Un jardín que nunca se marchita

Un jardín que nunca se marchita

Pasaron tres meses. Agustín alternaba entre la vida universitaria y visitas al templo de Buer, donde pasaba horas explorando los jardines y conversando con el demonio.

Los jardines eran extensiones de pastos suaves con flores silvestres que rodeaban el templo y lo hacían parecer un paraíso contenido. Todo el terreno era abrazado por unas altas enredaderas que funcionaban de muro y bloqueaban la vista al horizonte. A cada lado del santuario, una fuente de piedra caliza con murmullos constantes que le daban una tonalidad turquesa al agua.

A veces, Agustín se detenía a observar las flores o arrancar uvas de las parras en los viñedos. Sentía que los jardines lo invitaban a explorar, a perderse en ellos, en un cielo de tarde eterno que no descansaba.

Uno de esos días, que decidió sentarse al lado de una de las fuentes para comerse un durazno y ponerse a estudiar, distinguió, a la distancia, una figura misteriosa en máscara y tabarro que parecía flotar y no caminar.

Ambos cruzaron miradas y Agustín no pudo evitar sobresaltarse ligeramente, preguntándose quién era. Sintió el vello de sus brazos erizándose y trató de ignorarlo, pero la misteriosa figura comenzó a moverse en su dirección. De inmediato se levantó para buscar a Buer, quien apareció de repente desde atrás.

—Agustín, ¿pasa algo?

Agustín apuntó con el dedo a la figura encapuchada. La expresión de Buer se transformó en una más suave, mientras seguía la dirección del dedo del joven. La figura con máscara se detuvo a medio paso, el tabarro ondeando por la brisa.

—Es mi superior, Agaliareth. —respondió Buer en voz baja.

Agaliareth reanudó su aproximación; al llegar donde ambos, inclinó la cabeza en un saludo hacia Buer; el aparente vacío detrás de la máscara de Bauta le produjo un escalofrío a Agustín, que se sintió diminuto ante ambas entidades.

—Mi señor Agaliareth.

—Buer. ¿Y…? —las cuencas negras en los ojos de la máscara se dirigieron a Agustín ahora.

Agustín extendió la mano hacia Agaliareth, el pulso temblando.

—Agustín Flores… ¿Un placer?

Agaliareth observó su mano sin corresponderle el saludo, Buer le bajó el brazo a Agustín en un gesto suave. Agaliareth se dirigió a Buer, con su voz cavernosa.

—¿Nos puede dejar un momento a solas? Quiero hablar con él.

Agustín volvió a ver a ambos, claramente asustado.

Buer dudó; no estaba seguro de qué quería Agaliareth del humano, pero sabía que no debía rechazar una petición directa de su superior. Miró a Agustín y le sonrió para tranquilizarlo.

—No se preocupe, no va a pasar nada malo.

La mano de Buer sobre el hombro de Agustín se tensó ligeramente, una silenciosa promesa de protección. Mantuvo una expresión neutral y se retiró para darles espacio.

El rostro enmascarado de Agaliareth se inclinó hacia abajo, acercándose aún más a Agustín. Su voz, un murmullo bajo.

—Usted ha pasado mucho tiempo con Buer aquí. Me da curiosidad saber por qué.

—Él me permite quedarme en el templo, señor.

—Comprendo. ¿Se puede saber qué hacen juntos?

—Bueno, hacemos muchas cosas; conversamos, dormimos, nos damos baños, leemos, a veces escuchamos música.

—¿Sobre qué conversan, qué leen, qué música escuchan?

—Él me cuenta historias de la antigua Grecia, del Tudor y del Renacimiento. Me lee poesía y leo para él. También le agrada la música del barroco, señor. Sus sirvientes consiguieron un clavicémbalo que él toca con mucha habilidad.

Agaliareth permaneció inmóvil un momento.

—Muy bien —respondió en tono seco— ¿Buer le ha contado sobre Cariclo? Su primera consorte.

—No, señor —Agustín negó con la cabeza.

—¿Le contó sobre su caída?

—Más o menos, creo que no le agrada hablar de eso.

—Buer siempre ha tenido preferencias extravagantes, si no lo sabe ya.

—¿Cariclo fue una humana?

—No. Era una ninfa. Ella no fue la causante del exilio.

—¿Qué tiene de malo entonces que Buer ame a los humanos si puede amar a otras criaturas?

—Amar es un fenómeno de los mortales, igual de volátil.

—Buer me dijo que ustedes sí eran capaces de amar, sólo que algunos no lo hacían porque nunca habían sido amados.

Ambos compartieron otro silencio hasta que Agustín continuó:

—Podría… Por favor… ¿No regañar a Buer? Él no está haciendo nada malo. Y, si bien él puede ser… Digamos que divergente de muchas de sus costumbres, yo… Yo creo que es muy genuino y—

—Retírese. Ya escuché suficiente.

Agustín despertó en su recámara en medio de la madrugada con sudor de fiebre y dificultad para respirar. En el templo, Agaliareth fue a buscar a Buer, que estaba en el clavicémbalo tocando notas sueltas.

—¿Se puede saber qué planes tiene para con ese zanni? —preguntó Agaliareth, estacionado justo frente al clavecín.

—Con su debido respeto, no estaba esperando su visita. Hasta donde entendí, el único límite era la domesticación.

—Ustedes comen, se bañan, recitan poesía y fornican juntos. ¿Le parece que eso no sea domesticación?

—No lo es. Formalizamos el pacto, quedan veinte años, la fecha aproximada es para enero del año dos mil, según el calendario gregoriano.

—Yo voy a dirigir la ceremonia de consumación.

Los dedos de Buer se quedaron en el aire.

—Señor, no hay tal necesidad.

—Lo he decidido, Buer. No permitiré que le intente perdonar la vida al mortal rompiendo el trato, porque estoy seguro de que lo está pensando.

—Señor, es un jovencito. Tiene apenas veinte años.

—Eso debió haberlo considerado usted antes de salirse de sus cabales. Es un joven que envejecerá a su lado y volverá al polvo, así como lo hicieron todos sus amantes y consortes, incluso las ninfas. Cree que le está haciendo un bien, pero se equivoca, entre usted y yo, la existencia de Agustín peligra más ante su persona. Recuérdelo.

El momento en que Agaliareth se desintegró, Buer dejó caer uno de sus dedos sobre las teclas, entonando, ya casi inconscientemente, la Passacaglia en G menor de Handel.




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