Un Inesperado Mate

59 - Anghelo Rachman

Negué con la cabeza mientras observaba, una vez más, cómo Kevin y José discutían en plena aula. Ya ni siquiera era sorpresa; se estaba volviendo parte de la rutina diaria. Como el sonido de la campana o el anuncio de que la cafetería se quedó sin pan.

—¿Otra vez ustedes dos? —murmuré para mí mismo, cruzando los brazos y recargando la espalda contra la pared.

Kevin tenía esa sonrisa de siempre, esa medio burlona y medio encantadora que usaba para meterse bajo la piel de José. Y José… bueno, José ya ni siquiera intentaba ocultar el enojo. A esas alturas, sus ojos eran un vendaval. Se notaba que le molestaba, pero también se notaba que no podía dejar de responderle. Como si algo en él necesitara esa chispa que solo Kevin sabía cómo encender.

—¿Y si por una vez no se pelean? —intervino Lina desde su lugar, hojeando su cuaderno sin ni siquiera levantar la mirada—. Ya aburren con la misma escena de siempre.

Peter soltó una risa por lo bajo, aunque esta vez se contuvo más que antes. Supongo que hasta él sabía que las bromas constantes estaban rozando una línea.

Yo sólo suspiré, dejando caer la cabeza hacia atrás unos segundos.

El maestro de geometría no vino. Al parecer el director lo había llamado con urgencia para no sé qué asunto administrativo, así que teníamos la hora libre. Algunos ya habían aprovechado para salirse al pasillo o para irse a comprar algo, otros simplemente estaban acostados sobre las bancas fingiendo dormir. Nosotros, en cambio, estábamos ahí… esperando que el profesor de la siguiente clase llegara. O al menos que el tiempo pasara un poco más rápido.

El aula estaba envuelta en ese tipo de calma rara. No era silencio exactamente, sino más bien una mezcla de murmullos, hojas pasando, carcajadas lejanas y algún que otro golpe de mochila contra el suelo. Un ambiente típico de instituto cuando el reloj parece avanzar en cámara lenta.

Me senté en la esquina de una banca y saqué una lapicera, dibujando líneas sin sentido en la orilla de mi cuaderno. Cada tanto levantaba la mirada hacia Kevin y José, que ahora ya ni discutían: se miraban con rabia, pero en silencio. Como si con las palabras no bastara y estuvieran midiendo cada gesto del otro.

Suspiré otra vez, cansado de esa tensión que nunca terminaba de explotar, pero que tampoco se disipaba.

—¿Crees que algún día se van a besar y ya? —preguntó Peter de repente, como si hubiera leído mi mente.

Lo miré y solté una leve risa, negando con la cabeza.

—Si eso pasa, explota la escuela —respondí con un tono sarcástico.

Peter asintió, divertido, y volvió a su celular.

Y mientras tanto, la clase seguía sin empezar… y ellos dos, Kevin y José, seguían atrapados en ese juego de empujar y jalar, de palabras ásperas que escondían lo que realmente ninguno de los dos se atrevía a decir.

(...)

Estaba agotado. Como si algo dentro de mí se estuviera rompiendo lenta y dolorosamente desde el amanecer. La clase de herbolaria ya había empezado, y aunque la maestra parecía encantada con las exposiciones —especialmente la de Nail y José—, yo apenas podía mantenerme en pie. Mi cabeza pesaba más de lo normal, y mis pensamientos se volvían densos, como si algo oscuro se estuviera apoderando de mi cuerpo desde adentro.

El salón estaba en completo silencio, como un cementerio a plena luz del día. Todos estaban concentrados en la presentación, pero yo… yo no podía ni concentrarme en respirar.

Entonces, lo escuché.

—Te recomiendo, querido… que salgas de acá —dijo una voz, grave, suave, como un susurro que me acariciaba el oído desde dentro de mi propia mente.

Levanté la cabeza, desconcertado. Miré alrededor. Nadie me hablaba. Todos seguían mirando al frente.

—Tic… tac… tic… tac… —volvió la voz, insistente.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Mis manos comenzaron a temblar. Me incorporé de golpe, casi tropezando con la silla, lo cual hizo que todos me miraran. Mi respiración se volvió agitada. El salón giraba. Las paredes parecían moverse. Y mis huesos… mis huesos empezaban a doler.

A duras penas salí de mi lugar, tambaleándome entre los pupitres como si estuviera borracho, tratando de alcanzar la salida mientras todo en mi interior gritaba que corriera. Que saliera ya.

Apenas crucé la puerta, comencé a correr. El pasillo me pareció eterno. El dolor en mi pecho aumentaba, cada paso hacía que el mundo girara más rápido, y el aire… el aire era demasiado espeso para mis pulmones.

—¡Anghelo! —gritó Nail detrás de mí, su voz cargada de preocupación.

No me detuve. No podía hacerlo.

Crucé las puertas que daban al patio del instituto. El cielo estaba cubierto por nubes gruesas, grises, que anunciaban lluvia. La luz del día era tenue, como si el sol se hubiera escondido por miedo a lo que estaba a punto de ocurrir.

Llegué al campo, pero mis piernas no aguantaron más. Se doblaron sin aviso y caí de frente, con las manos hundiéndose en la tierra húmeda. Temblaba. Mis huesos crujieron, una vez, dos veces… cientos de veces. Como si alguien me estuviera rompiendo desde adentro con martillazos. El dolor era tan intenso que apenas podía respirar.

Un grito desgarrador salió de mi garganta. No parecía humano. Rasposo, animal. Me arrastré por la tierra, alejándome de la entrada del campo como si pudiera huir de mí mismo. Mis uñas se enterraban en el suelo, mis dedos temblaban, y entonces… sucedió.

Mi espalda se arqueó violentamente, haciendo un chasquido que me hizo ver blanco. Mis costillas se quebraron y volvieron a acomodarse con un sonido nauseabundo. Sentí como mi columna se alargaba, como mis piernas se retorcían en nuevas formas. Mi mandíbula se partió, se alargó, mi boca se abrió sola mientras mis dientes se afilaban como cuchillas.

El pelaje empezó a cubrir mi piel rasgada, un tono gris oscuro que se mezclaba con la tierra. Mis brazos se hincharon, se ensancharon, y mis dedos dejaron de serlo: ahora eran garras.




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