Un jardín que nunca se marchita

Así es arriba como es abajo

Agustín se encontró a sí mismo frente al templo. Agaliareth lo esperaba junto a las columnas. Esta vez, su silueta estaba contenida en un tabarro rojo y una máscara de bauta negra.

—Buenas tardes, Agaliareth. ¿Su majestad?

—El honorífico no es necesario, sólo voy a dirigir la ceremonia. Retírese las prendas de vestir.

—Sí —respondió Agustín, en tono seco.

Una vez desnudo, Agaliareth lo llevó hasta el interior del templo, a un espejo de agua, donde esperaban dos de los sirvientes de Buer.

—Puede entrar al agua, debería estar templada.

El agua, que estaba tibia y se veía cristalina, había sido decorada con flores iguales a las que Agustín adquirió como ofrenda en más de una ocasión, y como resultado, el aroma era muy agradable. El baño lo adormeció, se permitió flotar sobre el agua por un rato, hasta que Agaliareth le indicó que ya podía salir.

Los sirvientes de Buer le ayudaron a secarse el cuerpo y lo cubrieron con telas bordadas en oro y piedras preciosas.

Caminó al lado de Agaliareth hasta que llegaron al área central del templo, donde Buer esperaba con una mirada pensativa, ahora completamente vestido de negro.

Pilares con linternas de fuego rosa comenzaron a arder a la orden de Agaliareth. Amduscias, desde el otro extremo del salón, comenzó a dirigir un coro acompañado de una agrupación de instrumentos de cuerda. En paralelo a Amduscias, tres testigos: el duque Gusion, el Gran presidente y el Conde Botis, y el príncipe Stolas.

Con todos en sus posiciones, Agaliareth le indicó a Agustín que se parara frente a Buer. Permitió que la pareja se tomara de las manos y, con una voz firme que sobresalió por encima del coro y la música, indicó:

“Salve, Gran emperador Lucifer; Beelzebub, príncipe; Astaroth, duque. En esta noche sin luna, a la luz del fuego que arde en nombre de la terna Infernal, yo, Agaliareth, Gran General, presento y dirijo el acto de solemne consumación junto al Presidente Buer.

En esta liturgia, el mortal presente será otorgado a mi subordinado como ofrenda final y entrega eterna en finalización del pacto que se abrió el día trece de diciembre de 1979 según el calendario gregoriano, y cual fue cumplido en términos de ambas partes el día de hoy.

Sea así el inicio de la vida eterna de este mortal, bajo la perpetua estela del sol que brilla sobre Sagitario, en el seno del frey y bajo la protección del sello que porta. Porque así como la solvencia es a la coagulación, el orden es al caos, el día a la noche, sea este humano para con Buer, uno y el mismo.”

“Que así sea” —respondieron los testigos.

El coro continuó vociferando, aun cuando la melodía de los instrumentos de cuerda se había detenido. Prosiguieron a cappella, con cánticos que llevaban al trance y repetían incesantes:

Erato on ca Buer anon

Erato on ca Buer anon

Erato on ca Buer anon

Agustín presionó las palmas de Buer contra las suyas, mientras el sello en su frente vibraba.

—No hay que temer, Agustín, mi niño, eso va a acabar pronto.

Y, aunque el joven intentaba no mostrar su miedo, las lágrimas comenzaron a correr tan pronto como empezó a tener visiones de su vida, desde su infancia, adolescencia y corta, casi inexistente, adultez.

—Perdón, no puedo evitarlo, estoy viendo mi vida a través de mis ojos. Tengo miedo.

—Aquí estoy yo, está bien, no voy a dejar que nada malo pase.

—¿Qué va a pasar con mis amigos y con mi mamá?

—Ellos van a estar bien. Los iré a ver tantas veces como pueda.

—¿Lo promete?

—Lo prometo.

Agustín continuó sollozando, aun cuando las visiones se habían detenido. Buer temió que estuviera arrepintiéndose. Lo último que quería hacerle era daño.

—Agustín, ¿está todo bien? Necesito que me diga si quiere que paremos todo esto, si necesita más tiempo, si quiere romper el pacto…

—Usted me dijo que eso estaba prohibido —respondió el joven con voz entrecortada.

—Eso no importa, lo es para ellos, yo puedo hacerlo posible, no importa.

Al frente de los testigos y de Agaliareth, Buer se agachó a la altura de Agustín para hacerle la pregunta al oído.

—¿Quiere que nos detengamos?

Agaliareth estaba a punto de interrumpir cuando Agustín contestó.

—No, Buer —respondió, limpiándose las lágrimas— más tiempo no me va a hacer cambiar de parecer, haya pacto o no. Perdón, es sólo que…

—El mundo es un lugar oscuro, ya lo sé.

—Fue un lindo viaje de todas formas; fue aún más hermoso cuando nos conocimos. ¿Qué va a pasar ahora?

—Hay que continuar con la consumación.

—¿Cómo es el lugar a donde voy?

—¿Lugar? No, su merced se queda aquí, conmigo —Buer puso una de las manos de Agustín en su pecho, donde debería sentirse un latido, sólo había vacío— para siempre.

Hubo un silencio breve; el coro se había detenido.

—¿Está bien así?—preguntó Buer de nuevo.

—Más que bien, era lo único que necesitaba saber. Que así sea —respondió con un susurro.

La pareja se besó para la impresión de todos los testigos. El beso se fue ralentizando, la mano de Buer entrando filosa entre las costillas de Agustín para tomar su todavía tierno corazón, haciéndolo rendirse sobre él, cuerpo inmóvil en entrega total y pronóstico de la muerte más romántica que presenció el templo.

Buer posó el cuerpo en el suelo, del corazón un chorro de sangre que fue directo a la boca del demonio, indicando el final de la consumación, el alma del joven fusionándose con él, mientras la carne ardía con el mismo fuego de los pilares.

Agaliareth se acercó a Buer.

—Hizo lo correcto.

—¿Quién?

—Ambos. Hay que reconocer que no podría estar en un mejor lugar ahora. Usted y todos los aquí presentes lo sabemos. Ahora que es parte suya, nada ni nadie le podrá hacer daño, ni siquiera usted.

El acto litúrgico terminó a la orden de Agaliareth, habiendo desaparecido por completo el cuerpo. El fuego se apagó y los testigos se acercaron a Buer, quien no le dirigió palabra a su superior por el resto de la noche.




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