Un jardín que nunca se marchita

O pectora caeca

—General Agaliareth, ¿quería verme?

—Buer, sí.

Agaliareth observó a Buer mientras se acercaba en su forma tradicional de centauro.

—¿Hace cuántos años no lo veía así? Todavía no había caído el imperio romano…

Buer soltó una risa.

—Me he sentido nostálgico últimamente, debe ser eso.

—¿Ah, sí? ¿Y a qué se debe?

Hubo un silencio breve.

—Inicié un trato nuevo hace poco.

—Lo sé, Haborym me lo contó; por eso lo cité.

Buer ladeó la cabeza.

—Haborym fue quien ofreció dientes de león a su ofrenda. Me comentó que vio a este joven con su sello, de unos veinte años, que se le veía retraído, pero que la intención era clara.

—Es un joven incomprendido, lo estimo mucho.

Agaliareth comenzó a reír con suavidad.

—Usted siempre fue un ángel “incomprendido”. Aún cuando lo hirieron, siempre continuaba buscando a los humanos. Ellos son como las estrellas; brillan, se apagan después de un tiempo, nacen más. Y a usted le fascinan. Lo más gracioso es que la atracción es mutua una vez más.

—¿Puedo preguntar si sigue siendo mal visto? Sé que en el otro lado aún está prohibido.

—Así es arriba como es abajo, Buer. No hay reglas estrictas, sólo límites. No nos importa el consumo, pero no toleramos la domesticación.

—¿A usted personalmente le molesta lo que estoy haciendo?

—Me es difícil entenderlo, pero no me molesta, tengo que ser franco, esa fijación fue precisamente lo que me permitió darle el lugar que tiene hoy.

—Gracias.

—¿Sí está consciente de que cuando el trato se formalice usted terminará consumiéndolo?, como la última vez.

—Lo entiendo.

Agalarieth asintió.

—¿Quería verme para algo más, Señor?

—No, puede retirarse. Fue agradable verlo.

—Lo mismo digo. Permiso.

Cuando Agustín entró al cuarto, apenas pudo ponerle seguro a la puerta antes de caer sentado a punto de llorar de la rabia. Se agarraba el pelo de la raíz, intentando contener un grito y lanzar un golpe al aire. Buer estaba sentado una vez más a la orilla de la cama.

—Lo siento mucho, Vinicio.

Agustín subió la mirada, posando la cabeza contra las rodillas y respirando profundo para calmarse; admiró a Buer un momento. El cabello ondulado le bajaba en forma de cascada detrás de la nuca, como melena, los ojos amarillos que lo miraban eran de depredador en asecho pero, no con deseo, más bien con preocupación.

—No me gusta cuando llora.

—¿Qué otra opción tengo?

Buer le dio unas palmadas al colchón para invitar a Agustín a la cama.

—Varias, tenemos varias.

Agustín se levantó del suelo para sentarse al lado de Buer, quien lo capturó en un abrazo para reconfortarlo.

—Podemos ir a otro lugar si quiere.

—Lo agradecería.

Buer se llevó a Agustín hasta el puente ferroviario donde habían ido la primera vez. Ya había oscurecido y la brisa nocturna silbaba al pasar entre las ramas de los árboles.

—¿Esto está mejor?

—Gracias, Buer.

—No hay de qué. ¿Quiere hablar sobre la cena?

—No, prefiero no hacerlo —respondió Agustín limpiándose un par de lágrimas con el cuello de la camisa.

—¿Quiere hablar sobre el deseo? Hay algo de lo que—

—No quiero hablar, Buer…

—Está bien, lo entiendo.

Agustín tomó las manos de Buer, comparándolas con las suyas. Eran delicadas pero fuertes, manos de sanador, de taumaturgo que vio todo lo bello y lo malo. Con anillos en el dedo índice y el anular con su sello y su constelación. El joven se llevó las manos del demonio hasta su cintura y llevó las suyas hacia arriba para rodearlo del cuello; se besaron, comenzaron besándose de pie y luego Buer lo alzó como lo había hecho el día de la fiesta de fin de año. Agustín se aferraba a él de una forma casi reverencial. El viento continuaba soplando entre la estructura metálica del puente. Escucharon un retumbar; eco del río Olivos, que, aunque nadie lo sabe, tiene vida propia.

Se separaron cuando Agustín sintió que Buer lo estrujaba. Hicieron contacto visual por unos minutos y fueron agachándose hasta encontrar las bases de madera que sostenían los rieles, con un ritmo de cortejo mutuo. Buer dejó a Agustín sentarse sobre él, se acariciaron y se volvieron a besar. De repente, los rieles del puente comenzaron a temblar, anunciando que el último tren en ruta se acercaba. Antes de que la luz los cegara, Buer jaló a Agustín, llevándolo en un movimiento brusco hasta el templo.

Agustín abrió los ojos para encontrarse por segunda vez en aquel palacio grecorromano que las cincuenta legiones habían construido para Buer.

—Necesitamos hablar, Agustín —reiteró Buer, buscando continuar la idea que estaba por expresar en el puente.

—¿Por qué ahora? ¿No podemos conversar luego? Sobre el contrato o lo que sea.

Buer rompió el abrazo, dándole la media vuelta al joven para verlo de frente.

—Lo que está por ocurrir, y lo que ocurrirá eventualmente, Agustín…

—¿Sí?

—Yo no soy como ustedes, me precisa que eso quede claro.

—Ya lo sé.

—Esta tampoco es mi verdadera forma. Cuando yo descendí a la tierra, me veía diferente.

Agustín asintió, acariciando el torso de Buer encima de la tela y desabotonando la camisa con impaciencia.

—Agustín, por favor, estoy haciendo un gran esfuerzo…

—No hay lugar para mí en este mundo, Buer.

—¿Qué? —preguntó Buer confundido, con el aliento entrecortado— eso no es cierto, Agustín.

—Ya nada va a ser lo mismo, ni siquiera puedo estar completamente seguro de lo que veo o siento desde que nos conocimos —susurró el joven, quien con un gesto de devoción y lujuria paseaba la mano por el pecho y abdomen de Buer, cada átomo de su presencia perfectamente calculado.

—Agustín, hagamos una pausa, por favor, después de esto no hay vuelta atrás.

—Y si usted se va cuando el trato termine, ¿qué cree que va a pasar cuando yo vuelva a escuchar un clavecín? ¿o cuando vuelva a preparar un cuerpo que se parezca al suyo? ¿¡Qué mierda voy a hacer cuando pase por los puestos del mercado y vuelva a sentir el olor de las caléndulas y las amapolas!?




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