Un Inesperado Mate

62 - Anghelo Rachman

—Yangdi me va a matar —murmuré mientras lo veía salir corriendo entre los árboles, el nudo en mi pecho apretándose con fuerza. Él era mi mejor amigo, mi confidente, pero en ese instante sentí que todo estaba a punto de romperse.

Mi mente se revolvía, intentando entender qué estaba pasando, pero no había espacio para pensar. La alarma de la manada comenzó a sonar, fuerte, estridente, como si quisiera arrancar de mí toda tranquilidad que me quedara. Un gruñido inconsciente salió de mi garganta, lleno de frustración y miedo.

Los árboles comenzaron a moverse violentamente, y de entre ellos emergieron lobos desconocidos, invadiendo nuestro territorio sin respeto alguno. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente: me transformé en Yangdi, soportando el punzante dolor que crecía en mi cuello, mientras mis sentidos se afinaban para la batalla.

Pero en el fondo, una angustia profunda me carcomía. ¿Y si Nail estaba en peligro? ¿Y si esos lobos ya lo habían atrapado? El pensamiento me golpeaba tan fuerte que casi perdía el control.

De repente, una voz burlona rompió la tensión:

—¡Oh, pero qué sorpresa! El mismísimo Yang en nuestra manada. Nadie esperaba esto, ¿verdad, alpha? —decía un hombre de cabello blanco y ojos grises, con una sonrisa que me hizo sentir frío por dentro.

No entendía a qué se refería, pero en mi mente resonaron las palabras de mi padre:

"El mate que tenga Nail tiene altas probabilidades de ser el Yang, aunque solo queda esperar a que él la encuentre..."

La idea me golpeó con fuerza, haciendo que mi corazón latiera más rápido. ¿Podía ser cierto? ¿Podía mi Yingdi —mi alma gemela, mi mate— estar en peligro, o incluso lejos de mí sin saberlo?

—Mierda —gruñí, la frustración y el temor mezclándose en un remolino dentro de mí.

Mi lobo interior reaccionó con urgencia:

—Algo le pasa a mi Yingdi —su voz estaba cargada de preocupación y miedo, su pelaje se erizaba, como si pudiera sentir el peligro que se acercaba.

El hombre de cabello blanco no tardó en burlarse de mí, señalándome y disfrutando de mi tensión. Le respondí con un gruñido que intentaba ser feroz, pero que apenas contenía el temblor que sentía.

—Señor, no encontramos a la chica —informó uno de los lobos invasores, quitándose la forma de lobo y caminando hacia el hombre.

—Déjalo, Kaizer. Ya tenemos lo que queremos —dijo el hombre, con una voz que me heló la sangre—. Nos volveremos a ver, lobito... te lo aseguro —y con eso desapareció en una humareda negra junto con la persona que tenía detrás.

Los lobos invasores se retiraron tan rápido como llegaron, dejando tras de sí un silencio tenso y pesado.

Sentí que debía encontrar a Nail, debía asegurarme de que estaba bien. Comencé a correr entre los miembros de la manada, buscando desesperadamente alguna señal de él. Pero la desesperación me jugó una mala pasada y mis patas se enredaron, haciendo que cayera de cara en la tierra.

El dolor en mi cuello volvió a intensificarse, punzante y ardiente como una llamarada que quemaba cada centímetro de mi piel. Solté un chillido de dolor que llamó la atención de varios lobos a mi alrededor, que me miraban desconcertados.

—¡HIJO! —gritó mi padre, corriendo hacia mí con el rostro lleno de preocupación.

Yo apenas podía controlar mis movimientos, rasqué desesperadamente el área que ardía, intentando arrancar ese fuego invisible que me consumía.

—Sabía que su unión era más que eso... —susurró mi padre con pesar, acercándose con cuidado.

Mientras tanto, mi lobo luchaba por mantener el control, gruñendo y chillando en mi mente, desesperado, asustado. Sentía como si mi cuerpo estuviera atrapado entre dos mundos: el dolor brutal del fuego en mi cuello y el miedo paralizante a perder a Nail, a perder a mi Yingdi.

Intenté enfocarme, intentar calmarme para no caer, para poder proteger a mi manada, pero todo daba vueltas. El mareo y el dolor me arrastraban hacia el abismo.

Entonces Light apareció a mi lado y lanzó un hechizo, y antes de que pudiera resistirme, la oscuridad me envolvió, llevándome lejos del dolor, lejos del caos, hacia un vacío silencioso y absoluto.

Mientras me deslizaba hacia la nada, mis últimos pensamientos fueron para Nail. Para mi Yingdi. Para ese amor que dolía en lo más profundo de mi ser. Y para la promesa de que, a pesar de todo, no iba a rendirme.




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