Un jardín que nunca se marchita

Epílogo

diciembre de 1984

Días después de haber llenado un formulario para trabajar de voluntario en el centro de adultos mayores que se había inaugurado el mismo año de la consumación de Agustín, Buer continuó moviéndose entre los tumultos de Josefinos que circulaban a esa hora cerca del Mercado Central, unos a sus casas, otros al trabajo, otros a cualquier lugar entre trópicos.

Caminó entre el laberinto de comercios con la vestimenta formal que lo caracterizaba, traje entero de blazer y pantalón que hacía juego, zapatos de charol y camisa de vestir blanca por debajo, cuello medio abierto y la mano cerca del pecho, a unos centímetros del corazón.

—¡Muchacho! ¡Muchacho! Espere.

Dio media vuelta para encontrarse a Haborym, haciendo una pirueta para salir del mostrador, con un ramo de caléndula en la mano.

—Haborym.

—Buer, tenga, hoy no quedaron dientes de león.

—Gracias, qué amable.

—¿Qué lo trae por estos rumbos?

—Creo que me agrada el clima del trópico. Las playas no son tan traicioneras de este lado del globo y el cielo se ve muy despejado en estas épocas.

—Lo entiendo. ¿No tiene más planes? ¿Contratos nuevos? ¿Ahijados?

—Nada de eso. ¿Está la señora?

—Sí, venga para que la salude.

Haborym llevó a Buer de la mano hasta el puesto de la anciana.

—Mita vea, me encontré al niño del sol.

La señora se levantó del asiento para saludar a Buer, dándole la mano y besándole el anillo de Ópalo de fuego que llevaba puesto.

—Ella me cuenta mucho sobre usted, es un honor.

—No se preocupe por las formalidades, doña Bercial. Dígame, ¿le quedó algo sin vender hoy?

—Sí, pero no mucho, sólo esa caléndula, unas amapolas rojas y unas margaritas.

—¿Me las vende?

Los tres abordaron el bus hasta Santísima Trinidad. Buer detrás de Bercial y Haborym, quien tomaba la misma apariencia todos los días para parecer familia de Bercial. Piel bien bronceada de veranos y pelo castaño largo y ondulado que le llegaba a la cadera.

Dejaron a la viejita en su casa y luego los demonios se pusieron a caminar hasta llegar al puente ferroviario. Se alejaron del área urbanizada, con Haborym guindada del brazo de Buer.

—Tenga —le dijo Buer, acercando el ramo de flores.

—Pensé que las había comprado para llevarlas a su templo.

—No, Agustín me comentó hace unos años que a usted le gustaban las flores y que nadie le regalaba.

—Bueno, sí, eso es cierto. No tengo pactos activos desde hace unos años,además del de Bercial.

—La entiendo perfectamente. Su ahijado era el muchacho del retablo en la pared del kiosco, ¿verdad?

Haborym asintió.

—Todos se parecen a usted, qué curioso, es como si usted los engendrara.

—¿No quiere bajar al río? —preguntó Haborym cuando llegaron, caminando hasta el borde del puente.

—Nunca he bajado en todo el tiempo que llevo vagando por Trinidad.

—Venga, vamos. Salte.

Aunque nadie los vio, en ese atardecer cayeron una serpiente y un león al vacío, donde los recibió el elemental que todo el mundo conocía por Río Olivos. Nadaron hasta que oscureció, y a orillas, sobre enormes piedras, los iluminó la luz de la luna.

Haborym danzaba al ritmo de una canción de moda que ya se sabía de memoria, cambiándole un único pronombre.

Every time, just like the last

On his ship, tied to the mast

To distant lands, takes both my hands

Never a frown with golden brown

—¿Yo soy ese?

—Sólo si vamos al Oeste. Yo puedo ser quien quiera, y ni Él ni nadie va a saber.

—Voy a quedarme más años acá, aún no me voy. No voluntariamente, claro.

—Entiendo.

—¿Qué va a pasar con Bercial?

—Ya casi muere —respondió Haborym haciendo una voltereta que repetía una y mil veces mientras tarareaba.

—¿Y cómo se siente?

—Está tranquila.

—¿Van a hacer una ceremonia?

—No, Mita está esperando al hijo, a ese que le mataron.

—¿Quién lo mató?

—Camio, o Él.

—Hmm, no creo.

—Me espera un ahijado después de él, ya se hizo el ritual hace tiempo.

—¿Sí?

—Sí, pero aún no nace, falta mucho.

—Nunca me ha gustado la idea de los ahijados, lo único que les espera es tristeza.

—¿A quién no?

Haborym se detuvo para ofrecerle la mano a Buer, que estaba ahora sentado en una de las lágrimas al borde del agua. Él le hizo caso y la siguió, repitiendo el ritmo con las palmas de las manos, rodeándola.

—Usted me recuerda a Cariclo.

—¿De verdad?

—Muchísimo.

—Fue antes de la caída.

—Sí.

—Esto debe sentirse como caminar en círculos. ¿A dónde va a buscar ahora?

—Yo nunca busco, Haborym, sólo espero a que me contacten.

—Ese es el dilema. Hay que buscar en la gente los problemas, no al revés.

—Agustín nunca fue un problema para mí. Aunque, ahora que me lo dice, tal vez busque en el asilo.

—No hay peor asesino que el que enamora antes de matar.

—Pero yo no—

—Si él lo hubiera pedido, usted lo hubiera hecho. ¿Que usted no hacía lo que fuera por él?

—Por supuesto.

—Porque tanto amó Buer al hombre, que despojó al creador de un alma que por ley divina le pertenecía, para que aquel que en él creyó no se pierda, sino que tenga vida eterna.

—Así fue.




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