Un jardín que nunca se marchita

Sólo vete, Renée

Llegaron a San José en horas de la tarde. La otra mitad del camino la condujo Agustín desde Juan Viñas. Primero fueron a dejar a Mayté y Marley en Plaza Víquez; luego, se fueron hasta Santísima Trinidad. Dagoberto pasó por los libros que Agustín le tenía prometidos y, con la carga en el asiento del acompañante, se dirigió de vuelta a Guadalupe.

Agustín saludó a su familia al llegar. Sus padres estaban trabajando en la funeraria, construida como una extensión de la casa. Cruzó la recepción arrastrando las maletas por el suelo hasta alcanzar su cuarto; allí se encerró, venía muerto de la manejada después de hacerle el relevo a Dagoberto.

El sueño lo venció de inmediato. Durante más de tres horas, su mente regresó al extraño 'consultor' al que le habían ayudado con el aventón, aquel hombre que pidió bajar en medio de la nada apenas unos kilómetros después. También soñó con el pacto que dejó enterrado y con una silueta borrosa que se acercaba para desenterrarlo.

Lo despertó su papá, que llegó a tocar la puerta y a pedirle si podía ayudar a alistar uno de los cuerpos que acababan de llegar. Agustín obedeció, vistiéndose con la primera camiseta que encontró para recorrer de nuevo todo el camino desde su recámara hasta los cuartos de preparación.

Cuando llegó, su padre ya estaba trabajando en uno de los cuerpos. Eran un matrimonio, ambos accidentados de camino a una reunión familiar. Agustín no se quejaba; había aprendido el arte de la tanatoplastia contra su voluntad desde muy joven y, aunque añoraba trabajar en topografía, que era lo que estudiaba, de vez en cuando le resultaba relajante sumergirse en el silencio que suponía esta labor.

Absorto en su labor, no notó cuando su padre salió para ayudar a su madre con unos clientes que preguntaban por sus paquetes funerarios. —Que si los acabados, los tipos de madera, los arreglos florales, etcétera—Él seguía pensando en el consultor de ojos felinos; en que pudo haberle preguntado el nombre o pedirle una tarjeta de contacto para esclarecer el misterio que había armado con sus amigos.

Sacudió la cabeza para despejar sus pensamientos y retomó la tarea de maquillar a la difunta. De pronto, las luces empezaron a parpadear. Agustín levantó la vista un segundo, pensó que seguramente la vida útil de las luces se había cumplido. Salió un momento a buscar una escoba, pero al regresar, el parpadeo era aún más errático. Golpeó las luces con la punta del palo de escoba para estabilizarlas y, en ese mismo instante, la radio de la habitación contigua se encendió de golpe.

No pudo evitar sentir un escalofrío. Dejó lo que estaba haciendo y corrió a la recepción, pero sus padres y los clientes habían desaparecido; las puertas estaban cerradas y las cortinas de metal abajo. Se dirigió al cuarto donde había estado trabajando su padre para bajarle el volumen al radio después del aparente pico de electricidad que había hecho parpadear las luces.

Just walk away, Renée.

You won't see me follow you back home

The empty sidewalks on my

Block are not the same

You're not to blame

Un nuevo escalofrío lo recorrió mientras bajaba el volumen de la radio. Al darse la vuelta para retomar sus tareas, las luces fallaron otra vez. Se encontró frente a la entrada del otro cuarto y, cruzando el pasillo por lo ancho, observó con el rabillo del ojo la sombra de alguien que parecía recostarse contra la pared del fondo. El radio seguía sonando, ahora más bajo, repitiendo el estribillo nuevamente:

Just walk away, Renée.

You won't see me follow you back home

Now, as the rain beats down

Upon my weary eyes

For me, it cries

Apresuró el paso para terminar el maquillaje, pero los nervios lo traicionaron: la pastilla de polvos compactos se le resbaló de las manos. Maldijo entre dientes mientras se agachaba para recogerla. Con la esponja en mano y aún en el piso, volvió a quedarse inmóvil al ver la silueta frente al radio en el otro cuarto, subiéndole el volumen a la música.

—¿Hola?

Cuando las luces pararon de tintinear reconoció al extraño de inmediato. El “consultor”, quien vestía unos pantalones de tiro alto y corte recto a juego con un saco oscuro, calzaba botas de cuero de tacón bajo y llevaba una camisa de vestir con vuelos color crema.

—Buenas noches —le respondió con un tono animado.

Agustín casi se va de espaldas, creyendo que estaba teniendo un sueño dentro de otro. Se rascó los ojos, se mordió la lengua y balbuceó.

—Usted es Agustín, ¿o prefiere Vinicio? Me parece que esta petición de pacto está firmada por su persona, ¿correcto?

Agustín asintió sin parpadear mientras el hombre mostraba el papel donde se había escrito el “contrato” ahora mojado y sucio con tierra.

—Disculpe mi intromisión, ¡cuánto lo siento! —expresó el hombre, entrando al cuarto y extendiendo la mano hacia Agustín para ayudarlo a levantarse.

—¡Usted! Usted es…

—Ah, sí, soy yo. Ya nos habíamos visto, está usted en lo correcto. Lamentablemente no me había podido presentar como es debido. No con todos sus amigos presentes, claro está.

Agustín se levantó aceptando la ayuda del hombre, tratando de sostenerse para no volver a tambalearse por la impresión.

—Mi nombre es Buer.Gran presidente, dirigente de cincuenta legiones, maestro de la lógica, la moral y la filosofía natural; más importante, quien ha aceptado su solicitud de contrato.

Se quedaron un minuto en silencio. Agustín soltó una risa nerviosa, negando con la cabeza, viendo hacia todas partes mientras intentaba procesar toda la información.

—¡Claro, claro! ¿Cuánto le ofrecieron mis amigos?

—¿Ofrecerme?

—¡Sí! ¿Cuánto le ofrecieron mis amigos? ¿Cuánto dinero?

—¿Por qué me ofrecerían dinero? Yo no desestimaría una ofrenda, pero, tengo otras preferencias, el dinero no me sirve para nada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.