Me incorporé de golpe como si hubiese recibido una descarga eléctrica. El aire se me escapaba a trompicones, y mis pulmones parecían no recordar cómo funcionar. El corazón golpeaba mi pecho con una fuerza brutal, desesperado, como si buscara salir para ir en busca de algo… de alguien. Me pasé la mano por el rostro, húmedo por el sudor frío, mientras trataba de entender qué carajos pasaba. Todo a mi alrededor estaba envuelto en ese silencio espeso que solo deja el miedo cuando se arrastra por el alma.
Parpadeé un par de veces, tratando de enfocar. Reconocí mi habitación. El tono gris de las paredes, la estantería de madera, la chaqueta tirada sobre la silla. Todo estaba exactamente como lo recordaba… y sin embargo, todo se sentía mal.
El vacío.
Era un maldito abismo que se me clavaba en el pecho. Algo me faltaba. Alguien me faltaba.
—Nail… —pronuncié su nombre sin pensarlo, como si fuera un rezo, un susurro cargado de necesidad. Su imagen se estampó en mi mente con violencia: su cabello oscuro, sus ojos intensos, su forma de sonreír como si supiera todos mis secretos… y aún así eligiera quedarse.
Una punzada de pánico me atravesó el pecho como un cuchillo. Me arrojé de la cama sin medir el dolor que recorría mi cuerpo. Estaba vestido con una pijama que no recordaba haberme puesto. Una venda apretaba mi cuello, y al tocarla, sentí el escozor de una herida aún fresca.
Pero no importaba. No ahora.
Abrí la puerta de mi habitación con violencia y salí corriendo por el pasillo. Mis pies descalzos golpeaban el suelo sin hacer ruido, pero cada paso retumbaba en mi cabeza con la fuerza de un trueno. Bajé las escaleras como si me persiguiera la muerte, giré hacia el despacho de papá con la esperanza de encontrarlo ahí, esperando, con Nail a su lado.
Vacío.
El nudo en mi garganta se apretó tanto que sentí que me ahogaba.
Volví a correr, bajé aún más, directo a la puerta principal. La abrí de golpe. El aire de la mañana golpeó mi rostro, pero ni el frío logró despertarme del todo de esa sensación de terror constante.
—¡Sigan buscándolo! —la voz de mi padre tronó entre los árboles. Sonaba autoritario, firme. Pero yo podía detectar el matiz: estaba preocupado. Y si él estaba preocupado… entonces todo estaba mal.
—¡Papá! —grité, y él giró la cabeza. Al verme, sus ojos se abrieron con una mezcla de alivio y angustia. Corrí hacia él, y sin frenar, lo sujeté por los brazos, aferrándome como si pudiera sostenerme a través de él.
—¿Nail? ¿Dónde está? —la voz me salió quebrada, rota, desesperada. Mis manos lo zarandearon suavemente, como si eso pudiera obligarlo a darme una respuesta que mi corazón supiera aceptar.
—No lo encontramos… —su voz fue apenas un murmullo—. Los guardias lo están buscando desde que te desmayaste.
Sentí como si me arrancaran el alma. El mundo giró, pero no de forma poética, sino con vértigo, con el peso del horror cayendo sobre mí como una avalancha. ¿Desmayado? ¿Qué había pasado? ¿Por qué no lo recordaba todo con claridad?
Intenté pensar. Buscar algún indicio. Pero no había espacio para la lógica cuando el corazón gritaba de esa manera. No podía estar desaparecido. No él. No mi Nail.
De pronto, todo lo que había callado, lo que había reprimido, lo que me había negado a analizar, estalló dentro de mí. Como un eco que finalmente encontraba la voz adecuada.
Siempre había estado ahí. Siempre.
Acompañándome. Escuchándome. Entendiendo mis silencios. Lidiando con mis arranques, con mis días buenos y los días malos. Siempre.
¿Era amor?
¿Era eso lo que había sentido todo este tiempo?
¿Esos detalles tan pequeños que me parecían normales porque venían de él… habían sido lo que me hizo enamorarme?
No lo sé con exactitud. No tengo las palabras.
Pero hay una certeza clavada en mis entrañas:
Lo quiero a mi lado. Siempre. Conmigo. Como sea.
—Tiene que aparecer —dije con voz rasposa, mi lobo asomándose entre mis palabras, entre mis emociones, gruñendo con furia contenida. El pecho me ardía y aún no podía alzar la mirada—. Iré a cambiarme por algo más decente para ayudarles. Avísale al consejo —mi voz se endureció al final. Ya no era una súplica. Era una orden nacida del dolor.
Mi padre asintió y entró tras de mí. Yo subí de nuevo a mi habitación con pasos firmes. Esta vez no corría… porque sabía que si empezaba a correr otra vez, no podría parar.
Entré al baño y me detuve frente al espejo. Lo que vi me rompió un poco más. Mis ojos… estaban vacíos. Retiré la venda del cuello y observé la marca que ardía suavemente sobre mi piel.
El símbolo del yang, con una pequeña bolita negra. La mitad del símbolo. La mitad de mi alma.
Faltaba su yin.
El que me completaba.
—Voy a encontrarte… —murmuré mientras la furia, la pena, el dolor y la determinación se entremezclaban en mi voz—. Aunque tenga que quemar el mundo entero.
Me vestí con ropa negra, abrigada, lista para rastrear, para luchar si era necesario. Salí de nuevo al exterior, esta vez con la mente clara, con el corazón al rojo vivo. El aire me golpeó de nuevo, pero ahora lo sentí como un reto. Como si el universo quisiera detenerme.
No iba a dejar que lo hiciera.
Nail era parte de mí. No solo simbólicamente. No solo porque teníamos pulseras a juego, no solo porque habíamos compartido años de amistad. Era místico. Era real. Él era mi yin, y yo su yang.
Y no hay equilibrio sin ambas mitades.
Así que si para recuperarlo tenía que enfrentarme al infierno, lo haría.
Si tenía que desatar mi furia, si tenía que usar cada gota de poder en mi cuerpo, lo haría.
Porque no me importaba nada más.
Que se jodiera el mundo.
Yo lo quería a él.
Y lo había entendido demasiado tarde...
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Editado: 15.07.2026