—Me voy —solté con voz firme, aunque por dentro solo sentía ganas de golpear la mesa o gritar. Pero no lo hice. Solo me mantuve de pie frente a mis padres, que estaban sentados, silenciosos, inmóviles, como si no existiera, como si fuera una sombra más en la sala. Sus rostros serios, impasibles, ni siquiera me miraron. No hubo un “cuídate”, un “nos vemos”, ni siquiera un maldito “adiós”.
Suspiré con frustración, conteniendo el nudo en mi garganta, y me coloqué la gorra de mi equipo favorito. Ese pedazo de tela se había vuelto una especie de escudo para mí, una forma de esconderme, de fingir que nada me afectaba. De fingir que no dolía.
—No me esperen esta noche, estaré con Anghelo —agregué sin emoción, como si estuviera hablándole a las paredes, que al menos no fingían escucharme. No esperaba una respuesta, y no la obtuve. Así que di media vuelta, abrí la puerta y salí de esa casa que me sofocaba más que cualquier cárcel.
Una vez en la calle, respiré hondo. El aire era frío, seco, y me ayudó a calmar un poco la presión en el pecho. Estaba harto. Harto del silencio, de la indiferencia, de sentir que sobraba. Mis pasos resonaban con fuerza en la acera mientras caminaba en dirección al Instituto. No tenía prisa, pero tampoco quería quedarme quieto. Si me detenía, probablemente empezaría a pensar, y eso era lo último que quería. Mi mente estaba en blanco, pero no por paz… sino por saturación. Todo era ruido y vacío al mismo tiempo. Como cuando gritas bajo el agua.
Iba con la mirada fija en el suelo, perdiéndome entre las grietas de la acera, cuando una voz conocida me sacó del trance.
—¡Nail! —exclamó Anghelo con una alegría tan desbordante que me sobresaltó un poco. Sentí su brazo rodear mi cuello de golpe, como si no pasara nada en el mundo. Como si fuera un día normal. Como si no estuviéramos tan jodidos como realmente estábamos.
—¿Qué tal? —preguntó con una sonrisa algo apagada. Le respondí con otra media sonrisa, de esas que no llegan a los ojos, de las que usas cuando no quieres romperte del todo.
—Feliz cumpleaños, amigo —le dije, dándole una pequeña palmada en la espalda. Él hizo una mueca rara, entre cansancio y resignación, que me hizo soltar una leve risa. Asintió como si aceptara su destino sin ganas de celebrarlo.
Entonces, sin decir más, desaté la pequeña bolsa que llevaba amarrada a mi mochila. Había estado ahí desde ayer en la noche. Era un regalo sencillo, pero hecho con intención, con aprecio. Se lo tendí con un leve movimiento.
—No lo abras hasta esta noche —le advertí con tono serio, aunque suave—. Solo te lo doy ahora porque… no voy a ir a casa después.
Anghelo me miró un segundo más de lo normal, como si leyera entre líneas todo lo que no estaba diciendo. Luego sonrió de forma amplia, genuina, como si eso bastara para sostenerme aunque fuera un poco.
—Claro que sí —respondió con emoción, guardando el regalo con cuidado. Luego se quedó en silencio unos segundos, como si algo le diera vueltas en la cabeza.
—Oye, Nail… ¿qué tal una transformación? —preguntó de pronto, bajando la voz—. ¿Duele?
Reí con un dejo de burla y resignación. Lo miré de reojo y asentí sin dudarlo.
—Como la mierda —le aseguré con sinceridad. Él soltó una risa nerviosa, medio temblorosa, y bajó la mirada un segundo.
—Cuando me veas salir corriendo como si me siguiera la momia, me sigues, ¿sí? No dejes que me vaya solo… —me pidió con una sinceridad tan cruda que dolía. No era una broma, no era un chiste… era miedo. Real.
Lo miré con seriedad, más allá de las bromas, y asentí con firmeza.
—Claro —le aseguré con un leve apretón en el hombro—. No te dejaré solo.
Y lo decía en serio. Aunque el mundo se cayera a pedazos, aunque la noche fuera oscura y se volviera monstruo, yo iba a correr detrás de él. Porque eso hacíamos. Porque no importaba cuán jodida fuera la vida, no nos dejábamos atrás.
(...)
—¡Deja de estar jodiendo! —bufó José, deteniendo el paso de golpe y empujando a Kevin con fuerza por el pecho.
Su tono era seco, cargado de una molestia que ya no intentaba disimular. Sus cejas fruncidas, los labios apretados en una línea tensa… era evidente que estaba perdiendo la paciencia. Pero Kevin solo se rio por lo bajo, como si disfrutara cada reacción que lograba arrancarle.
—¿Qué? Solo estoy caminando a tu lado —dijo Kevin con esa voz descarada, bajita, que usaba cuando quería fastidiar. Levantó las manos como si fuera inocente, aunque la sonrisa en su rostro lo delataba.
José se giró del todo, apuntándole con el dedo.
—Me vuelves a tocar y te quiebro la mano, Kevin. Te lo juro por lo que quieras.
—¿Y si quiero que me la quiebres? —soltó Kevin de inmediato, sin pensarlo. Y ahí fue donde todo se quedó en silencio.
Peter, que caminaba unos pasos detrás de ellos, no aguantó. Se atragantó con su propia risa, soltando una carcajada tan escandalosa que hizo voltear a varios que iban por el pasillo.
—¡¿Qué carajos fue eso, Kevin?! —dijo entre carcajadas, doblándose por la mitad, llevándose una mano al estómago—. ¡¿"Y si quiero que me la quiebres"?! ¡Dios, eso sonó tan mal y tan bien al mismo tiempo!
José se quedó quieto. Muy quieto. Sus orejas se pusieron rojas primero, y luego el color se le extendió por el cuello y hasta las mejillas. No sabía si estaba furioso o simplemente avergonzado, pero el chico parecía a punto de explotar.
—¡Peter, cállate! —gritó mientras le lanzaba una mirada asesina.
Yo, que los observaba desde mi lugar apoyado contra la pared, solo levanté una ceja y mordí mi manzana otra vez. La escena era digna de una serie de adolescentes con demasiadas hormonas y poca autoconciencia. Aunque, si lo pensaba bien, eso era básicamente lo que éramos todos.
—No es gracioso —masculló José entre dientes.
—Claro que lo es —le respondió Kevin, acercándose un poco más con esa sonrisa ladeada, encantadora y maliciosa a partes iguales—. Admitelo, te gusta que te moleste.
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Editado: 15.07.2026