Agustín se despertó con el ruido del motor apagándose cuando llegaron a Santísima Trinidad; aunque, para ser francos, no lograba discernir si estaba en un auto real o no. Buer se lo llevó en brazos hasta la casa, después de cuidarlo durante todo el trayecto. Lo dejó en camiseta y boxer, acostándolo en la cama y cubriéndolo con la cobija.
A la mañana siguiente, se sentía cansado, pero la resaca no era tan fuerte. Había partido de fútbol en la tarde y posiblemente se encontraría a Dagoberto si se había levantado con ganas y no tenía otros planes.
Dagoberto llegó al centro de Trinidad media hora antes del partido y estacionó el vehículo en el parqueo de la imprenta, pasó a la recepción y compró una tarjeta telefónica en la caja y volvió a salir. Justo afuera de la entrada había dos estaciones de teléfonos públicos.
Una vez que confirmó que el teléfono daba tono, sacó una libreta de contactos de la bolsa de la camisa y marcó un número.
—¿Aló?
—¿Hola? Buenas, sí, ¿está Melisa?
—¿Melisa?
—Sí, bueno, Ámbar.
—Ah, ok, sí, ya se la paso. ¿De parte de quién?
—Dago, un…eh, conocido.
Dagoberto se quedó en la línea un rato.
—¿Aló?
—¿Meli? ¿Ámbar?
—Sí, ¿Dago?
—¡Sí! ¿Cómo está? Tanto tiempo…
—Bien Dago, no me quejo. ¿Y usted? ¡Qué sorpresa escucharlo!
—Lo mismo digo, yo bien, gracias. Vieras que quería molestarla, qué pena.
—Dígame, mientras no sea para pedirme cacao.
—Jajaja no, no, ¿cómo cree? Es que tengo una situación y creo que usted es la única que puede ayudarme. Vea, para no hacerle el cuento muy largo, ¿se acuerda de Agustín? El amigo mío con el que fuimos a tomar cuando estábamos empezando a salir.
—Creo, ¿el que jugaba fútbol con usted? ¿Flaco y de pelo marrón? ¿De ojos como dormidos?
—Ajá, sí, ese mismo. La cosa es que ayer estuvimos en una fiesta y me hizo un comentario raro, él llegó con alguien a la fiesta y cuando ya se iba estaba medio tomado y lo llamó por un nombre completamente diferente.
—Ajá.
—Yo sé que suena raro, pero es que el nombre me trajo un recuerdo, no sé si fue en uno de sus libros que lo leí, y puede ser que sólo esté paranoico porque todavía ando engomado. Tal vez el mae hizo las mismas que usted con “Ámbar".
—Ah, ok ok, entiendo. ¿Y sabe cómo se deletrea?
—Ni idea, dijo algo como Boer, Puer...
—¿Buer?
—¡Ese! ¡Sí! ¿De dónde es ese nombre?
—Diay, por origen o significado no sabría decirle; Buer es un demonio.
—¿Un demonio?
—Sí, bueno, hasta donde yo sé. Aparece en varios grimorios, creo que es griego.
Dagoberto suspiró.
—Ok ok, entiendo.
—¿Y por qué se le hace raro o qué?
—Diay, no sé, me pareció extraño que nos lo presentara con un nombre y luego saliera con ese otro. El muchacho también le hizo una mueca. ¿Será que está metido en algún grupo como esos amigos suyos? Yo sé que Agustín es ateo, pero ese muchacho no sé.
—Hmm, no sé. En todo caso no sería igual, porque mi grupo no se mete en esas cosas. Sí, conozco sobre los pactos, hay gente que pacta con ellos o podría ser que le guste mucho la demonología y ese sea algún seudónimo. En ese mundillo se mueven mucho con anonimato o con nombres artísticos para que no los identifiquen fuera del gremio, digamos.
—Gracias por la info, sí.
—¿Y a qué venía todo eso? Digamos, aparte de que le sonó familiar el nombre.
—No bueno, es que… vea, si le cuento, ¿no le diga a nadie, oyó?
—Sí, sí.
—Fuimos a la playa en diciembre, junto con un par de amigas. No quiero alargarme mucho porque voy para mejenga y tengo que ir a cambiarme, pero mae uno de esos días en la noche Gus—
A Dagoberto se le cortó la llamada, de inmediato pensó que se le había acabado el saldo de la tarjeta, pero cuando volvió a colocar el teléfono en la base y levantarlo, ya no había tono.
—¿Qué es esta mierda?
Dagoberto se pasó al otro teléfono, pero tampoco daba tono. Se fijó en el reloj y ya era tarde, así que tuvo que agarrar las cosas e irse para la cancha.
En los cambiadores de hombres, Agustín se topó con Buer y, al igual que en la ocasión anterior, el tiempo parecía haberse detenido.
—¿Cómo se siente mi niño hoy para el partido?
—Eeh, bien, creo. Gracias por lo del taxi, pensé que sólo iba a dejar que Dagoberto me llevara hasta la casa.
—No pude. Dagoberto lo escuchó a usted decir mi nombre.
A Agustín le bajó un escalofrío por la espalda.
—¿D-de verdad?
Buer asintió.
—Hay que tener más cuidado, Vinicio.
—Perdón, Buer.
—Está bien, no es su culpa, estaba pasado de tragos y era un riesgo real.
—¿Y qué hago ahora si él me pregunta?
—Él cree que es un seudónimo por ahora, pero también sospecha por el pacto. Siga la corriente.
Agustín dejó salir un resoplido.
—¿Ellos no pueden saberlo…?
—No. Es un secreto.
—¿Qué pasaría si ellos se dieran cuenta?
Buer no respondió, sólo lo miró con severidad y negó con la cabeza; Agustín entendió lo peor.
—No quiero que les pase nada malo a ellos.
—Yo sé que no.
Agustín inhaló y exhaló un par de veces, la mente a mil por hora buscando mentiras nuevas para tapar la identidad real del demonio.
Cuando inició el partido, Dagoberto se quedó en banca y desde ahí pudo ver a Buer sentado en la gradería, observando el partido.
Decidió aprovechar para ir, sentarse al lado y preguntarle por lo del día anterior.
—Bruno, ¡hola! ¿Cómo le va? No esperaba verlo hoy.
—Dagoberto, hola. Sí, nos quedamos en un motel en la madrugada, Vinicio estaba muy ebrio.
Dagoberto volvió a ver hacia la cancha, evitando el contacto visual.
—Sí… sobre eso, tenía curiosidad. Yo escuché a Agustín llamarlo a usted por otro nombre ayer, cuando se estaba quedando dormido en su regazo, me pareció familiar porque tuve una ex que—
—Buer.
Dagoberto se quedó con la palabra en la boca.