A la mañana siguiente Agustín despertó con dolor de cabeza, sintiendo que se le caía el mundo encima. A pesar del malestar, se levantó para no faltar al partido de fútbol en la plaza de Trinidad con Douglas y los demás. Su padre lo llevó en el auto, mientras su madre se quedaba a cargo de la recepción en la funeraria.
El sol se sentía especialmente intenso; considerando que era un día de diciembre, parecía que ardía más con cada minuto que avanzaba la mañana. El partido se movía rápido, dejando a Agustín atrás, que no paraba de pensar en la noche anterior. Douglas notó desde el inicio del primer tiempo que Agustín no estaba bien, pero decidió no molestar, supuso que tal vez se sentía mal o había atajado un resfriado en la universidad.
Antes de que el árbitro tocara el silbato para anunciar el final del primer tiempo, con una marcada ventaja de parte del equipo que los visitaba para el amistoso, Agustín chocó contra el defensa del otro equipo, cayendo al suelo con todo el peso sobre su tobillo.
Fue una explosión de dolor contundente y agudo. Aunque el árbitro detuvo el juego para que lo asistieran, Agustín, en un arranque de terquedad, se puso de pie saltando en una pierna y colocando la otra con cuidado, frenando a sus compañeros y al entrenador y explicándoles que él estaba bien, que no era tan grave. Se fue hasta el área de cambiadores renqueando mientras el equipo hacía lo imposible para remontar en lo que quedaba del primer tiempo.
Los cambiadores estaban completamente oscuros, con unos pocos haces de luz entrando por la celosía de concreto. Una vez adentro, puertas cerradas, Agustín rompió a llorar.
Lloraba y ni siquiera estaba seguro de si lo hacía por el dolor. De entre las sombras emergió Buer; sus ojos igual de intensos que el sol de ese día observaron a Agustín con cuidado y ternura.
Lo dejó llorar hasta que las lágrimas se transformaron en sollozos. Se puso de cuclillas y, con delicadeza, le retiró el calzado y la media para inspeccionar la herida. Agustín intentó encoger la pierna por instinto, pero el más mínimo movimiento era insoportable. Buer insistió, sosteniendo la pierna con cuidado.
—¿Un esguince? Okay, pudo haber sido peor…
El joven dejó al demonio hacer lo que fuera que estaba intentando, ahora más consciente del alrededor, recién notando que todos los sonidos de afuera se habían detenido.
—Listo —le indicó Buer.
—¿Qué?
—Ya está, ya puede mover el tobillo.
Agustín quedó atónito cuando pudo mover la pierna como si nada hubiera pasado. El demonio le colocó de nuevo la media y el zapato. Con sus manos tibias acomodó la costura de la media con cuidado, ambas manos bajando por el contorno de la pantorrilla en un movimiento lascivo que hizo que el joven respondiera con un reflejo casi involuntario, poniéndose de pie y retrocediendo hasta chocar con los casilleros.
—¿Por qué llora?
Agustín no le respondió.
—Es miedo, ¿verdad?
—No, no es eso.
—Tal vez la próxima sería prudente reconsiderar las preguntas que me hace, sobre todo si no está listo para las respuestas.
—Perdón, ayer pensé que usted…
—Si quisiera, ya lo hubiera hecho.
Tenía razón.
Agustín asintió cabizbajo.
—Perdón, y… Muchas gracias. De verdad.
Buer se puso de pie nuevamente para caminar hasta él, y, al igual que el día anterior, limpiarle las lágrimas para que no lo notaran los demás. Así, como si nada hubiera pasado, el joven salió de los vestidores para ver el resto del partido desde la banca, fingiendo dolor aunque ya se había ido por completo. Volvió a ver el cielo y el sol bajó su intensidad.
A la semana siguiente, Agustín salió del examen de física y se fue a buscar a Dagoberto; habían quedado de salir junto con Marley y Mayté por un café y, si se les hacía tarde, unas birras también.
Pasando por los mismos salones por los que había caminado la semana anterior, volvió a escuchar el clavecín en el aula de música. Esta vez, sin embargo, decidió ignorarlo.
Caminó hasta el jardín, cerca de las paradas de bus, y encontró a Dagoberto con una muchacha de primer ingreso. No quiso interrumpir y sólo se quedó parado, sosteniendo las fajas del bolso.
Cuando Dagoberto lo vio, se ajustó las gafas.
—Gus, ¿qué mae? ¿Cómo le fue en el examen?
—Bien, creo. ¿Y a usted?
Dagoberto asintió con la cabeza y le tomó la mano a la muchacha.
—Él es Agustín, un amigo mío.
—Mucho gusto —respondió la muchacha—, Priscilla.
—Igualmente. Siempre… ¿Se llegan al centro para topar a Marley y a Mayté?
—Eeh, diay…
—Yo lo puedo esperar en la biblioteca si quiere.
—No, no, tranquilo, vaya usted con ellas y nos juntamos otro día.
Agustín se fue para no interrumpir más y se subió al bus, una última imagen, su amigo besándose con la otra joven. Sintió celos y se castigó a sí mismo, ya era suficiente, no quería que esas cosas tan triviales le afectaran.
Bajó hasta el mercado central, donde se encontró con sus amigas para ir por unas empanadas y café. Se pusieron al día, él contó las cosas de él y ellas contaron las de ambas. Agustín les comentó que Dago no se les iba a unir y que creía que no lo fuera a hacer en un tiempo, posiblemente hasta que decidiera presentarles a su nueva pareja.
Mayté y Marley se volvieron a ver cuando Agustín se los contó, como diciendo algo sin abrir la boca.
Después de comer dieron una vuelta por el mercado, aprovechando para comprar cualquier cosa que necesitaran; fue entonces cuando se toparon con un puesto de plantas medicinales y hierbas secas. Era un puesto pequeño, en donde apenas cabían dos personas, con tablas de madera tan viejas que ya estaban lisas al contacto y con algunos rastros de pintura verde; en un marco dorado, una pintura con gran detalle de un joven con uniforme de enfermero. Del techo colgaban en clavos todo tipo de hierbas como romero, santa lucía, manzanilla, juanilama y otras que no supo reconocer.