Un Inesperado Mate

61 - Nail Kingahan

—¿Anghelo, mi mate? —me pregunté una vez más, sin poder creer del todo lo que mis propios pensamientos decían. El día estaba nublado, el cielo gris pesaba sobre el instituto, haciendo que el aire se sintiera frío y denso, como si hasta el clima entendiera mi confusión. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que me iba a estallar el pecho, martillando con un ritmo frenético que me descolocaba por completo. A pesar de todo, una sonrisa boba, casi ingenua, se dibujaba en mi rostro, como si ese pensamiento me regalara un instante de esperanza en medio de aquella tormenta interna.

—Ya irás con mi Yangdi, por favor —interrumpió Kriss con fastidio, su voz áspera sacándome de mi ensimismamiento.

—¿Quién es Yangdi? —pregunté, sin entender lo que él intentaba decirme.

—Mi pareja, imbécil —respondió Kriss con mala gana—. Y por cierto, mi verdadero nombre es Yingdi —agregó, pronunciándolo con desdén, como si el nombre fuera un peso.

Intenté protestar, pero un ardor súbito e intenso me quemó el cuello, como si una llama invisible se hubiera encendido bajo mi piel. Un gruñido escapó de mi garganta, y me llevé una mano al cuello, intentando calmar aquella quemazón que parecía extenderse por mi cuerpo.

De repente, escuché la voz de Nail llamándome, y vi cómo se acercaba rápido, más rápido de lo que esperaba. Estaba bastante alejado del instituto, en un rincón apartado donde podía pensar con algo más de claridad. En sus labios había una pequeña sonrisa, un destello de emoción que me hizo sentir algo extraño.

—E-esto no tiene sentido —murmuró con duda, viendo mi expresión—. La Diosa Luna seguro se ha equivocado… —dijo mientras pasaba las manos por su cabeza, visiblemente confundido.

La sonrisa que había iluminado mi rostro se desvaneció de golpe. No entendía por qué me había dejado llevar por aquella emoción, como si mi amor de la infancia pudiera corresponderme tan fácilmente. Bajé la mirada, apretando los puños con frustración mientras escuchaba sus palabras, que me dolían más que cualquier herida física.

—Eres un imbécil —le dije con voz amarga, dándole la espalda y girando sobre mí mismo para alejarme—. Toda la ilusión que sentí porque era mi mate se esfumó en menos de diez segundos.

Las lágrimas empezaron a acumularse en mis ojos y a caer sin control. Me alejé, queriendo encontrar un lugar donde pudiera llorar en silencio, sin que nadie me viera vulnerable.

—No quise decir eso, Nail, espera —intentó disculparse él, con voz apurada, pero yo ya estaba demasiado dolido para escucharlo.

—No tengo nada que esperar, Anghelo… Ya escuché lo que necesitaba escuchar —le respondí con amargura y me alejé corriendo, tratando de huir de aquel dolor.

Para él, era un inesperado mate; para mí, era el sueño más grande que ahora se había convertido en una pesadilla imposible de soportar.

Kriss, o Yingdi, gruñía furioso dentro de mi mente, su enojo y tristeza haciendo eco de mis propios sentimientos, revolviéndose inquieto.

Me adentré más en el campo, agradeciendo en silencio que Nail no me hubiera seguido. Pero no podía detener las lágrimas, que brotaban incontenibles. El ardor en mi cuello regresó con fuerza, como si mi piel estuviera ardiendo en fuego vivo.

En ese momento, la alarma de la manada empezó a sonar con fuerza, anunciando que lobos rogers estaban invadiendo nuestro territorio. El sonido era ensordecedor, haciendo que me doliera la cabeza y me desorientara aún más.

Mi lobo interior comenzó a perder el control. Llevé mis manos a la cabeza, apretando con fuerza, intentando calmar la tormenta que se desataba en mi mente y en mi cuerpo. Todo a mi alrededor giraba, y me sentía atrapado en un torbellino que me arrancaba el aliento.

Yingdi gruñía con fuerza, su voz resonando en mi mente y haciendo que mi garganta ardiera mientras se retorcía con violencia. Era un lamento desesperado, un llamado a la calma que no podía controlar.

—Oh, pequeño Yin, no creo que haya habido un mejor momento para que llegue. —me susurraron en el oído, una voz fría y ominosa que me heló la sangre.

No podía concentrarme en nada, solo trataba de detener el caos que me envolvía, sacudiendo la cabeza con fuerza, tratando de tranquilizarme, aunque fuera un poco, para poder ayudar a defender a la manada.

—Haremos que olvides, querido... ya nada dolerá —dijo una voz detrás de mí, suave pero amenazante.

El ardor en mi cuello era insoportable, como si una llama abrasadora estuviera consumiendo mi piel lentamente, sin piedad. Solté un grito desgarrador que rompió el silencio, sintiendo cómo aquel fuego se expandía, brotando desde mi cuello y atravesando cada rincón de mi cuerpo. Era un dolor que no solo quemaba la carne, sino que parecía consumir mi alma misma. Mi cuerpo se sacudía violentamente, moviéndose sin control, como si un torbellino interno me arrastrara sin remedio.

A mi alrededor todo comenzó a distorsionarse. De manera borrosa, noté cómo el césped debajo de mí se desvanecía en manchas negras, como si una ola lenta y silenciosa de destrucción lo secase, dejando solo sombras y vacío donde antes había vida. El mundo daba vueltas en un espiral interminable que me hacía perder el sentido de la realidad.

Entonces, como si alguien apagara un interruptor invisible, todo se detuvo. El dolor, repentinamente, desapareció. Fue como caer al vacío, envuelto en una oscuridad profunda y silenciosa. Caí, pero no supe dónde, ni cómo; solo sentí ese vacío absoluto que me absorbía, alejándome de todo.

En aquel abismo, la soledad era palpable, un eco frío que me envolvía y me hacía sentir pequeño, vulnerable. Pero, a la vez, un extraño alivio comenzó a abrirse camino en mi pecho. El fuego ya no quemaba, el caos se había detenido… y en esa quietud profunda, comencé a escuchar una voz — suave, lejana — que prometía calma. O destrucción.




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