Un jardín que nunca se marchita

Me voy, pero, te juro que mañana volveré

Era una noche estrellada de diciembre, segunda semana de ese mes, jueves 13, 1979. Un viaje entre amigos a Punta Uva, cerca de la playa ; Dagoberto, que vivía en Guadalupe; Mayté, de Plaza Víquez; Agustín, de Santísima Trinidad; y Marley, que vivía con Mayté pero había nacido en Cieneguita.

Dagoberto tenía el chevy parqueado cerca de las tiendas de campaña, le tiró las llaves a Mayté, que se fue a buscar un encendedor en la guantera mientras los otros tres conversaban sentados en un tronco hueco frente a una fogata.

Contando chiles de relaciones pasadas Dago narró la vez que anduvo con "una guila de San Pedro que era medio bruja" y cómo le había costado salir de esa relación. Mayté y Marley lo escuchaban con atención y algo de asombro. Dagoberto hizo un chasquido con los dientes, Mayté prendía el puro de mota.

—¿Está loco, mae? ¿Y ella nunca lo buscó o lo siguió molestando? —preguntó Marley.

Él explicó que no, que se habían separado en buenos términos y la muchacha acabó saliendo con alguien más poco después. Compartieron un par de risas, Agustín fue el único que no hizo preguntas o comentarios. Confirmaron que era porque no creía en nada, era demasiado escéptico para creer que la brujería funcionaba o que todas esas cosas eran reales. Mayté intentó llamar la atención de sus amigos contándoles que, el amigo de una amiga, había subido hasta el Cerro de la Muerte para pactar con un demonio que le ayudara con un problema que tenía; que el muchacho había suplicado por ayuda y, eventualmente, le habían ayudado. Todos los problemas por los cuales se había encomendado se habían resuelto, producto de un pacto con una duración fija de dos décadas.

—Una vez mi ex me contó algo así, que había que escribir los términos del pacto y lo que se pedía en un papel y que debía ir firmado con sangre.

—No creo que sea verdad; personalmente, nunca he conocido a alguien a quien le hayan servido esas carajadas, si fueran ciertas y fueran tan fiables todo el mundo las haría.

—Bueno, pero es que hay muchas cosas que uno puede perder, porque ellos cobran en algún momento —explicó Mayté.

Agustín disintió con la cabeza.

—¿Y quién es él? ¿Usted lo conoce, Mayté?

—Pues no, es un amigo de una amiga, ya le dije.

—Bueno, Agustín, ¿usted lo haría? ¿Probando que sea pura vara todo eso?—intervino Dago, Marley volvió a verlos a ambos con precaución.

—Con esas cosas no se juega —respondió Marley— porque uno nunca sabe si va a terminar llamando algo que no quiere, aunque no crea en nada.

—Yo sí, yo sí, ¿qué me importa?. Esas son yeguadas, nada de eso sirve ni es verdad, sólo para manipular gente y sacarles plata, igual que esas iglesias de garaje que están empezando a abrir en todos lados.

Agustín se metió en una de las tiendas de campaña, sacando de entre sus pertenencias un bloc de notas y un lapicero.

Los otros se volvieron a ver entre ellos cuando Agustín comenzó a escribir en el bloc, detallando la supuesta petición en una carta que decía así:

"A quien esté dispuesto a escuchar y cumplir mi solicitud. Le saludo cordialmente en condición de invocador, para ofrecer mi obediencia y reconocimiento en virtud de que se me sea cumplido un deseo de mi preferencia. Solicito que quien acepte mi demanda, se aparezca en forma humana para que el trato sea firmado una vez que yo haya decidido sobre lo que deseo. No tengo ningún temor pero si gran curiosidad por las artes oscuras de ser todas estas comprobables, además de una fuerte convicción. Ofrezco mi fe a quien sea capaz de despertarla por sobre mi escepticismo. Acepto también desligarme de todo aquello que no sea del agrado del invocado. Espero mi respuesta antes del final de este viaje, para entonces concluir si estoy en lo correcto o no. Firma deseoso de un acuerdo Agustín Vinicio Flores Solís"

Agustín se abrió una pequeña herida en el dedo índice para firmar justo debajo de su nombre con la gota de sangre que salió a través del corte.

—¿Y ahora qué hago con esto?

Todos se volvieron a ver, ninguno estaba seguro de qué hacer con ella, y francamente ni siquiera esperaban que Agustín se tomara todo eso tan en serio.

—Tiene que... entregar el pacto.

—¿Y a quién? Si no hay nadie aquí.

—Bueno —agregó Mayté— ya que sólo dejó esa solicitud abierta, ¿por qué no la entierra? Supongo que lo que sea que acepte, va a agarrarla, ¿no?

Agustín asintió con la cabeza y se levantó de nuevo para ir a enterrar la carta entre los árboles, ayudándose con una linterna.

Así pasaron dos días más y el paseo se acercaba al final. Se levantaron un domingo de madrugada para partir antes de que saliera el sol, subieron las cosas al pick up, Dagoberto, Mayté y Marley en los asientos y Agustín en el cajón, sentado sobre la hielera con la mirada perdida en la flora que dibujaba una frontera entre la ruta 36 y la línea costera.

Pasando los cacaotales cercanos a Hone Creek, Dagoberto distinguió a alguien adelante en la carretera pidiendo un ride, así que decidió bajar la velocidad.

—¿Qué hace alguien pidiendo ride a esta hora?

—¿Vendrá de Hone Creek? Parece un gringo —agregó Marley.

—Voy a orillarme y habla usted con él, Marley.

Agustín sólo notó que el auto se detenía, dio media vuelta para ver a Marley del lado del acompañante preguntándole al extraño en patuá si hablaba español y a dónde necesitaba llegar.

Era un hombre que podría tener una edad similar a la de ellos,de cabello a la altura de los hombros, ondulado y con un color que salía caramelo desde la raíz y se convertía en dorado hacia las puntas. Vestía un pantalón de mezclilla y una camisa de vestir a rayas abierta al pecho, collares de cuencas y piedras artesanales por abajo.

Tenía una voz grave pero amable, hablaba en un español neutro sin ningún acento aparente. Mencionó que no iba muy lejos, pero que estaba lo suficientemente ajustado de tiempo como para preferir no caminar. Nadie hizo preguntas a pesar de tan rara explicación; supusieron que debía ser hijo de extranjeros, tal vez de alguna familia de gringos de los que aún trabajaban para la UFCO o Chiquita. Eran las 4 de la mañana apenas y el cielo comenzaba a teñirse con un tono morado, anunciando el amanecer.




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