Un Inesperado Mate

60 - Anghelo Rachman

Abrí los ojos.

Todo lucía diferente. El campo, el cielo gris, la hierba moviéndose con el viento suave… Era como ver el mundo por primera vez. Me puse en pie sobre mis patas —porque ya no tenía piernas— y miré mis garras, mi pelaje. Sentía una fuerza primitiva recorriéndome. Era yo, pero no era el mismo.

Era un lobo.

—Hola, ¿qué tal? Mi nombre es Yangdi… un gusto —dijo una voz grave, profunda, con un ronroneo casi juguetón que vibró en mi mente.

Sabía que era él. Mi lobo.

Parpadeé un par de veces antes de mirar mi cuerpo. Estaba cubierto por completo de un pelaje gris claro, con mechones negros que se enredaban en mi espalda, flancos y cuello como si fueran sombras caminando sobre mi piel. Mi pata delantera derecha era completamente blanca, como si la luna hubiera marcado ese fragmento de mí desde antes de nacer.

Estaba aturdido. Respiré profundo.

Una mezcla deliciosa de flores frescas, tierra mojada y chocolate caliente me invadió de pronto, atravesando mis sentidos con una intensidad imposible de ignorar. Mis fosas nasales se dilataron y mi cabeza se giró sola, como si ya supiera lo que encontraría.

Allí estaba Nail.

De pie en la entrada de la cancha de fútbol, con los ojos clavados en mí. Su expresión era una mezcla entre asombro, desconcierto y… ¿miedo? Apenas nuestros ojos se cruzaron, él dio un paso hacia atrás, y luego otro, y en un pestañeo se dio la vuelta y corrió de regreso al interior del Instituto. Como si hubiera visto un monstruo.

O algo peor.

Un gruñido suave, casi ronco, salió desde mi pecho. No era mío. Era de él.

—Qué rico huele mi mate… —ronroneó Yangdi con un tono lleno de deseo contenido.

Mis músculos se tensaron. El impacto de esas palabras me sacudió como una ola helada. No estaba preparado. ¡No podía ser!

La sorpresa fue tanta que mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensarlo: la transformación se deshizo de golpe, con violencia, como si me arrancaran el lobo de adentro. Caí de rodillas sobre la tierra húmeda, jadeando, tosiendo con fuerza mientras mis pulmones se reacomodaban y mi garganta quemaba por el cambio tan abrupto.

Estaba completamente desnudo, cubierto de barro y hojas.

—¿Puedes ir tras él o tengo que hacerlo todo yo? —refunfuñó Yangdi, molesto.

Me arrastré por el suelo, intentando recuperar el equilibrio. Mis piernas temblaban, pero logré levantarme como pude. Tenía que entrar. Tenía que vestirme. Tenía que encontrarlo.

Pero sobre todo… tenía que entender.

"Nail no puede ser mi mate", pensé, tambaleándome mientras cruzaba el campo con dificultad. "No puede. Tiene que ser un error."

—Tu amor… es amor de muerte —susurró Yangdi con una voz áspera, casi un lamento, resonando en mi mente como un eco oscuro.

Sentí que sus palabras caían sobre mí como un frío hielo que se esparcía por mi pecho, apretando mi corazón hasta hacerlo doler. No era solo una advertencia; era una sentencia.

—¿Amor de muerte? —pregunté, sin entender del todo, pero con el peso de cada palabra clavándose en mi alma.

—Sí —respondió él, con un tono grave, lleno de una tristeza profunda—. Porque tú amas con todo lo que eres, sin miedo, sin reservas. Pero ese amor tuyo, tan fuerte, es una llama que quema todo a su paso. No solo ilumina, también consume. Y a veces, amar así significa perderlo todo.

Su voz bajó a un susurro apenas audible, como si confesara un secreto que había guardado por siglos.

—Cuando amas con tanta intensidad, corres el riesgo de que te arrastre a la muerte —dijo—. No siempre la muerte literal, sino la de lo que más quieres: la confianza, la paz, la seguridad. Ese amor puede ser tu salvación o tu condena.

Sentí un nudo en la garganta y un frío recorrer mi espalda.

—¿Por qué me dices esto? —pregunté con un hilo de voz, temiendo la respuesta.

—Porque te conozco —respondió Yangdi—. Sé que amarás a Nail hasta el final, y que harás lo imposible por protegerlo. Pero también sé que ese amor puede destruirlos a los dos si no tienes cuidado. Él no es como tú; no puede seguirte en esa intensidad sin romperse.

Suspiré, sintiendo cómo su advertencia se transformaba en una pesada sombra sobre mis decisiones.

—Si haces que me rechace, te arrepentirás —añadió, con un tono más severo.

Al llegar al baño del bloque vacío, encontré algo de ropa en la taquilla donde siempre dejaba un cambio. Me vestí a toda prisa, aunque mis manos aún temblaban. Y entonces, de la nada, un ardor quemante me atravesó el cuello. Gemí, llevándome una mano a la zona como si alguien me hubiera marcado con fuego.

El ardor desapareció tan rápido como llegó, dejándome sin aliento.

Terminé de vestirme, mirando mi reflejo en el espejo agrietado. Mis ojos ya no eran los mismos. En el fondo, brillaban con un dorado opaco, y en ellos se escondía algo más salvaje, algo que reconocía muy bien…

Deseo. Dolor. Necesidad.

Y sobre todo… miedo. Miedo de que Nail fuera mi destino, y de no estar listo para enfrentarlo.




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