seguida por mi padre.

—Te espero abajo, hermano —dijo Kimmy alegre, saltando de la cama con una energía que no lograba entender y cerrando la puerta detrás de ella.

Y por fin, silencio.

Me metí al baño arrastrando los pies. Encendí la luz y me miré en el espejo. Mi reflejo me devolvió la mirada con cansancio. No tenía ganas de nada hoy. Toda esa emoción que me rodeaba hace unos meses cuando pensaba en “el día de mi transformación” se había ido al carajo. Toda ilusión se había esfumado con el caos que estaba destrozando mi vida.

Sabía que algo se avecinaba. Algo más grande que yo, más oscuro. Algo que no podía evitar, ni controlar.

Y sinceramente, no sabía si quería enfrentarlo.

(...)

—Listo —anuncié bajando las escaleras con mi mochila colgada del hombro izquierdo. La tela rozaba mi espalda con ese sonido suave que siempre me hacía pensar que algo me perseguía. Me sentía un poco más despierto, pero aún arrastraba el peso del insomnio en los párpados. Me dolía la cabeza, me escocían los ojos… pero ahí estaba, fingiendo normalidad, como si nada me estuviera carcomiendo por dentro.

Había elegido mi ropa sin pensar demasiado: un jeans negro que me abrazaba bien las piernas, cómodo, seguro. La camisa azul de botones estaba ligeramente arrugada, pero no me importó. Solo quería verme… decente. Completo. Aunque por dentro me sintiera como un rompecabezas con varias piezas perdidas. Los tenis negros estaban un poco sucios, la suela gastada de tanto caminar sin rumbo en los últimos días. Pero lo que nunca olvidaba —ni siquiera por un segundo— era mi pulsera del yin. La llevaba en la muñeca izquierda como un recordatorio constante. De quién era. De quién no quería ser. De lo que estaba por venir.

Al llegar a la cocina, el olor a desayuno casero me golpeó suave, como una caricia en medio de la tormenta. Pan tostado, café y algo dulce… pastel. Mi madre seguía sin guardar el pastel. Kimmy estaba sentada en la mesa, comiendo cereal y jugando con la cuchara, feliz, como si el mundo no estuviera a punto de desmoronarse.

Me acerqué a la mesa sin decir mucho, tomé una manzana del frutero y, sin pensarlo, me incliné para besar la mejilla de mi madre. Ella me sonrió con esa calidez que siempre me hacía doler el pecho. Esa sonrisa que parecía decir “todo estará bien” aunque ambos supiéramos que no era cierto. Luego besé también la mejilla de Kimmy, que se giró hacia mí con ojos brillantes y una risita entre dientes.




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