Un jardín que nunca se marchita

No me verás siguiéndote de vuelta a casa.

Agustín despertó al día siguiente enredado en las cobijas, preguntándose si todos los eventos de la noche anterior habían sido un invento suyo en forma de sueño.

Antes de desayunar subió a los cuartos de preparación, donde se encontraba su papá, precisamente cambiando una de las luces que se había quemado.

—Agustín, ¿usted no escuchó nada raro en la noche, por casualidad? Aparecieron unos polvos compactos en el piso, no sé si habrán entrado pizotes por el cielo raso.

—No, no tengo idea, no escuché nada.

—Sí, yo tampoco. Parece que también hubo rayería en la noche, o un pico de electricidad, se quemaron cuatro luces, las había comprado hace menos de 6 meses. Voy a ir a la fábrica a pedir el cambio después de medio día. ¿Tiene clases hoy?

—Sí.

—¿Podría pasar de camino a donde Bech y retirar un encargo que les había hecho? Son unas láminas de muestras textiles para unos recubrimientos nuevos. También me iban a dar la cotización para unas tarjetas de presentación y unos catálogos de los paquetes funerarios, no es nada muy grande, los muestrarios son del tamaño de una agenda. Es para no decirle a su mamá, porque ella va a atender la recepción mientras yo voy por las luces nuevas.

—Sí, yo puedo ir, no hay problema.

Después del desayuno y de alistarse en carreras, Agustín se fue caminando hasta el centro de Santísima Trinidad, a unas seis cuadras de la casa, para pasar por la imprenta de los Bech antes de tomar el bus hasta la universidad. Lo recibió Douglas Bech, el hijo del administrador de la imprenta para ese momento. Le pidió que tomara asiento en el área de espera mientras él iba a buscar el muestrario para la funeraria, porque según él, uno de los empleados de oficina había hecho cambios a última hora, y no tenían el paquete en recepción.

Agustín hizo caso y tomó asiento en las sillas de espera, a la par de alguien que parecía estar leyendo el periódico.

—¿Sabía que esta imprenta tiene más de 40 años de existir? La maneja la misma familia desde que la inauguraron en la década de los treinta.

Agustín giró la cabeza para encontrar el rostro de Buer detrás del periódico.

—Gracias por la cápsula informativa, aunque no recuerdo haberle solicitado esa información.

Buer dobló el periódico y alzó los hombros.

—No está de más saber detalles curiosos sobre el pueblo donde vive. Hay más cosas aquí aparte de fábricas sin permisos municipales y urbanizaciones mal planeadas.

—Creí que habíamos acordado que nos íbamos a volver a ver hasta dentro de un par de días. No han pasado ni veinticuatro horas.

—Bueno, no pude evitar escuchar que iba camino a la universidad, y quiero conocerla.

—¿Para qué o qué?

—Bueno, si no lo recuerda yo mencioné que era unmaestro de la lógica, la moral, la medicina natural y la filosofía;naturalmente, me entretiene visitar un lugar de ese tipo.

Agustín quiso torcer los ojos pero prefirió guardarse el gesto.

—Con todo respeto, si usted tiene ese título tan importante, puedo imaginar que tiene mejores cosas que hacer, ¿no?

—No necesariamente, este es mi trabajo a fin de cuentas. Tengo superiores, pero no es común que yo deba ausentarme para responder ante él.

—¿Y qué hace cuando tiene más de un contrato abierto?

—¿Qué le hace pensar a usted, joven Vinicio, que no puedo estar en dos lugares diferentes al mismo tiempo?

—¿Lo está?

Buer ladeó la cabeza, sopesando la pregunta.

—No. Para ser sincero, hace un tiempo que no he recibido solicitudes o propuestas que impliquen que permanezca por un período de tiempo prolongado.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Esa es una respuesta que no tengo, no puedo leer mentes; sin embargo, entiendo que no soy la clase de demonio que alguien invoca de primera opción.

—Eso suena muy modesto. ¿Por qué no lo harían si usted tiene todas esas especialidades de las que me habló?

—Tal vez porque la gente ya no siente la necesidad de buscar el conocimiento que yo puedo ofrecer. Los tiempos cambian, y con ello, las necesidades y los caprichos humanos. —confesó Buer con un tono melancólico.

Agustín le sonrió a medias.

Douglas le tocó el hombro a Agustín, quien saltó al ser interrumpido en su aparente laguna mental. Volvió a ver a ambos lados, Buer ya no estaba.

—Aquí está el paquete, Vinicio. Dígale a su papá que dice don Trinitario que le manda la cotización junto con dos catálogos adicionales de muestra, que si ocupa factureros nuevos para el próximo año nosotros los tramitamos también.

—Gracias, sí, yo le digo.

Agustín asintió ansioso, guardando la bolsa en el salveque.

—¿Va a la mejenga de éste fin?

—Ah, sí, sí voy.

—Bueno, ahí nos vemos entonces, ¡pura vida! Me saluda a su tata.

Agustín se despidió de Douglas y salió con paso rápido para agarrar el bus a San José. Tenía que llegar temprano para encontrarse con Dagoberto antes de los exámenes de final de semestre.

Ambos se encontraron en la cafetería, comenzaron a hablar del resumen del año, planes para el próximo, y de cuán corto se les había hecho el viaje a Limón.

—Dichosas aquellas que ya salieron. Mayté me dijo que entregaba unos juegos de planos mecánicos y salía.

—Bueno, hoy el de cálculo, falta el de física y el proyecto de Legislación catastral, ¿no?

Dagoberto asintió, quitándose las gafas y pinchándose el puente de la nariz.

—¿Ya terminó su proyecto de Legislación? —preguntó Agustín.

—Ah sí, desde antes de irnos a Punta Uva. ¿y usted? ¿Lo dejó para lo último como siempre?

—No, bueno, ya casi lo termino; ayer no pude adelantar nada porque llegué muy cansado.

—Sí, que manejada más hijueputa la de ayer, todavía estoy cansado.

—¿Va a estudiar para el exámen de física hoy?

—Tengo que.

Ambos compartieron un silencio corto.

—¿Quiere ir a mi casa y estudiar juntos? —le preguntó Agustín.

Dagoberto titubeo.




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