Veinte años.
Cuarenta años.
Veinte años para irme.
Cuarenta años vagando en esta tierra para encontrarme en la escalinata que lleva a su templo.
—Agustín, la facultad de letras queda en el edificio de allá —le susurró el profesor Guido, de Álgebra, cuando lo vio distraído mientras los demás tomaban nota de la pizarra.
—Perdón, profe, me agarró en un lagunazo.
No lo hizo con mala intención ni con mala cara, más bien con ánimos de vacilar, sabía que, de todas formas, era buena ficha.
Después de Álgebra, le tocó la clase del siguiente curso de Legislación Catastral con el profe Martínez. El proyecto para ese semestre consistía en brindar asesoría en legislación para un proyecto benéfico en la comunidad. Había escuchado de su padre que en la junta de vecinos se había considerado la idea de un salón de usos múltiples y, además, un centro de actividades variadas para adultos mayores.
El profesor lo llamó para hablarle al final de la clase, cuando ya todos los estudiantes, incluido Dagoberto, se habían ido.
—Agustín, venga un toque, tome asiento.
—¿Pasa algo, profe?
—No es nada malo, Agustín, sólo estaba revisando las propuestas de proyecto que me completaron hoy, las suyas específicamente. La del salón de eventos y la del centro para adultos mayores.
—¿Ajá? He estado pensando y es lo mejorcito que hay, pero creo que prefiero el centro para adultos mayores.
—Buena idea. ¿Cómo se ha sentido con el curso?
—Bien, sí.
—Bueno, cualquier cosa, el límite para la entrega de la propuesta es el próximo viernes. ¿Va a hacer el proyecto solo o va a irse con Dagoberto?
—Solo, es que Dago se fue para Guadalupe desde que empezó la carrera.
—Entiendo. Igualmente, usted es muy buen estudiante, lo haga solo o acompañado, le va a ir bien. Yo sé que es posible que no, pero si necesita ayuda o cualquier cosa, yo estoy para servirle.
El profesor en un gesto medio disimulado bajó la mano, posándola en la pierna de Agustín y moviéndola de arriba hacia abajo en una caricia que al joven le causó un escalofrío y lo hizo levantarse de un brinco.
Otra vez el diálogo de miradas. “No te hagas el ruso, Agustín, medio salón lo sabe” “Tenés anillo de matrimonio y tenés hijos, carebarro” “¿Y qué si los tengo?”
—Sólo es una invitación, Agustín, confío en que podemos mantener la invitación abierta de la forma más discreta posible, que esta no sea una grieta en nuestra relación profesional, de alumno y profesor.
—No tengo interés —respondió en voz baja, entrecortada y con el corazón palpitando en el esófago.
—No te hagás, baboso.
—¡Tengo novio! Sí, tengo novio.
“No le creo”, contestó el profesor con otra mirada.
—Tengo novio, no me interesa. Ya me voy.
—¿Cómo se llama?
—Bruno.
—Ja, ¿Bruno qué?
—Bruno Stein.
—¿En serio? ¿Cuántos años tiene?
—Veintisiete.
—¿Qué estudia? ¿Trabaja?
—Estudió, no aquí, en Europa. Sí trabaja.
—¿Ajá? ¿En qué trabaja?
—Es un consultor legal.
—¿Dónde vive?
—Viaja mucho.
—Eso no fue lo que le pregunté.
—A usted qué le importa.
—Insolente.
—Metiche, asqueroso, ¡su esposa debería saber!
—Y sus papás.
—¿Cómo sabe que ellos no saben?
—¿Usted cree que yo soy idiota? ¿Que yo no me doy cuenta de que usted es un playazo reprimido? Muy bonito escuchar de ese noviecito de mentiras, usted y yo podríamos tener algo bonito si se deja amansar.
—¡No, no quiero, no me interesa!
El profesor se levantó cuando Agustín caminaba en reversa para abrir la puerta, lo agarró de la cintura con una mano y de la barbilla con la otra, plantándole un beso que al joven le causó asco.
—Seguí haciéndote del rogar, Agustín, ¡cómo me gusta!
Agustín se le escurrió como una salamandra y salió despavorido del salón, buscando en los pasillos de música el sonido del clavecín y el consuelo de Buer.
—Agustín, ¿qué pasó?
Buer lo vio llegar al salón de música con los ojos rojos y la cara pálida, limpiándose la boca con la manga de la camisa. El demonio no insistió, sólo se levantó para recibirlo en un abrazo.
—Por mí fuera, mi niño, le regalo el cielo. Venga conmigo.
Se abrazaron como para convertirse en uno solo, tal vez porque en parte ya casi lo eran.
Si le regalo el cielo, ¿me promete que lo cuida?
¿Seguirá siendo cielo o se volverá algo más?
Si no lo regalo, nos cae encima a ambos, estoy seguro.
Pasó una semana. Agustín se había decidido a brindar asesoría en el proyecto del centro diurno para adultos mayores. Iba con miedo camino a la U, incluso Dagoberto lo notó, preguntándole si todo estaba bien.
—Martínez se me insinuó el viernes pasado, que me quedé después de que terminara la clase.
Dagoberto volvió a ver a Agustín, luego dirigió la mirada a la calle.
—Idiay, ¿qué le pasa a ese corriente? ¿No que estaba casado?
Agustín se encogió de hombros, visiblemente incómodo. Dagoberto no tenía muchas herramientas respecto a esas situaciones, pero por lo menos hacía el intento de reconfortar a Agustín después de ese intento del profesor por aprovecharse de su amigo.
—¿Se lo podrá echar uno al pico con el jefe de carrera o algo?
—No sé… Pero mejor repito el curso.
—No, no, ¿cómo se le ocurre? ¿Ya le contó a Bruno? Él podría saber si esas situaciones se pueden reportar con algún superior.
—Sí, yo le conté ese mismo día.
—¿Se vieron el viernes? ¿O cómo?
Agustín no quiso dar detalles, sólo asintió.
Se llevaron tremenda sorpresa ese mismo día después del almuerzo cuando los recibió un profesor sustituto, avisándoles que Martínez ya no iba a darles clases más y que él continuaría por el resto del semestre y de forma indefinida.
Fue un alivio y una fisura. ¿Qué se había hecho?
Una conversación que Agustín escuchó a medias en la sala de profesores le confirmó que todo había sido más extraño de lo aparente, y que, si por Martínez hubiera sido, seguiría dando clases como si nada.