Pasaron los días, Agustín creyó volver a la normalidad después de entregar el proyecto de Legislación Catastral que le faltaba antes de vacaciones.
Ahora que no tenía que ir a clases, lo usual era que le brindara una mano a su padre en la funeraria, y ese día no era la excepción. Faltaba poco para navidad y año nuevo, ese día su padre estaba por entregar un cuerpo e irse a dar apoyo a una vela. Reinaldo le pidió que se quedara a cargo para que pudiera firmar y recibir cualquier otro cuerpo que viniera, su madre no estaba ese día.
Poco antes de que su padre partiera con el vehículo fúnebre, escuchó unos clientes entrar. Les entregaron una orden funeraria que ya estaba sellada y su padre los recibió. Le ayudaron a retirar la bolsa sudario y colocar el cadáver en la camilla para limpieza y desinfección; fue en ese instante que Agustín se congeló. El muerto se veía exactamente igual a Buer.
—Agustín, alistelo usted porque ya no me da tiempo y tengo que ir a entregar el otro a la sala. Yo vengo en un par de horas.
Agustín se devolvió a la recepción para revisar los papeles de nuevo, todo parecía estar en orden y se veía auténtico. Se devolvió al cuarto de preparación, el cadáver seguía ahí. Su pulso se volvió a acelerar mientras lo limpiaba y desinfectaba, pensando en teorías sobre si tal vez, este cuerpo era la persona que Buer había elegido para adoptar su apariencia.
—No, no —se dijo a sí mismo— eso no tiene sentido, ellos no hacen eso… es…
Su mano se detuvo en el aire, a varios centímetros del cuerpo mientras el agua corría por el drenaje, mojando los pañuelos desechables. Escuchó a su padre cerrar la puerta y encender el vehículo para irse.
—Mierda… —expresó sin parpadear, tanteando el pelo, del mismo tono y largo.
Sus ojos eran exactamente iguales también, sólo ligeramente más apagados. Quiso continuar con el proceso, pensando en el fondo que era una prueba o que, tal vez, Buer nunca había sido un demonio, y ahora estaba muerto.
A pesar de las sospechas y todos los signos de que las cosas no estaban bien, Agustín continuó, casi por lealtad. Una vez desinfectado, vinieron los conservantes y luego el maquillaje, con un cuidado y atención especial.
Fue al momento de vestirlo que volvió a quedarse inmóvil. Abriendo la caja que traía la ropa indicada para preparar el cuerpo, sacó la camisa con vuelos que Buer andaba puesta el día que se conocieron. Tuvo que tomarse un momento para intentar descifrar lo que estaba pasando, y, lastimosamente, no estaba en sus cinco sentidos en ese momento, al menos no tanto como hubiera querido.
Tratando de recuperarse y volver a trabajar el cuerpo para terminar, hizo algo de forma completamente inconsciente, tal vez: quitarse los guantes y no cambiarlos por unos nuevos.
Volvió la mirada hacia el cuerpo, con la camisa en una mano, y con la otra, desnuda, le acarició el rostro.
—Maldita sea… —confesó entre dientes, aún sin detenerse.
Dejó que su mano bajara por el cuello y por el pecho. Estaba muerto sí, pero tenía la misma tibieza que recordaba de los cambiadores el día del partido.
—Mierda… ¿Por qué…?
Su mano volvió a subir, volvió a acariciar su rostro y su pelo. Se inclinó ligeramente hacia él, le tocó los labios, se volvió a inclinar, maldijo entre dientes otra vez, ladeó la cabeza, dejó ir un gemido corto ya cuando estaba un par de centímetros de distancia, cuando escuchó que un objeto metálico tocó el marco de la puerta, haciéndolo dar un brinco hacia atrás.
Era Buer.
Se puso la mano en el corazón del susto, el cuerpo había desaparecido. Sí, era una prueba, ¿pero para qué? Buer no le hizo comentario alguno y permaneció inmóvil por un instante que se le hizo eterno. Se sentía eléctrico, no triste o asustado.
Buer caminó hasta él con una expresión contenida y contemplante; cerraron la distancia entre ambos, agustín sintió ese choque de calor subir desde la ingle, el demonio alzó su mano para sostener la de agustín y, en cuestión de un parpadeo, desapareció.
Agustín se tambaleó y se intentó sostener de la camilla metálica; se agachó y se quedó ahí hasta que su padre regresó y le preguntó qué hacía ahí abajo, él le contestó que había tenido mareos muy fuertes, pero que todo estaba bien.
Ese momento dejó a Agustín aturdido por días, en los que Buer no hizo acto de presencia por ningún motivo. Lo pensó y lo extrañó, tal vez incluso en exceso y se notaba en su distracción.
El año llegó a su fin, y, como era lo usual, su familia hizo una fiesta para el año nuevo junto con los vecinos. En el amplio jardín de los vecinos se habían colocado las mesas de ambos comedores, para facilitar la colocación de la comida y las bebidas. Reinaldo y el vecino encendían la parrilla para comenzar la carne asada, mientras su mamá, Lourdes conversaba con la Doña Ana en el patio, preparando ensalada, aperitivos y bebidas.
Las señoras interrumpieron un momento la conversación cuando notaron que hacían falta más envases para los acompañamientos, la vecina llamó a su hija y doña Lourdes llamó a Agustín.
—Gus, ¿puede ir por los envases medianos? Los de colores. Están en la alacena, por donde pongo el arroz. —Agustín le dijo que sí, pidiéndole las llaves a Reinaldo para entrar a la casa.
Entró a la casa y sintió una vibra pesada; tal vez porque estaba completamente vacía y oscura. Bajó por las escaleras de la recepción hasta la sala, y cruzó hasta la cocina, prendiendo la luz y abriendo la alacena para buscar los envases plásticos.
Escuchó pasos acercándose y se volteó.
—Feliz año nuevo, Vinicio.
—¿Buer?
—Bueno, aún faltan un par de horas en esta parte del mapa.
—Sí.
Se estudiaron mutuamente, Agustín sostenía los envases en los brazos, casi abrazándolos mientras contemplaba la imagen de Buer. No le dijo nada, sólo lo miraba de arriba abajo, respiración cortada y pulso acelerado, después de algunos días de calma. Él dio medio paso hacia adelante y Buer tensó la mandíbula.