Un jardín que nunca se marchita

La folie

Ese mismo día en horas de la noche, una lluvia de meteoros iluminó el firmamento por alrededor de media hora. Agaliareth se retiró del templo en medio de la tempestad que había provocado. No era tan ingenuo como para quedarse y provocarle aún más enojo a Buer, que bien podía revelársele a él así como lo había hecho con el Gran Creador.

A diferencia de lo que uno pudiera creer, esta discordia no hizo detener la rutina a la que Buer se había acostumbrado; todos los días en el templo se sentían como una luna de miel. Empezaba como un juego de caza; con Buer atento a los movimientos del joven,

mientras éste mordía una uva, tomaba agua de una de las fuentes adosadas a los muros del templo o simplemente buscaba la comodidad en un parche de césped. Eso era suficiente para prender ese deseo incontenible que le quemaba a Buer desde adentro y lo hacía saltar a él con pupilas dilatadas y pulso ansioso. No faltará quien crea que todo esto no era más que un exceso, pero para Buer era simplemente una despedida premeditada.

El sábado había llegado, Agustín venía tarareando una melodía, mientras iba siguiendo la línea de adoquines en la entrada del centro diurno, que estaba pronto a concluir su construcción. Entregó la revisión de niveles y estudio de suelos que el ingeniero le había prestado para que llenara la bitácora del proyecto.

Ese día había faltado a la mejenga, Dagoberto y Douglas se habían ido en el carro a buscarlo a la casa, para avisarle que iban a ir a tomar unas cervezas y almorzar, y preguntarle si quería ir con ellos.

Cuando los dos amigos bajaron del carro, saludaron a doña Lourdes en la recepción y le preguntaron por Agustín, ella les dijo que no estaba ahí, que andaba en la obra del centro diurno firmando bitácora, cuando Reinaldo entró a la recepción y los saludó también.

—Vamos a ver si topamos a Agustín allá arriba entonces para que vaya con nosotros, Doña Lourdes —mencionó Douglas, abrazándola para despedirse.

—Don Reinaldo, ¿cómo le ha ido a usted con el consultor? Vieras que le comenté a mi papá sobre él y me dijo que le pidiera el contacto.

—¿Consultor? ¿Cuál consultor, Dago?

—Bruno, el que le ayuda a usted con lo de la funeraria, que Agustín le dio la tarjeta.

—A mi Agustín no me ha dado ninguna tarjeta, no, debe ser que está confundido.

—No no, el muchacho al que le hicimos ride cuando veníamos de Limón, él había hablado con Agustín y le había dado una tarjeta, que Agustín le dio a usted. Él me dijo que usted ya estaba trabajando con Bruno.

—Qué pena, Dagoberto, pero yo no estoy trabajando con ningún consultor de nada, qué vergüenza con su papá, pero no, Agustín a mí no me ha dado ninguna tarjeta. ¿Cómo me dijo que se llamaba?

—Eh… Bruno.

—¿Bruno qué?

—Bruno Stein.

—No, no me suena para nada, menos con ese nombre tan raro. ¿Qué edad tiene? ¿Será que Agustín me dijo y yo ni me acuerdo de él?

—Bruno dijo que tenía treinta.

—Es joven, sí. ¿A usted no le dejó tarjeta entonces?

—No, es que yo iba manejando el carro y Agustín era el que iba hablando con él, la última vez que lo vi se me pasó pedirle la tarjeta.

—¿Cuándo lo vio por última vez al señor ese?

—El día después de la fiesta, en el partido yo estuve hablando con él porque me tenían en la banca.

Hubo un silencio incómodo, todos se volvieron a ver.

—¿Cómo, cómo? ¿Y qué hacía con ustedes en la fiesta del curso? ¿Para qué fue al partido? Me extraña que tenga tanto tiempo libre, ¿qué es que no tiene amigos? Si sólo le hicieron ride, ¿es de acá de Trinidad? —empezó a preguntar Lourdes.

Dagoberto se congeló, entendió que ya era demasiado tarde para tratar de enmendar el error

—Es… Bueno… Sí, se hizo amigo de nosotros, de todos. Por eso Agustín no durmió en su casa el día de la fiesta, porque Bruno nos invitó a todos al apartamento de él esa madrugada.

—Agustín durmió acá —contestó Reinaldo.

—¿No? —preguntó Dagoberto, volviendo a ver a Douglas, como pidiéndole ayuda— Ah, no, no, es cierto.

—Bueno, ya jalamos nosotros, a ver si topamos a Agustín. —Se metió Douglas, jalando a Dagoberto del hombro hasta la salida.

Los dos amigos se fueron con prisa del local, dejando a Reinaldo y a Lourdes confundidos.

Cuando llegaron al centro diurno, encontraron a Agustín sentado en la acera, fumando.

—Gus mae, ¿por qué no llegó a la mejenga? —preguntó Douglas, acercándose a saludar después de bajarse del carro.

—Ya no voy a jugar más, y de todas formas no podía porque ocupaba los planos para llenar la bitácora del proyecto.

—¿Cómo? ¿Por qué no?

—Diay porque no me gusta, yo juego por verlos a ustedes, no porque me cuadre el fútbol.

—Agustín, súbase al carro, vamos a ir a comer. ¿Ya almorzó? Necesito conversar con usted.

Agustín se subió sin mucho cuestionamiento, Douglas le siguió, subiéndose al cajón.

—Mae Gus, dígame una vara. ¿Cómo hizo usted para contactar con Bruno?

—Di yo le dije, con la tarjeta que él me dio.

—No me mienta, mae, que acabo de meterlo en una bronca con sus tatas. Usted nunca les dio esa tarjeta a ellos. Esa tarjeta de presentación no existe, ¿verdad?

—No puedo decirle.

—¿Cómo que no? Ya todos saben que ustedes son pareja, bueno, sus papás no, pero ya se la huelen. ¿Dónde durmió el día de la fiesta? Su mamá dice que usted durmió ahí, pero Bruno me dijo que habían amanecido en un motel.

—Dagoberto, no importa, no puedo hablar de esto, él sólo me buscó y ya.

—¿Pero cómo? —preguntó Dagoberto, acelerando— Él no se llama Bruno, ¿verdad? ¿Es por lo del culto?

—¿Cuál culto? ¡No!

—¿Entonces de dónde putas salió y por qué no puede decírmelo?

Agustín comenzó a llorar, Dagoberto tuvo que pegar un frenazo en un alto, haciendo que Douglas se golpeara contra la ventana de la cabina.

—¿Idiay, güevón? ¡La idea es llegar vivos al restaurante!

—¿Quién es ese mae, Agustín? —insistió Dagoberto.




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