Un jardín que nunca se marchita

Yo puedo liberarte

La pregunta no lo dejó hasta que llegó a la universidad, donde la cara se le iba a las manos y los ojos se le cerraban por el cansancio.

Dagoberto lo encontró en la cafetería a mediodía, y se sentó frente a él, acercándole un café que recién le había comprado después de verlo dormirse en casi todas las clases.

—¿Gus? ¿Cómo va el día? Lo veo muy cansado…

Augustín levantó la mirada, agarró el café y le dio un sorbo para probar la temperatura.

—Bien. ¿Y su novia?

—En clases.

—Ahh, ya.

—¿Está enfermo?

—No, no, sólo estoy muy cansado; no he podido dormir bien desde el fin de semana.

—¿Pasa algo o…?

Agustín se alzó de hombros, recuperándose un poco a la fuerza para terminar de tomarse el café.

—Todo está bien, sólo estoy saliendo con alguien y el fin de semana fue muy pesado.

—Mayté y Marley me contaron.

—¿Sí?

—Sí, el consultor, ¿verdad? El de Hone Creek.

Agustín asintió con la cabeza.

—Qué curioso que las cosas se dieran de esta forma. ¿Quién lo diría?

Ambos sonrieron; Dagoberto tenía ánimos de conversar, pero Agustín no.

—Gracias por el café. ¿Cuánto le debo?

—Nada, tranquilo. Lo vi durmiendo en clases y me dio congoja. —Dagoberto abrió un paquete de galletas y le ofreció a Vinicio— Por cierto, ¿va a ir a la fiesta que están organizando para después de la entrega de las maquetas? Como una reunión de inicio de año o no sé qué putadas. El profe va a poner la casa, va a ser en Bebedero de Escazú.

Agustín se encogió de hombros.

—No sé, voy a ver, seguramente sí voy.

—Y lleva al muchacho, así lo conocemos, porque yo ya no me acuerdo de él, la pura verdad.

—Está bien, le voy a decir. Sólo que no sé si va a estar ocupado, viaja mucho.

Dagoberto le dijo que sí, que no importaba.

—Mae y, ¿no ocupa que lo lleve a la casa hoy? Así le entrego los libros, y no se los tiene que llevar en el bus.

—Sí, suena bien.

Después del almuerzo tenían dos clases más antes de las cinco. Agustín se atrasó para aclarar unas dudas con uno de los profesores en la última clase. A la salida, intentó acelerar el paso pero el sonido del clavecín desde la sala de música lo frenó en seco.

Cuando entró al aula, encontró a Buer tocando, como en otras ocasiones, y totalmente absorto en la melodía.

—Hola Buer… —le indicó con voz baja para no interrumpir.

—Agustín, buenas tardes. —respondió el demonio, sonriente.

—Le gusta mucho esa cosa, ¿verdad?

—Pues sí, es muy entretenido.

Buer se detuvo un momento, Agustín se sentó a su lado y le dio un beso en la mejilla.

—¿Cansado?

—¿Qué fue lo que pasó el domingo, Buer? No recuerdo nada de ese día y mi mamá dice que pasé todo el día en cama, que sólo me levanté a comer.

—Yo lo llamo un piloto automático. Nadie sabe que usted no está ahí, porque no se nota, pero su mente está en reposo, haciendo lo mínimo para no llamar la atención de forma preocupante.

—Okay, entiendo, eso significa que nosotros estuvimos juntos… ¿Un día entero? Todo ese domingo.

—Poco más de eso, sí, hay que incluir el sábado después de la cena.

Agustín se rascó la cabeza procesando la información, el rubor expandiéndose por todo su rostro.

—Hoy tuve mucho sueño durante todo el día, ahora entiendo por qué. Usted me tiene, ah, ¿cómo se dice?...sin tantas formalidades, señor, no me lo puedo sacar de la cabeza.

—Me halaga ese tipo de atención, Vinicio.

—Imagino que debe estar acostumbrado —le insinuó Agustín con un tono juguetón—, yo sólo soy un sirviente más.

—No, no, no hay por qué pensar eso, es cierto que no es un caso aislado, he amado antes, pero eso no quiere decir que haya que restarle importancia a tan bello presente.

Agustín se echó a reír, entendiendo la ternura entre tanta formalidad.

—¿Qué cursi, verdad? —replicó Buer.

—Jamás hubiera podido llegar a pensar que ustedes eran capaces de eso.

—Bueno, es que no todos lo son, o, tal vez sí, sólo que nunca los han amado. No los culpo, la mayoría se mantienen muy al margen del contacto, y ese lamentablemente siempre ha sido mi talón de Aquiles, que ustedes me encantan.

Conversaron unos minutos más y Agustín se disculpó, le dijo a Buer que Dagoberto seguramente estaba esperándolo y que necesitaba el ride hasta la casa. Buer entendió y continuó tocando cuando el joven se retiró.

De camino a Santísima Trinidad Dagoberto estaba con ganas de preguntarle a Agustín sobre el consultor, sobre el partido en el que se había lesionado y sobre año nuevo, pero Agustín se había quedado dormido en el asiento del pasajero. Cuando llegaron a Trinidad, ya había anochecido, Dago despertó a Agustín y buscó los libros que había guardado en la parte de atrás del pick up, en una bolsa grande. Le recordó lo de la fiesta nuevamente y se despidieron, con Agustín entrando a la casa con la bolsa de libros en mano.

La fiesta fue el viernes en la noche después de la entrega de maquetas, Dagoberto se llevó a Marley, a Mayté y a otros 3 compañeros de curso. Le preguntó a Agustín cuando iban de camino si el consultor siempre iba a llegar.

—Él me dijo que sí, que iba a llegar ya después de que empezara la fiesta.

El carro comenzó a subir hasta Escazú; pasaron varios lotes baldíos y unos cuantos kilómetros de pura naturaleza hasta llegar a una casa con vista a la Gran Área Metropolitana. Una vivienda estilo Bauhaus, vanguardista incluso para aquella época, con una fachada geométrica y bastante minimalista, con una piscina en la parte trasera y un techo que servía también de terraza para los que entraban por el área del garaje.

Los estudiantes que iban llegando, siguiendo el vehículo del profesor, comenzaron a instalarse, parqueando los carros a la orilla de la calle de lastre, sacando hieleras y tendiendo sábanas de picnic por el patio.

Mayté y Marley se acomodaron en la terraza con la hielera que había llevado Dagoberto, que llegó junto con Agustín y su novia, Priscilla, a sentarse con ellas. Los cinco se pusieron a jugar cartas en lo que llegaban los demás y la gente se animaba a poner música y a agarrar confianza.




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